La Verdadera Memoria Histórica (I)

La Verdadera Memoria Histórica (I)
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Luis Molina Aguirre
Luis Molina nació en Madrid en el mes de junio de 1974. Cursó estudios de delineación, posteriormente de informática y en la actualidad de Derecho. Fue militar profesional, escolta privado y desempeñó distintas funciones en el terreno de la seguridad que le llevó a viajar por toda España. Finalmente se decidió por la profesión para la que había estudiado. En la actualidad compatibiliza su labor de escritor con la de informático y colabora en el períodico Más Brunete como conlumnista y con una serie de relatos cortos de terror.
Luis Molina Aguirre

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A la hora de hablar de la memoria histórica, se hace francamente complejo hacerlo de oídas o de aquello que Fulanito de Tal, nos ha contado porque lo ha leído, no sabe dónde, o se lo ha contado no se sabe quién, que lo vivió o lo soñó, a saber. Sin embargo, esta es la realidad de nuestra memoria histórica actual, ningún dato, tan solo palabras vacías de contenido, más inflamadas por el odio heredado de padres a hijos, que otra cosa. Para mí, la memoria histórica es ese cuento que la izquierda se ha inventado, en un tanto por ciento muy elevado, para hacer parecer a la derecha actual la heredera de aquella triste época de nuestro pasado. Es más, muchas de las cosas que cuentan ni siquiera están respaldadas por un mínimo rigor histórico, ya que suele estar manipulada y tergiversada para confundir, en algunos casos, y engañar, en la mayoría de ellos, a los ingenuos votantes que se dejan arrastrar por la primera patochada que les cuentan los iluminados de izquierdas de turno. En España, se lleva años tratando de convertir en héroes a cobardes, y en víctimas a los verdugos, algo que resulta del todo intolerable y, por lo demás, absurdo, y, si no me creen, miren al País Vasco y a los etarras.

Sin embargo, no es mi intención tratar de sentar cátedra de absolutamente nada y menos de historia. En las siguientes líneas, trataré de dar voz a otros mucho más letrados que yo, pues, parece justo alzar la voz y decir que no solo murieron los de un bando y que, en aquella guerra, me refiero a la Guerra Civil española, como en todas, no hubo ni buenos ni malos. Tan solo existieron personas con diferencias de opinión, junto con un odio atroz de la izquierda hacia la derecha, que no al contrario, enmarcado en un ambiente, tanto mundial como nacional, asfixiante a causa de los extremismos que venían tratando de hallar su hueco social y que, a fe, lograron. Algo similar, por cierto, a lo que está sucediendo hoy en día en muchos lugares del planeta, incluida España.

Puesto que este va a resultar un artículo largo, lo voy a dividir en varias partes. No pretendo que, estos, tengan ningún orden ni concierto, tan solo he querido plasmar unas pocas líneas de nuestra historia no tan lejana, de aquellos que murieron y de los que ahora se pretende borrar todo vestigio de su existencia, como si aquello no hubiese ocurrido jamás, como si la derecha, los católicos, no hubiesen tenido su justificación para blandir un arma y defenderse de los terribles crímenes que se perpetraron, durante la trágica Segunda República, contra ellos.

Para comenzar con esta más que compleja empresa, permítaseme que transcriba, ahora, un breve pasaje de El Alcázar no se rinde, de Manuel Aznar. Tienen que ver con unas palabras del General Moscardó, quien estuvo al mando del Alcázar durante el terrible asedio y, quien, sin desearlo ni saberlo, mandó a su hijo al pelotón de fusilamiento. Se trata tan solo de un ejemplo, de cómo las gastaban los buenos milicianos a los que tanto admiran las izquierdas actuales:

Cuando llegó la hora real de encerrarse dentro del Alcázar busqué a Luis, que andaba loco de contento entre todos con un fusil al hombro. Había yo luchado mucho en mi interior antes de decidirme; pero urgían los minutos y yo necesitaba ser absolutamente dueño de mí mismo, sin otra preocupación. No recuerdo haberme puesto patético; ni siquiera, a pesar de mi honda fe cristiana, hice exteriormente una especial ofrenda de aquel instante a Dios. Sencillamente, llamé a mi hijo. Sus ojos brillaban exaltados y esto lo hacía todo más difícil; fueron, quizá, los más poderosos obstáculos que debí vencer.

—Luis, hijo mío: tu madre está sola en Toledo. Ya sabes que Carmelo solo tiene dieciséis años. Quiero que te vayas.

—¿Qué me vaya del Alcázar, papá?

—No hay otro remedio.

—Pero, papá, ¿cómo puedes mandarme eso?

—Te lo mando porque creo que es lo mejor y lo más conveniente para nosotros y para mí. Os iréis a Madrid. Tenemos amigos que os ampararán. Allí nadie nos conoce y tú ya puedes hacer algo por tu madre, que queda sola.

Salió el chico —sigue el general —sin replicar una sola palabra. Solo Dios pudo valorar la honda amargura de aquel momento en su corazón y en el mío. ¿Cómo podía yo imaginar que aquella resulta determinación mía iba a poner pocas horas después a mi hijo en manos de los rojos y día más tarde ante el pelotón de ejecución?

CONTINUARÁ…

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