Ascenso y caída del populismo en España.

Ascenso y caída del populismo en España.
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Roberto Hernández Granda

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Periodista.
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La tribu de los asmat la forman veinte mil miembros que viven en las costas de Papúa Nueva Guinea y son el terror de las tribus vecinas, a las que someten con implacable crueldad. Asmat es el término que utilizan, que en su lengua significa “la gente”, y al referirse a ellos mismos como los únicos seres humanos dignos de tal definición, relegan al resto a un estatus menor, lo que los hace, literalmente, comestibles.
Como sabemos, grupos un poco más sofisticados que esta tribu de Oceanía se han proclamado valedores de “la gente” aunque no para comérselos, sino para exprimirlos con fines electorales y de poder.

En España, para asimilar en toda su envergadura lo inadecuado y dañino que habría sido para los movimientos cívicos y el conjunto de los derechos ciudadanos una llegada de Podemos a la cúpula de poder, hay que entender de dónde vienen y cuáles son sus características.
Los miembros de Podemos tienen su origen ideológico y militante en varias vertientes. Son, al menos sus fundadores, profesores de la Universidad provenientes de la Fundación CEPS, de Contrapoder y de Izquierda Anticapitalista. 
Contrapoder era una corriente dentro de la propia Universidad, de corte totalitaria, que se dedicaba a boicotear conferencias y llenar los pasillos de carteles de ideología proetarra, como aquellos famosos de apoyo de De Juana Chaos, al que calificaban, tal vez les suene, de preso político.

Si pensamos en el germen del populismo en la mayoría de países donde tuvo un éxito completo o parcial, estos movimientos surgen en sociedades cuyas élites políticas están señaladas de lleno con la mácula de la corrupción, y el sistema empieza a dar graves muestras de desgaste, con la consiguiente pérdida de la confianza ciudadana.
La doctrina neopopulista suele tener más éxito en los países en desarrollo, aunque España presentaba unas características bastantes proclives a que alguien intentara realizar la acometida.
Estas tendencias penetran fácilmente en las partes de la sociedad intelectual y culturalmente más desfavorecidas, y no por titulación, puesto que estar en posesión de un título universitario no es hoy en día garantía de nada, sino por tratarse de una franja sin el poso necesario para poder evadir los mensajes televisivos de agitación y propaganda, al carecer de las herramientas críticas para poder identificar a un telepredicador o a un vendemotos, y tener probablemente una bajo perfil de personalidad que los hace más propensos a sentir cierta fascinación por el caudillismo y la grandilocuencia discursiva.


Pero un requisito necesario para el triunfo absoluto de las modas populistas es que deben acceder rápido al poder, para así eliminar todas las cortapisas democráticas y asegurar su permanencia en el mismo. La constituyente de Chávez es el ejemplo más diáfano.
Si una vez instalados allí, aplacan las posibles vías de oposición, silencian a la disidencia y reprimen a los medios de comunicación no afines, garantizan una continuidad aunque luego haya el número de elecciones que se quiera, como excusa para legitimar su posición.
Si no consiguen ese asalto a los cielos en un plazo más o menos corto de tiempo, su efecto se diluye. Podemos tuvo su match point en el acuerdo que casi logran cuando esperaban pactar con el PSOE del insustancial Sánchez y conseguir ese disparate de cargos que reclamaban (desde la vicepresidencia al control de Interior y de los medios).
Al haber fallado aquella inmejorable oportunidad (entre otros motivos, por los barones del PSOE, conscientes del peligro acechante, que se opusieron taxativamente a ceder esos cargos a las huestes de Iglesias) su momento es probable que haya pasado, tal vez para siempre.
Como toda moda, Podemos es un movimiento de efecto efímero, ya no cuenta con el revolucionario factor sorpresa, y su idea de querer barrer los estamentos de poder ha quedado sin fuelle al ver lo cómodos que se encuentran asentados en los mismos.
Con el subidón electoral de las europeas ya lejos y las mareas retirándose (así como el otrora incombustible apoyo de los medios de Roures), parece que incluso aquellos electores que fueron víctimas más fáciles de los trileros de la Complutense están dándose cuenta de la verdadera cara de los próceres. Sus trazas de partido personalista, con la eliminación despótica de las voces discrepantes y la desastrosa gestión como tercera fuerza política, han precipitado su hundimiento en las encuestas y el batacazo en Cataluña, sin olvidarse, por supuesto, del factor más importante: el apoyo sin ambages al proceso soberanista del nacionalismo catalán, además de su simpatía descarada y repulsiva hacia los brotes aún presentes del radicalismo vasco, como la mano tendida a las familias de los abertzales unineuronales que agredieron a dos guardias civiles y a sus novias.
Y es que los ciudadanos pueden estar hastiados del bipartidismo, pero nunca perdonarán que se haya puesto en jaque la soberanía nacional, jugando peligrosamente con los derechos de todos.
Con Podemos perdiendo fuerza y aire, de las iniciativas políticas que llegaron como remplazo del bipartidismo, es Ciudadanos la que parece estar mejor posicionada para desbancar a Rajoy de la Moncloa, siempre que no copien sus vicios y errores y no obtengan el lastre que los populares tienen al haberse convertido en tan evidente foco de corrupción institucionalizada.
Mientras el fantasma del populismo del “cálido viento latinoamericano” se aleja, la sociedad española debe invertir en educación, armarse de cultura y sentido común para que en el futuro no se cometan los mismos errores.

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