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Defender la libertad, nuestro peor enemigo

Defender la libertad, nuestro peor enemigo
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Pablo Portilla

Pablo Portilla

PABLO PORTILLAEspecialista Universitario en Dinero y Banca por la UNED y Asesor Financiero y de Productos de Inversión por la ESCA. Articulista ocasional en la prensa regional asturiana, es además Experto Universitario en Heráldica, Genealogía y Nobiliaria y autor de varias biografías para el Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia.
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Defender la libertad

Tenemos miedo a prohibir.

La sociedad europea en general -y la española en particular- hace tiempo que viene padeciendo un vacío intelectual y moral que intentamos camuflar con un pánfilo buenismo pacifista (y laicista) que no nos sirve para protegernos como sociedad de los ataques de nuestros enemigos ni para, una vez que hemos sido atacados/asesinados, recomponernos y hacer frente a la tragedia con firmeza.

Somos nuestro peor enemigo

El atentado contra la sede de Charlie Hebdo es uno de los más importantes que se ha producido contra Occidente desde el de las Torres Gemelas.

Han pasado 14 años y nadie, salvo aquellos que creen vivir en el País de las Maravillas, puede negar que el mundo radical islámico ha crecido y tiene declarada una guerra abierta y sin complejos a Occidente.

No nos engañemos creyendo que el de París ha sido un atentado contra un medio de comunicación o contra la libertad de expresión.

A mí hay viñetas que no me hacen ninguna gracia por más que las mire, pero ese no es el centro de la cuestión.

Lo de París ha sido un acto de guerra, como lo fue el de los terroristas que estrellaron los aviones contra las Torres Gemelas: no buscaban destruir el World Trade Center por ser un importante centro financiero mundial (ni allí se había ofendido a nadie con viñetas); fue un acto de guerra contra Occidente.

El más criminal, por su magnitud, que hemos padecido hasta el momento.

Y digo hasta el momento porque hace años ya que existe una guerra abierta que cuenta con una quinta columna en Occidente donde habitan numerosos musulmanes de segunda y tercera generación que lamentablemente son presa fácil y están sirviendo de siniestra cantera a grupos cuyo fin último es destruir Occidente.

Lo hemos visto con los terroristas de París, como uno de ellos aparecía hace años en un reportaje de la televisión francesa caminando por su barrio, hablando de sus cosas, cantando hiphop… y como años después -entre otras razones por carecer de base intelectual y moral- cae presa de una célula yihadista que lo convierte en un irracional asesino.

Nos odian.

Odian nuestro mundo y por ello quieren destruirlo.

Quieren destruir Occidente.

Quieren destruir nuestro sistema de valores que, con sus luces y sus sombras, surge en Europa a lo largo de los siglos XVIII y XIX, poniendo los cimientos de nuestra sociedad moderna, basados en la supremacía de la libertad del individuo sobre otras consideraciones, ya sean estas de carácter religioso, político o cualquier otro.

Nuestra parálisis, como sociedad, ante este grave problema, nos convierte en nuestro peor enemigo.

Nuestro modelo de sociedad es mejor

Resulta obvio que la Unión Europa no es perfecta, pero no debemos dudar que, a pesar de sus innumerables defectos, es una sociedad mejor que la que preconizan los que defienden la imposición de un Islam entendido de manera intolerante.

La identidad desdichada del filosofo francés Alain Finkielkraut

Caía en mis manos estos días el libro La identidad desdichada del filosofo francés Alain Finkielkraut. En ese libro, rememora el manifiesto que firmó en 1989 enviado al Ministro francés de Educación, a raíz de la polémica generada por la expulsión de tres niñas de un colegio porque se negaban a asistir a clase sin el pañuelo islámico: “Dice, señor Ministro, que queda excluido excluir. Aunque nos conmueve su amabilidad, le contestamos que está permitido prohibir. Negociar como usted lo hace, anunciando que se va a ceder, tiene un nombre: capitular”. Y continuaba el manifiesto: “El derecho a la diferencia que le es a usted tan querido, sólo es una libertad si viene unido al derecho a ser uno diferente a su propia diferencia. En caso contrario es una trampa, incluso una esclavitud”. Nadie prohibía a estas niñas la utilización del pañuelo fuera del colegio.

En las entrevistas que ofreció el año pasado en España, durante la presentación de ese libro, Finkielkraut se pronunciaba con respecto a un informe sobre la integración, redactado a petición del Primer Ministro francés: “(en ese informe) se defiende una sociedad inclusiva sin pedir ningún esfuerzo de asimilación a los recién llegados; situando así a todas las culturas en un pie de igualdad. La alteridad ha sido rehabilitada. Yo no defiendo el odio y el desprecio del otro, pero este reconocimiento de la alteridad ha tenido un costo muy alto: el sacrificio y el olvido de uno mismo. La hospitalidad ya no consiste en dar al extranjero lo que uno tiene, sino en perderse en él, lo que es una situación completamente disparatada. En ese mismo informe se invita a Francia a despojarse de su propio ser para recibir mejor a los otros (…) Esto nos llevará no a una fusión lírica, sino a un conflicto de civilización. (…) Dada la cantidad de musulmanes que hay en Francia, y para no herir su supuesta susceptibilidad, ya no se habla de las raíces cristianas de Europa. Antes Francia se afirmaba a sí misma a través de la enseñanza (…) Ahora tengo la impresión de que se esconde para que el extranjero pueda sentirse perfectamente cómodo. Es una actitud suicida”.

Es por tanto la educación uno de los pilares básicos que debemos reforzar y proteger en nuestras sociedades para que la ciudadanía -sea originaria de dónde sea- asuma, tenga claro sin atisbo de duda, que nuestro modo de vida, nuestra sociedad (que garantiza entre otras la libertad religiosa) es mejor que aquellas otras que limitan los derechos de las personas.

Resulta fácil constatar cómo ha sido en las sociedades cristianas dónde mejor se ha desarrollado la idea de una sociedad civil no sometida a ningún poder político o religioso, quizás por aquello de dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César.

Pero resulta igualmente evidente que existen planteamientos religiosos que no aceptan esa libertad del individuo, la libertad de una persona, de un ciudadano que viva sin verse sometido al poder de ningún líder religioso ni político.

Y es precisamente contra esto, contra lo que luchan los que entienden el Islam tan sólo como sumisión y pretenden imponérnoslo por medio del terror; porque, para una gran parte del Islam, Occidente es el diablo: la libertad es el diablo.

España en la línea de fuego

España como nación parece no recordar cuando luchó por última vez por sus libertades y esa desmemoria facilita la labor del enemigo pues no somos conscientes de la necesidad de luchar para defender la paz y defender la libertad que garantizan nuestro modo de vida.

Mariano Rajoy, Pedro Sanchez y Pablo IglesiasNuestra pánfila sociedad buenista pacifista (y laicista) no sirve para protegernos ante este nuevo estilo de guerra terrorista. España tiene un problema y no estamos sabiendo enfrentarnos a él con decisión:

El número de musulmanes en España no es tan alto como en Francia, pero en Barcelona está, según varias fuentes policiales, el núcleo yihadista más peligroso de Europa.

En Madrid tenemos como en otras capitales europeas (pagadas por países árabes) una gran mezquita, pagada esta por Arabia Saudi una tiranía tribal lamentable con la que se mantienen negocios que nos recuerdan una vez más que en este asunto hay probablemente, como en otras cosas, una doble moral occidental.

Somos además la frontera sur de Europa y Marruecos no es un aliado fiable, por más que mantengamos una entente cordiale y se mantenga junto con Francia como nuestro primer socio comercial.

No debemos olvidar que aunque formalmente se trate de una monarquía constitucional y los reyes de ambos países se traten con familiaridad, la realidad es que en el reino alauita el integrismo islámico campa a sus anchas.

Por todo ello, debemos proteger nuestra fronteras al tiempo que reforzamos el control interior: mejorando la educación, dando medios a las fuerzas de seguridad, mejorando las leyes, agilizando el sistema judicial y sabiendo diferenciar las garantías procesales de lo que en más de una ocasión se convierte en desprotección del bien común.

Esto es complejo y duro de encajar para los que creemos en defender la libertad individual como fundamento para el progreso de la sociedad y defendemos un estado de derecho en el que todas las personas sean iguales ante la ley, sin privilegios ni distinciones, acatando un mínimo marco legal que proteja las libertades y el bienestar de las personas.

Es complejo pero no debemos olvidar que, aunque nosotros no queramos, esto es una guerra.

Y estamos en la línea de fuego.

Es la guerra santa, idiotas

El escritor español Pérez-Reverte, lo explicaba a su manera en un artículo publicado el 01/09/2014, Es la guerra santa, idiotas lo titulaba y del que me permito reproducir aquí un párrafo algo extenso pero que ilustra bien el asunto:

Perez Reverte y la casta

“A Occidente, a Europa, le costó siglos de sufrimiento alcanzar la libertad de la que hoy goza. Poder ser adúltera sin que te lapiden, o blasfemar sin que te quemen o que te cuelguen de una grúa. Ponerte falda corta sin que te llamen puta. Gozamos las ventajas de esa lucha, ganada tras muchos combates contra nuestros propios fanatismos, en la que demasiada gente buena perdió la vida: combates que Occidente libró cuando era joven y aún tenía fe. Pero ahora los jóvenes son otros: el niño de la pancarta, el cortador de cabezas, el fanático dispuesto a llevarse por delante a treinta infieles e ir al Paraíso. En términos históricos, ellos son los nuevos bárbaros. Europa, donde nació la libertad, es vieja, demagoga y cobarde; mientras que el Islam radical es joven, valiente, y tiene hambre, desesperación, y los cojones, ellos y ellas, muy puestos en su sitio. Dar mala imagen en Youtube les importa un rábano: al contrario, es otra arma en su guerra. Trabajan con su dios en una mano y el terror en la otra, para su propia clientela. Para un Islam que podría ser pacífico y liberal, que a menudo lo desea, pero que nunca puede lograrlo del todo, atrapado en sus propias contradicciones socioteológicas. Creer que eso se soluciona negociando o mirando a otra parte, es mucho más que una inmensa gilipollez. Es un suicidio. Vean Internet, insisto, y díganme qué diablos vamos a negociar. Y con quién. Es una guerra, y no hay otra que afrontarla. Asumirla sin complejos. Porque el frente de combate no está sólo allí, al otro lado del televisor, sino también aquí. En el corazón mismo de Roma. Porque -creo que lo escribí hace tiempo, aunque igual no fui yo- es contradictorio, peligroso, y hasta imposible, disfrutar de las ventajas de ser romano y al mismo tiempo aplaudir a los bárbaros”.

La cuna de las libertades

Da igual lo que hagamos, la Francia atacada estos días es la misma Francia, cuna de libertades, que en 1978 acogió a Jomeini, el ayatolá que en 1979 estableció la República Islámica de Irán interrumpiendo la leve occidentalización que estaba llevando a cabo el último Sha de Persia e instaurando la ley islámica.

Lo que vino después es por todos de sobra conocido: asalto a la embajada de Estados Unidos, crisis de los rehenes, la guerra contra Irak o la propagación de ideas fundamentalistas que llegan hasta nuestros días en los que la misma Francia, cuna de libertades, es cobardemente atacada por un Islam excluyente y peligrosamente expansionista.

Grupos radicales islámicos

Tenemos, entre los numerosos grupos radicales islámicos existentes, a los Hermanos Musulmanes (de los que escuchamos hablar sobre todo a raíz de la estúpidamente descrita como primavera árabe) fundados en 1928 en Egipto por Hassan al-Bann que afirmaba: “es la naturaleza del Islam dominar, no ser dominado, imponer su ley sobre todas las naciones y extender su poder al planeta entero”.

Ese expansionismo a golpe de terror lo vemos a diario, al menos todos aquellos que no quitamos la mirada, porque como nos recuerda el refranero español no hay peor ciego que el que no quiere ver.

Ayer mismo, Boko Haram mata a 2.000 personas en un pueblo de Nigeria por no someterse al Islam; hace unas semanas asesina a los pasajeros de un autobús por no saber leer el Corán y son ya varios miles los asesinados por este grupo terrorista que tiene entre sus acciones mas lamentablemente conocidas el secuestro de cientos de niñas nigerianas para obligarlas a casarse con sus miembros.

ISIS, tristemente famosa por sus decapitaciones televisivas (ejecutadas por jóvenes nacidos y educados en Reino Unido) mató hace una semana a tres mujeres por el mero hecho de ser abogadas y a otros 20 abogados por trabajar con ellas.

Fundamentalismo islamico

Al Qaeda, Hezbolá, Hamás, los salafistas… son sólo los nombres más conocidos de una interminable lista de organizaciones terroristas (en Nigeria, en Iran, en Indonesia…) creadas en torno al fundamentalismo islámico que afirman sin complejos que su fin último es imponer su ley sobre todas las naciones y extender su poder al planeta entero.

Hay que combatir el expansionismo fundamentalista islámico

Hay miles de personas hoy en día en Asia y en Africa en lucha diaria -rifle en mano- contra ese expansionismo, financiado, según todas las informaciones, desde países con los que Occidente juega su, ya comentada, doble moral. Aunque debemos no olvidar en todo este asunto el papel que puedan desempeñar China y Rusia. Asunto sobre el que quizás escriba en otra ocasión.

Por ello creo que los musulmanes que repudian esta guerra terrorista y que quieren vivir como un ciudadano más en nuestras sociedades -esos musulmanes que nos recuerdan que Islam (sumisión) y Salam (paz) son términos hermanos que derivan de la misma raíz- deben pronunciarse entonces con claridad y condenar, por ejemplo, actitudes de regímenes como el saudí que prohíbe el ejercicio público de otras religiones que no sean la musulmana, que encarcela a quienes posean una Biblia, que castiga con la pena de muerte el proselitismo religioso o lapida cruelmente a quienes tienen relaciones sexuales fuera del matrimonio.

La tolerancia y las libertades

La tolerancia y defender la libertad tienen límites y por ello debemos exigir reciprocidad a los países de origen de quienes en Europa pueden disfrutar de libertades que en cambio son prohibidas para otros en países de base islámica.

Desde España, Alemania, Francia, Reino Unido… jovenes nacidos en Europa salen hacia Siria, Irak o Afganistán dispuestos a matar y luego regresan sin problema a Europa donde incompresiblemente consiguen un kalashnikov y se presentan en París matando a doce personas, rematando a un policía -de origen árabe por cierto- en el suelo porque para ellos es una guerra. Para ellos, Europa es Afganistán.

No son locos que se inmolan, es una guerra y nosotros su enemigo.

Por eso urge que cuanto antes asumamos que aunque no queramos (y a pesar de nuestro pánfilo buenismo pacifista -y laicista-) tenemos un enemigo que no dudará en rematarnos cuando estemos heridos en la acera de nuestra ciudad.

Nos lo recordó el arzobispo de Mosul hace unos meses: “Nuestro sufrimiento es el preludio del que los europeos y occidentales sufrirán en un futuro próximo”.

Las mezquitas europeas no pueden ser centros de adoctrinamiento y reclutamiento militar y si se tiene constancia de que eso está ocurriendo, hay que actuar del mismo modo que se actúa contra una secta destructiva: con la actuación de la ley, de la policía, de la política y de los medios de comunicación.

Defender la libertad y ese Islam son incompatibles

Me entero, escuchando las noticias, de que The New York Times y el Washington Post no publican las viñetas de Charlie Hebdo para no herir sensibilidades religiosas.

Lo disfrazan de decisión editorial pero no es más que miedo (respetable pero criticable que lo disfracen, por lo que supone de estafa para la sociedad). Esa censura es la victoria de los terroristas.

Es la rendición, porque no vaya a ser que nos maten.

El mismo argumento que en España se usa para no molestar a la ETA, es muy fácil matar.

Y más cuando el Estado, cuando toda una sociedad, claudica.

Etarras a la calleObviamente en nuestra sociedad pánfila buenista pacifista (y laicista) es inevitable que surjan personas que inventen la alianza de civilizaciones, que pidieran a Charlie Hebdo en su día que se autocensurasen, que pidan devolver la Catedral de Córdoba al culto islámico (ocultando el hecho de que previamente ya era una iglesia cristiana), que su laicismo se reduzca tan sólo a la Iglesia Católica o que colaboren sin complejos con regimenes que ahorcan a los homosexuales…

Frente a ello es importante que los que creemos en defender la libertad no nos callemos, reclamemos una mejor política interior y exterior encaminada a una autentica protección de nuestros países, que apoyemos a aquellos que están combatiendo en primera línea y que convenzamos a nuestros conciudadanos de la importancia de defender nuestros valores (nuestras libertades) en todos los niveles, porque si no creemos en ellos y no luchamos por mantenerlos, esta será una guerra que acabaremos perdiendo.

Y la culpa será nuestra, por no tomar a tiempo las medidas políticas, educativas, judiciales, policiales, informativas… necesarias para garantizar la libertad.

Porque defender la libertad que representa Occidente y la idea de un Islam que busca la sumisión de nuestra sociedad son incompatibles.

Los terroristas lo tienen claro y por eso saben que deben aniquilarnos.

Siglos de historia por la paz y la libertad

Resuena ahora en mi cabeza el popular verso del poeta jienense Bernardo López García:

Oigo, patria, tu aflicción,
y escucho el triste concierto
que forman, tocando a muerto,
la campana y el cañón…

Suena derrotista, pero sirve para recordarnos que España, en más de una ocasión, en sus varios siglos de historia como nación, ha sabido hacer frente al enemigo y levantarse al unísono para defender la PAZ y la LIBERTAD.

Las enseñanzas sobre la libertad de Don Quijote

Conscientes nuestros compatriotas (que con seguridad preferían seguir con su vida tranquila) de aquello que el ingenioso hidalgo le decía a su escudero:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad así como por la honra se puede y debe aventurar la vida…

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