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El desafío totalitario

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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
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Debido al inapelable triunfo de la modernidad en el cine, es muy probable que los espectadores de nuevas generaciones no sepan quién fue un señor brillante e irrepetible llamado Billy Wilder, a pesar de tener hoy todos los medios al alcance para disfrutar de las obras maestras imperecederas y, sin embargo, los contemporáneos del director en España tampoco lo tuvieron tan fácil para llegar a sus cintas.
Una película que hoy se disfruta con gracia y que supone un satisfactorio entretenimiento es Con faldas y a lo loco, pero es conocida la censura total que pesó sobre ella en la España franquista, "Prohibida la película mientras subsista la veda de maricones".
Semejante situación, que hoy nos parece rocambolesca en su anacronismo y perteneciente a un pasado superado, vuelve a aflorar por otro de los descosidos de nuestra libertad cultural. Fantasmas de otros tiempos que planean de nuevo como sombras inmortales, otra vez, sobre nuestros derechos más básicos.
Piden, desde una revista asociada a las feministas de CCOO, erradicar de la enseñanza cualquier referencia a los libros y la obra de Neruda, de Pérez-Reverte y Javier Marías, supongo que por nocivos y ‘machirulos’. Que Reverte y Marías se han convertido en anatemas es evidente, aunque tampoco se encuentra mucha más explicación que el hecho de que quien exige eso probablemente no haya leído absolutamente nada de ninguno de los dos autores, pero es aún más gravosa cuando viene con las vitolas de una causa necesaria. Con ínfulas de modernidad. Como si los estudiantes necesitaran de las salvadoras purgas de CCOO para mantener inmaculada su inocencia, lejos del pernicioso machismo.
Que un premio Nobel de Literatura pueda ser borrado de los planes de estudios llama tanto la atención que resulta imposible tomarse estas medidas como provenientes de alguien con un mínimo de formación académica. Es bastante singular además que se trate de un poeta que estuvo plenamente comprometido con la causa republicana y permaneció exiliado de su propio país (Chile), pero el delirio ha traspasado la frontera del tiempo y de la razón, y lo mismo censuran a Nabokov que marcan como proscrito al Tenorio de José Zorrilla.

Atrás quedó cuando el feminismo radical sólo era un movimiento marginal de un grupúsculo de exaltadas, y conviene tener en cuenta las intentonas de poner en jaque no sólo la libertad educativa, también la libertad individual de una sociedad aprehendida cada vez más entre los rigores de lo políticamente correcto hasta el extremo de tornarse una vertiente tiránica, con sus listas negras, sus señalamientos públicos y una serie de normas a realizar para ser un “buen ciudadano” lejos del machismo imperante.
Como la infancia es la edad más vulnerable y también la más crucial, es a su línea de flotación donde apuntan las nuevas organizaciones inquisitoriales, tratando de moldear el pensamiento desde una temprana edad, no vaya a ser que salgan díscolos librepensadores que no se ajusten al ideario oficial, condenando también a los padres a ese cuello de botella en que la única educación con garantías será la que se puedan pagar.
Al estar en contra de todo lo que sea emancipación de la inteligencia como libre raciocinio, desconocen que una buena formación debe ser ecuánime, con todos los primas y puntos de vista, con autores diversos y un aprendizaje rico en sus matices, donde los niños puedan separar por ellos mismos el grano de la paja, lo fundamental de lo prescindible, lo necesario de lo superfluo; sin imposiciones bobas, sin policía del pensamiento, sin censura sectaria impregnada de prejuicios e ignorancia. Si permitimos que sean las ideologías las que marquen el rumbo de la educación, no habrá diferencia entre cualquier dogma religioso impuesto desde las escuelas, por lo tanto, es la sociedad civil, en plena consciencia de la defensa de sus derechos, la que debe movilizarse para evitar el triunfo de los mediocres y de los necios, no permitiendo imposiciones que vulneren principios básicos, además de mostrar un músculo muy poco democrático.
Entre las propuestas, y escribo esto tratando de no reírme, incluyen además la prohibición de jugar al fútbol en los patios de los colegios (espero, al menos, que lo sustituyan por el cascayu) y que los baños sean mixtos. Desconocen los guardianes de la moral que, en alumnos pubescentes con las hormonas en pie de guerra, esa medida podría dar lugar también, criaturas, a una indeseada ociosidad.

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