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Editorial mes de Septiembre

Lucha y orden

Jesús Guillamón

 

Leo un twit de Escohotado: “Debemos aprender a navegar el caos, o caeremos en falso orden”. Tomo siempre con prudencia estas frases sumarias. Hay que comprender que son lo que son: una idea sintetizada a modo de imagen, necesitada de una explicación que dé razón de todo lo que allí no se ha dicho, pero está. La frase, en mi opinión, refleja muy bien el medio en que se mueven los asuntos humanos y las posibilidades de actuación más o menos científica y cientifista que tenemos. A los pocos segundos, recuerdo el nombre de una de sus obras, Caos y orden. Me pregunto, ¿caos y orden? Quizá mejor, caos u orden. ¿Caos u orden? Orden, pero ¿cuál?

Te lanzo esta pregunta, que espero te obligue a responder otras muchas, precisamente ahora que el consumo masivo de ideas estrella se ha convertido en costumbre, escondiendo la realidad de los asuntos humanos, cuya satisfacción se escurre continuamente entre los dedos. De hecho, no creo que se pueda aspirar a mayor éxito que a un acierto temporal y parcial. La humildad nos enseña que el mejor remedio de todos los posibles, bien se mostrará obsoleto con el tiempo, bien dejará algunos extremos sin reparación o bien producirá otros perjuicios que afrontar. La solución definitiva, simplemente, no está entre las disponibles, aunque nuestra mente nos invite a diseñarla con asiduidad. Por eso, si alguien me preguntara qué corresponde hacer hoy a quién se considere liberal, volviendo al principio, diría que navegar. Tal cual, navegar. Tomando en cuenta que el mar no es un caos absoluto. Quizá un orden incomprensible de forma definitiva para nosotros; pero, con todo, cierto orden del que aprendemos lo suficiente como para no ir completamente a ciegas.

Cabe y se debe trazar un plan sobre la realidad dada. ¿Qué otra cosa podríamos hacer? Eso sí, a condición de no confundirlo con la realidad última. No hay tal cosa. Nuestro actuar responde más bien a un proyecto lleno de incertidumbres y dificultades sobre las que aplicar, con la debida prudencia y humildad, ciertos principios generales extraídos de la experiencia. Pues, las horas de navegación y estudio muestran cabalmente todo lo que no dominamos. La posibilidad de dar con tus huesos en el agua está siempre abierta, sin que haya término medio en esta contienda. O vences tú, o vence el mar. Hasta la próxima. Si todo va bien, cuando los años pesen demasiado, podrás disfrutar de los momentos en que acertaste: aquellos en los que comprendiste los mensajes que te enviaba el orden en el que navegabas e hiciste lo correcto.

Así las cosas, bien podríamos decir que navegamos inmersos en un orden dado, el mar, sobre el que pretendemos imponer el nuestro, construido. Es decir, elegido. Pues se construye uno y se renuncia a los demás. Pero éste orden no pretende ser absoluto, detallado e inamovible, sino más bien un marco general que señale todo lo que ha de ser repelido para su buena defensa. Lo que requiere de acción.

Es cierto que en tiempos de calma nos permitimos el lujo de posponer las decisiones. Darnos algo más de tiempo. No perturbar la paz momentánea que la determinación nos obliga a abandonar, creyendo que el orden constituido con tanto esfuerzo se mantiene por sí mismo en el tiempo. Mas, cuando se acercan los “tiempos recios”, postergar significa decidir. No afirmarse, significa quedar a merced de lo que afirme toda suerte de fanáticos, a sabiendas de que no hay negociación posible cuando dos órdenes son incompatibles; ni ausencia de orden, como no hay vacío de poder. Si no establecemos el nuestro, habrá otro que se desarrolle en su lugar. Y, puesto que los órdenes dados están ahí y no necesitan imponerse, no seamos ingenuos: sólo los órdenes construidos por los hombres luchan entre sí.

Así que, liberal, te pregunto, ¿contra qué orden vas a luchar?

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