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Islamofilia, una tendencia creciente

Islamofilia, una tendencia creciente
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Carlos Barrio

Carlos Barrio

Periodista, licenciado en Derecho y crítico de cine.
Carlos Barrio

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Con el término “islamofilia” me refiero a la tendencia, creciente en las sociedades occidentales, a presentar una visión condescendiente con el fundamentalismo islamista. Para el dogma del multiculturalismo, hoy en día dominante, todas las civilizaciones son iguales, o mejor dicho, todas las civilizaciones siempre que no se trate de la occidental, de raíces judeo-cristianas, merecen la mayor de las consideraciones. Poco importa que muchas de estas civilizaciones presenten rasgos bárbaros, intolerantes o excluyentes que puedan entrar en conflicto con otros “dogmas” progresistas, como puedan ser el feminismo, el ecologismo o el lobbismo gay. Un ejemplo palmario de esto lo observamos en el caso del mundo islámico. Poco importa que una nada despreciable del mundo islámico se corresponda con los contornos de una civilización verdaderamente patriarcal (en terminología de género), homófoba , teocéntrica y que desconoce los más elementales derechos humanos. En el caso del islam, cualquier contradicción performativa entre realidad e idealidad se justifica con los más diversos argumentos. La nueva izquierda apunta al “imperialismo” ya sea éste el clásico (en la línea de Lenin o Rosa Luxemburgo) o el neo-imperialismo (la teoría de Negri y Hardt) como causas últimas del fundamentalismo islámico. Se trata de un visión condescendiente y claramente exculpatoria del terrorismo (en la línea ya marcada por Fanon en su libro “Los condenados de la tierra”) y que busca “culpabilizar” a occidente de los males que padece. A la violencia “estructural” que impone el capitalismo al tercer mundo, le seguirían formas de violencia “subjetiva”, estallidos incontrolados de ira por parte de una civilización oprimida (la musulmana). Tampoco faltan quienes “culpan” a occidente por desconocer la verdadera “faz” pacífica y tolerante del islam. Según esta visión incluso la etimología de la palabra islam no tiene nada que ver con la “sumisión”, si no el vocablo árabe “salam” ( paz). Los episodios de violencia que se recogen en el coram deberían ser contextualizados (la belicosa península arábiga anterior al profeta Mahoma) y se presentan pasajes del coram que apuntan a la idea de la limitación de la violencia. Finalmente también hay quienes limitan el fundamentalismo a una pequeña parte del mundo islámico (salafismo), sobrevalorando claramente las tendencias (sufismo) más tolerantes del islam

Hemos llegado a un punto en que cualquier crítica, por ponderada y mesurada que sea, hacia la incapacidad del islam de secularizarse es considerada una manifestación de islamofobia. Parece como si el único peligro fundamentalista en el mundo proviniera del cristianismo o de lo que ellos llaman, con gran imprecisión conceptual, neo-liberalismo.

Una característica de la nueva izquierda radical es su odio marcado a la civilización occidental y su tendencia a contemporizar con su principal enemigo hoy en día; el islamismo radical. El siglo XX, según Adorno y Horkheimer en su obra “Dialéctica de la ilustración”, es un siglo dominado por la barbarie de la racionalidad instrumental o teleológica, que tiene su plasmación política más espeluznante en la “ilógica- lógica del campo de concentración” y otras formas de bio-política que denunciaban Foucault o más recientemente Giorgio Agamben. Esta crítica de la racionalidad instrumental ha llevado a algunos a una crítica sin matices de la civilización occidental y a un nihilismo civilizatorio que lleva a establecer una falsa identidad entre civilización occidental y barbarie, olvidando ciertos logros como el ideal democrático, los derechos humanos e incluso la propia conciencia crítica civilizatoria

Desde entonces dicha izquierda ha tendido a realizar una crítica global y sin matices de la ilustración, lo que ha llevado a ciertas alianzas estratégicas entre ésta y sectores fundamentalistas y reaccionarios de la religión islámica. No es menos cierto que occidente, en nombre del “progreso” y la “civilización” ha cometido excesos y crímenes, que nos avergüenzan a todos. Sin embargo hay una radical diferencia con la barbarie fundamentalista, de corte islamista. Los excesos de occidente, que algunos atribuyen a la propia lógica de esa visión instrumental de la racionalidad, son, a mi juicio y al de pensadores de la segunda generación de la escuela de Frankfurt, como Habermas o Apel, desviaciones patológicas del ideal emancipador de la ilustración, nunca paradigmas de su programa liberador. En cambio el

fundamentalismo de corte islamista, no deja de obedecer a una lógica totalitaria, que intenta imponer su cosmovisión, o doctrina comprensiva en terminología de Rawls, al conjunto de la sociedad.

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