LIBERALISMO Y DEMOCRACIA

Liberalismo y democracia, en defensa de la libertad
Liberalismo y democracia
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Sergio Marqués

Sergio Marqués

SERGIO JOSÉ MARQUÉS PRENDES (Gijón, 1972)Licenciado en Veterinaria por la Universidad de León. Desarrollo de productos de producción animal para el sector privado.
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Liberalismo y democracia

La libertad no consiste en hacer en cada momento lo que sería nuestro deseo, sino en que cada acto que realicemos lo hagamos de forma voluntaria, es decir, libres de coacciones ajenas a nuestra voluntad.

Llevado al terreno social, una sociedad será más libre en tanto permita mayores grados de voluntariedad en las decisiones individuales de todos sus integrantes.

Esa es precisamente la lucha central del liberalismo: despojar las decisiones particulares de cada individuo de la coacción ajena, sustituyendo coacción por voluntariedad.

El liberalismo y el sistema democrático

Partiendo de lo anterior, en nuestro actual sistema democrático, ¿tiene cabida el liberalismo? Y de ser así, ¿qué tipo de liberalismo?

Advierto que en este artículo usaré los términos democracia/democrático en un sentido meramente descriptivo, despojándolo de sus habituales connotaciones “buenistas”.

Un sistema democrático es aquel que permite que el gobierno del estado recaiga en aquellos que han sido elegidos voluntariamente por una mayoría de ciudadanos.

Obligaciones del gobierno

Es evidente, que dicho gobierno tendría, al menos desde un plano teórico, la obligación de trasladar a su acción de gobierno la voluntad mayoritaria de los ciudadanos, expresada democrática y libremente en las urnas.

Por tanto, la legitimidad de un gobierno elegido en democracia no consistirá tanto en su mecanismo de elección, como en el nivel de respeto a la voluntad popular que manifieste mediante su acción de gobierno.

Es este el fin último de la democracia, lograr una forma de gobierno que respete y actúe de acuerdo con la voluntad popular.

Un gobierno, aunque sea elegido democráticamente, perderá su legitimidad si, una vez alcanzado el poder, no ejerce su acción de gobierno en consonancia con la voluntad popular que lo eligió.

La palabra clave es voluntad.

Defensa de las libertades

La democracia no es un sistema basado en la defensa de las libertades, sino en el ejercicio de las voluntades.

Si una amplia capa poblacional tiene la firme voluntad de ser coaccionada, un gobierno que represente la voluntad de los ciudadanos debe, actuando en consecuencia, respetar esa voluntad mayoritaria de coacción.

Si la mayoría de una sociedad desea un sistema público de pensiones, escuela pública, sanidad pública, etc., un gobierno elegido democráticamente no puede, legítimamente, eliminarlas sin violentar la voluntad mayoritaria.

Entendamos pues que en democracia la coacción estatal no puede ser eliminada de forma unilateral por el gobierno, sino que dicha eliminación, por beneficiosa que sea, debe hacerse contando con la voluntad mayoritaria de los ciudadanos.

Liberar la sociedad

Por ello, como sucede actualmente, en tanto la voluntad popular desee mayoritariamente la coacción estatal en diversos ámbitos, el gobierno democrático se verá en la obligación de mantener dicha coacción.

Liberar a la sociedad de sus ataduras y convertirla, incluso contra su voluntad inicial, en una sociedad nueva formada por hombres libres …, es la típica propaganda comunista.

El liberalismo político

Ante semejante panorama, el liberalismo político en una democracia tiene dos opciones: defender posturas maximalistas resignándose a ser “la voz que clama en el desierto”, o defender políticamente un liberalismo compatible con la voluntad mayoritaria de la sociedad actual e ir, simultáneamente, iniciando una serie de reformas paulatinas que vayan en el camino de una transformación de la voluntad popular hacia la libertad.

Quien gobierna debe gobernar de acuerdo con el pueblo y no a pesar del pueblo.

A nivel individual o teórico el liberalismo puede defender lo que quiera.

A nivel político, y en un contexto democrático, el liberalismo político debe respetar la voluntad popular mientras va sentando las bases para que esa voluntad vaya cambiando hacia un deseo de libertad voluntariamente elegida. En este sentido, la libertad no se puede imponer.

Nuestra libertad

Ante esta realidad, siempre se podrá objetar que nadie tiene derecho a coartar nuestra libertad, que la voluntad de la mayoría no es un argumento válido cuando se trata de privarnos de nuestra libertad, etc.

Y tendrán toda la razón.

Pero quienes así argumenten, tienen que tener muy claro que la única forma de acabar con imposiciones coactivas basadas en la voluntad mayoritaria, es acabar con el órgano que es expresión y acción de dicha voluntad mayoritaria: El Gobierno democrático.

Y eso se llama liberalismo revolucionario, no político.

“Todo para el pueblo, pero sin el pueblo” pertenece a la órbita del despotismo ilustrado.

En democracia rige la frase de Abraham Lincoln  “Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

En democracia se gobierna para el pueblo, pero no para hacer mejorar al pueblo, sino para realizar y respetar la voluntad mayoritaria de los ciudadanos.

Conclusiones

No obstante, en la situación actual, el margen de mejora en cuanto a nuestras libertades, sin ir explícitamente contra de la voluntad popular mayoritaria, es tan amplio, que el camino y la misión que puede desarrollar hoy el liberalismo político es enorme.

Si esto nos parece poco ambicioso o injusto, debemos recordar que la adquisición de libertades irá abriendo el camino hacia la voluntad de adquirir otras nuevas.

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