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Arana y Alsasua

Arana y Alsasua
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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
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En uno de esos ejercicios tan higiénicos y esclarecedores de leer a los padres de los pensamientos que han marcado el destino de la sociedad española, con Sabino Arana, fundador (e inventor) del nacionalismo vasco, uno siempre mantiene esa capacidad de asombro constante, mientras descubre delirio tras delirio, ideas abiertamente supremacistas, pensamientos xenófobos hasta lo caricaturesco, bilis que destila un odio hacia lo español (él lo llama maketo) y otra serie de ocurrencias cada cual más impactante que hacen comprender el enfermizo final que tuvo.
Sus ideas fueron la semilla de la que luego creció el árbol del totalitarismo gansteril y homicida del que Xabier Arzalluz recogía las nueces, previamente agitadas las ramas con bombas lapa y tiros en la nuca. Regueros de sangre y muerte por la infame aplicación ejecutoria del fanatismo.
Sus textos los encontré hace años haciendo una búsqueda bibliográfica, algunos han sido convenientemente ocultados, otros se pueden ver en internet, aunque es una recopilación bastante resumida.

Viene al caso la recomendación de estas lecturas porque, en un debate sobre “la idea de España” en el que hace unos días participé en Mieres, en un momento de mi intervención, cuando estábamos con el asunto de los conflictos territoriales, dije: “Estamos en un país en el que todavía existen organizaciones cuyo objetivo es echar a la Guardia Civil de una parte del territorio, como hemos visto a raíz de los incidentes de Alsasua, o donde te pueden agredir por llevar la camiseta de la Selección nacional, como a las chicas del stand en Barcelona. Es una situación realmente insólita”. El debate continuó por otros interesantes derroteros, pero en la parte final del mismo, en el turno de ruegos y preguntas, algunos ya se habían quedado con esas palabras que intuía podían ser polémicas.

Un chico del público me preguntó por la cantidad de días que llevaban en la cárcel “los chavales de Alsasua” mientras Undargarín estaba libre en Suiza, y aunque no vi relación alguna entre un caso y otro (más allá de demagogias de preescolar) le respondí que ambos casos son llevados por equipos judiciales distintos y que, en el caso de Alsasua, la presión preventiva estipulada a la espera de juicio puede ser de hasta dos años. Otro hombre nombró al manido término “pelea de bar” y entonces una parte del público se volvió a negar que se tratase de eso, con los ánimos ya algo caldeados. El moderador tuvo que mediar para calmar el intercambio verbal y tratar de seguir con el debate, mientras yo, para evitar enardecer más el ambiente, cambié de tema y respondí a otra de las preguntas de un hombre del público, que comentaba sobre la UE.
Pero me quedé con las ganas de explicar porqué es rotundamente falso que se trate de una simple pelea de bar, como quieren vender los cercanos al radicalismo vasco y la postura en la que se enroca el mundo abertzale. Lo intentaré en estas líneas.
Aunque gracias a un prolongado acorralamiento policial y judicial los pistoleros han tenido que dejar las armas (“fácil volverlas a comprar”, decía un simpatizante en ese bochornoso acto paripé de entrega en Bayona, donde Josu Zabarte alardeaba no arrepentirse de las 17 vidas que quitó, mientras se tomaba unas cañas con la presidenta del Parlamento de Navarra, de Podemos), las pistolas han callado pero el nacionalismo radical, violento, excluyente y aldeano sigue estando, por desgracia, demasiado presente aún. Ese racismo tarugo y cobarde que siempre ha envenenado una parte del País Vasco. 
Que ese virus del aranismo sigue condicionando la convivencia quedó latente con el intento de linchamiento a dos guardias civiles y a sus novias en Alsasua, por el único motivo de ser identificados como agentes del cuerpo mientras estaban tomando algo en un local de tradición abertzale. 
Es conocido que la turba siempre ataca en manada y sabiéndose en superioridad numérica (dicen testimonios fiables que los valientes gudaris se solían hacer de cuerpo encima en el momento de la detención, con las molestias de olor que eso provocaba) y así fue en Alsasua, enfervorecida la chusma ante la paliza colectiva hacia un teniente y un sargento a los que ya tenían en el punto de mira; se sabe que dos de los detenidos son los principales promotores de la campaña del Movimiento Ospa, bajo el lema ‘Alde Hemendik’ (‘Que se vayan’) y que tiene como objetivo expulsar a la Guardia Civil del País Vasco y Navarra. Una noble intención que en el pasado cercano se cobró la vida 230 miembros de la Benemérita.

Hay un grupúsculo de opinadores sin lecturas, ratillas de red y exaltados de medio pelo que juntan la idiotez con la vileza, para los que el ataque colectivo tiene la indecente categoría de “pelea de bar”, un eufemismo para blanquear los actos y restar importancia a un hecho que es consecuencia de un determinado ambiente social. Como si en algunas localidades (Alsasua entre ellas) no se viviera un hostigamiento continuo hacia los cuerpos de seguridad, un señalar y marcar que tiene algo del antiguo chivatazo, un miedo en el día a día y la situación para los agentes de vivir acuartelados con sus familias por desempeñar su trabajo ante una parte de ciudadanos que les son hostiles. Ciudadanos que no los quieren ahí, y que lo del bar Koxka sólo ha sido la penúltima demostración.
Allí también agredieron a las novias, pero es un daño colateral sin importancia, son mujeres, sí, pero el colectivo folclórico del feminismo histérico y subvencionado en este caso no tiene mucho que decir. Tampoco los miserables de lo de “pelea de bar”. Me pregunto cómo se manifestaría toda esta caterva de demagogos simplistas y voceros semianalfabetos si ante un nuevo caso en esa lacra de la violencia doméstica, cuando se dé la circunstancia de una mujer agredida en su domicilio por un hijo de la gran puta, sea calificado como “pelea de dormitorio”. 
Paradójicamente, aquí la desviada merma suele hablar de "terrorismo machista". Uno puede vivir con esas incongruencias y esa hipocresía y ser perfectamente feliz, al parecer.

A veces no es tan irritante la violencia irracional del fanático desaforado como la justificación y simpatía que hacia éste muestra el típico idiota que se considera muy de izquierdas y trata de sonreírle a una de las ideologías más reaccionarias y cerriles. Ése es un estigma y una falta de la que cierta progresía española aún no ha podido desprenderse. Pero tampoco es momento de quedarse callados ni de dejar de llamar a las cosas por su nombre.

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