EXALTADOS DE BAR

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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
Roberto Hernández Granda

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Cuando los mecanismos sociales fallan o se vuelven inapreciables, cuando el instinto atávico irreprimible encuentra cauce o salida, cuando las coartadas que impone la civilización para autropreservarse se diluyen, es entonces cuando con mayor facilidad brota el energúmeno y exaltado que podemos llevar dentro. Ocurre en los campos de fútbol, lugar donde tanto iracundo animal regurgita todas sus bajezas o se desagravia contra la mediocridad de su vida, y también le ocurre a determinadas personas cuando se ponen a los mandos de un vehículo, “al volante se transforma”, habrán oído o dicho alguna vez. A lo peor no es que se transforme, tal vez en su fuero interno siempre alberga esa cólera, y el manejo y verse en la carretera rodeado de otros saca a relucir su verdadero carácter.
El nacionalismo siempre resultó ser un potente estimulante, un poderoso narcótico que administrado en dosis altas puede acarrear desagradables resultados. Los hay leves y graves, por supuesto, como afirmaba Savater. El que se envuelve en la bandera nacional y canta el alirón si gana su equipo o el que se pone el cuchillo en la boca para matar.

En los últimos tiempos se han escrito afluentes de tinta sobre la fractura social en Cataluña y el daño a la convivencia. Aunque, como todo lo que acontece en Cataluña nos afecta al resto (ninguna comunidad opera realmente sobre sí misma al margen de las demás) esa crispación ha saltado también al resto del territorio nacional, y ya nadie está libre de recibir el zarpazo de la furia separatista.
Lo insospechado del radicalismo es que puede abordarte donde menos te lo esperas. Hace unos días, por ejemplo, en un restaurante en Gijón, una energúmena decidió los temas de conversación de los que podían y no podían hablar otros comensales, que, como es de suponer, estarían en su mesa charlando de los que les diera la gana. Eso derivó en lanzamiento de vino y batalla campal dentro del restaurante, a cuenta, una vez más, de la intolerancia fanática.
Muy parecido el caso sobre el que escribió el eurodiputado asturiano Jonás Fernández, que relataba cómo, tras una cena en un local de hostelería barcelonés, varias personas se acercaron a increparles sus conversaciones, invitándoles a “salir afuera” para solucionarlo, y necesitando la mediación de un camarero y otros clientes para evitar incidentes mayores. Algo, por lo visto, no poco frecuente. Ocurre a determinadas personas cuando padecen una especie de trastorno de identidad inflamada, y suelen ver agravios individuales en comentarios que se refieren a algo genérico e impersonal como puede ser un territorio, que algunos interiorizan hasta mimetizarse con el mismo. Cataluña son ellos.

Una de las cosas que hacen que, pese a todo, España siga mereciendo la pena y sus mejores gentes nos aparten del pesimismo generalizado es nuestra innata capacidad para sacarle punta a todo, para el humor, reírnos de nuestras circunstancias y ver siempre el lado cómico hasta de las situaciones más esperpénticas. Prueba de ello es la iniciativa Tabarnia, una maravilla de sarcasmo y pensamiento incisivo para poner a los nacionalistas del país excluyente frente al patético reflejo de su espejo. Y no les gusta lo que ven. Sus berrinches y descalificaciones hacia lo que empezó como una broma tuitera son la prueba más fehaciente de que se ha dado en la diana.
No sabemos si la iniciativa Tabarnia volverá más agresivos a los ya de por sí vehementes separatistas, expertos en encontrar agravios hasta en las cosas más inocuas. Podría decir que de ahora en adelante se tenga cuidado con lo que se comenta en bares, locales y reuniones, pues siempre puede haber un ofendido al acecho, pero no, eso sería claudicar con demasiada sencillez. La fractura social solo existe si la permitimos, si nos dejamos intimidar. No se priven, sean expresivos y abiertos. Que nadie les marque las pautas de lo que pueden hablar. La libertad no se negocia.

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