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Discriminación ¿positiva? Un oxímoron

Discriminación ¿positiva? Un oxímoron
Discriminación ¿positiva? Un oxímoron
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Javier Jové

Javier Jové

JAVIER JOVÉ SANDOVAL (Valladolid, 1971) Licenciado en Derecho, Máster en Asesoría Jurídica de Empresas por el Instituto de Empresa y PDG por la Universidad Oberta de Cataluña, desde el año 2.000 desarrolla su carrera profesional en el sector de las mutuas colaboradoras con la Seguridad Social. Es Socio Fundador del Club de los Viernes y miembro de la Junta Directiva del Círculo de Empresarios, Directivos y Profesionales de Asturias; ha sido Presidente y Secretario de AMAT en Asturias y Coordinador del Observatorio de DENAES en Oviedo. Actualmente escribe en El Comercio y colabora habitualmente en Onda Cero Asturias y Gestiona Radio Asturias.
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Tergiversación de las palabras y de los términos

Resulta sorprendente (e indignante) la tergiversación de las palabras y de los términos.

La aparición de nuevas expresiones que son asumidas pese a la contradicción que ellas mismas contienen.

Una de las más frecuentes y que más me enerva, es la de discriminación positiva, expresión que ha sido aceptada universalmente, no sólo en cuento a su uso generalizado, sino –lo que es más preocupante- en cuanto a la perversión ética e intelectual que el concepto supone.

Discriminar, según la Real Academia de la Lengua Española, es:

¨Dar trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc.¨

Por tanto, no se puede discriminar positivamente.

Oxímoron

Discriminar es un concepto negativo, que no se puede mezclar con uno positivo.

El adjetivo no puede alterar la esencia del sustantivo.

Toda discriminación supone dar un trato de inferioridad, penalizar, castigar a un colectivo de personas.

Hablar de discriminación positiva, es como hablar de injusticia positiva o de tortura positiva o de esclavitud positiva.

Es una contradictio in terminis, un oxímoron.

“La discriminación positiva en el mundo

Experto en la materia es Thomas Sowell, quien ha escrito un iluminador libro titulado ““La discriminación positiva en el mundo”” y cuya lectura –amena y sorprendente- recomiendo vivamente.

El Sr. Thomas Sowell analiza de manera empírica y científica los resultados de las políticas de discriminación positiva en el mundo, dando un repaso a las consecuencias que, medidas de este tipo, han ocasionado en EEUU, Ceilán, India, Singapur, etc.

De manera muy resumida, Thomas Sowell concluye que estas políticas han generado –en el mejor de los casos- beneficios mínimos a quienes más lo necesitaban, pues quienes más se han beneficiado de las mismas, han sido las personas más favorecidas de los colectivos afectados, las que no necesitaban de las políticas discriminatorias para progresar, ocasionando resentimientos y hostilidad máximos en el resto de la sociedad.

El autor llega a afirmar que no se pueden defender las políticas discriminatorias “salvo que se esté dispuesto a decir que cualquier reparación social, por pequeña que sea, justifica cualquier coste y peligro, por grandes que sean”.

Leyes y discriminaciones

Seguramente alguno de ustedes les extrañará que en los tiempos que corren –imperando la dictadura de lo políticamente correcto impuesta por la progresía mundial y aceptada de buen grado por la derecha desnortada- alguien haya podido escribir y conseguir publicar un libro que desmonta uno de los dogmas de la actual sociedad postmoderna.

¿Cómo es que Thomas Sowell no ha sido lapidado y tildado de racista –o cualquier otra estupidez? bien, pues es bien fácil, el Sr. Sowell es estadounidense de raza negra, lo cual deja desarmada a la progresía y le vacuna de los ataques de los demagogos.

El libro de Thomas Sowell se centra en discriminaciones realizadas por motivos raciales, religiosos, étnicos y lingüísticos, pasando muy por alto por el supuesto de mayor discriminación en el mundo occidental: la discriminación contra el varón.

Discriminación contra el varón

Son multitud las leyes que –ocultas bajo ampulosos enunciados- penalizan y discriminan a los seres humanos de sexo masculino.

Leyes que obstaculizan el acceso de los varones al mercado laboral, que limitan el acceso a los Consejos de Administración de las empresas, a la obtención de subsidios sociales, a la adjudicación de viviendas públicas e, incluso, que les impone condenas más severas por la comisión de los mismos delitos o que tipifica como delito determinadas conductas sólo si éstas son cometidas por aquéllos.Thomas Sowell

El colmo de todo esto es que estas aberraciones antijurídicas son refrendadas por el Tribunal Constitucional, el cual, sentencia a sentencia, va cavando su descrédito y su propia tumba.

Thomas Sowell analiza de manera muy superficial la discriminación contra el varón, pero yo me atrevería a aventurar que, de realizar un estudio específico sobre la materia, llegaría a las mismas conclusiones que las descritas en el citado libro.

Toda esa legislación de sobreprotección de la mujer (y correlativa discriminación del varón) favorecerá a aquellas mujeres que precisamente no lo necesitan (aquellas mejor preparadas), sin que apenas beneficie a las que más lo necesitan, produciendo un efecto desmotivador en la mujer, al considerar que no tiene que esforzarse tanto por tenerlo más fácil y, correlativamente, desmotivará al varón, sabedor que ante igualdad curricular, la mujer será escogida por las bonificaciones a la Seguridad Social o por los cupos igualitarios.

También ocasiona minusvaloración de aquellas mujeres que, sin hacer uso de los privilegios de las políticas discriminatorias, alcanzan sus logros profesionales, ante la sospecha de que los obtuvieron gracias a aquéllos.

Simultáneamente, en otras ocasiones, el blindaje femenino producirá el efecto contrario, penalizando la contratación de mujeres por las empresas, temerosas de las rigideces y prebendas femeninas (reducciones de jornada impuestas, lactancias, imposibilidad de despido de una gestante o madre con hijo menor de 10 años, etc.). Pero tanto en un caso, como en el otro, lo que las medidas discriminatorias producen son “resentimientos y hostilidad máximos” en el varón.

Jugar a ser los justicieros

Y es que, jugar a ser los justicieros de la historia sólo nos lleva a cometer más injusticias o, como dice el propio Thomas Sowell, los adalides de la discriminación parten de “la suposición de que hoy podemos compensar a individuos por la discriminación que los grupos sufrieron en el pasado, de que podemos reparar en los vivos los daños causados a los muertos hace mucho tiempo. (…) los males de generaciones pasadas y siglos pasados seguirán siendo males irrevocables a pesar de lo que hagamos en la actualidad.

Los actos de expiación simbólica entre los vivos sólo sirven para crear males nuevos”. ¿No les parece?

La discriminación positiva en el mundo

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