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Locuras, obviedades que el sistema nos niega

Locuras, obviedades que el sistema nos niega
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Daniel Serrano

Daniel Serrano

Tras un colorido éxodo por grandes empresas, sobrevivo como abogado autónomo en Madrid. Recién casado, amante de los coches deportivos, habitual de los circuitos, guitarrista aficionado, golfista principiante, amante de la libertad, y habitante de la sierra.
Daniel Serrano

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Como nos pasa a la mayoría de los presentes, en mi ambiente hay un poco de todo, jóvenes, mayores, ricos, pobres, de izquierdas, de derechas, más listos, más tontos… Y me he dado cuenta de que en cuestión de política, al igual que a la hora de hacerse seguidor de un equipo de fútbol, nadie atiende a razones. Pero el sentido común sí que acaba haciendo mella, y como el sentido común es el menos común de los sentidos, he desarrollado mi propio método para sentar unas bases muy elementales, que me gusta llamar “locuras“.

Las llamo locuras porque a pesar de ser razonamientos elementales al alcance de cualquiera, es fácil ver que el pensamiento único aparta esas ideas como la peste. Si a esto le sumamos que la gente tiende a defender y acoger mejor las ideas políticas si son “a la contra” de algo, la idea de mis “locuras” en sentido irónico resulta aún más efectiva:

Una “locura” es decir una obviedad que el sistema nos niega, para hacer ver su validez a todas luces. Y como obviedad que es, resulta casi imposible de negar. Un pensamiento más refinado es muy criticable con el uso de la demagogia, y nuestros adversarios colectivistas son expertos en demagogia. En cambio las ideas simples, y el más elemental sentido de la justicia se les escapa, les rechina, y puede hacer saltar por los aires su pesada maquinaria de vapor.

Y para muestra, un botón (ejemplo real en mi twitter): “Voy a decir una locura: Creo que aquel que no da un palo al agua no se merece lo mismo que aquel que se esfuerza”.

Es una píldora básica de justicia que cualquiera entiende, y que incluso puede ser engañosa para el colectivista despistado, que se piense que “aquel que no da un palo al agua” es el famoso rico burgués, y “aquel que es esfuerza” es el sufrido obrero. Y probablemente la frase sea también aplicable a esa dualidad casposa de la lucha de clases, pero tiene un sentido más universal: El valor del mérito, que tanto niega el colectivismo, y pretende hacernos ver que todo el mundo se merece todo, por igual.

Otros ejemplos de “locuras”:

– Que el bien de un grupo no puede ser excusa para pisar la libertad de los individuos.

– Que todo lo que el Estado promete regalarte, se lo vas a pagar vía impuestos.

– Que cuando pasamos apuros, apretarse el cinturón y ahorrar suele ser mejor solución que gastar y deber aún más.

– Que si a ti te cuesta esfuerzo pagar tus recibos, ¿por qué a otros que no hacen nada deberían regalárselos con tu dinero?

Son todos razonamientos muy básicos que buscan ser comprensibles, lógicos, y justos a los ojos de cualquiera, y sin tintes políticos de izquierda o de derecha. Cualquiera (cualquiera que no esté demasiado retorcido, claro) podría decir que estas frases son de justicia elemental, y todas ellas son la base del pensamiento liberal.

Amigos míos de extrema izquierda, cuando les pillo despistados, me dan la razón en casi todos estos argumentos! Nadie en su sano juicio diría abiertamente lo contrario, que el Estado es más eficaz administrando tu economía doméstica que tú mismo, que el interés del grupo justifica aplastar las libertades individuales, que el Estado regala cosas a gratuidad, que en casos de escasez la solución es gastar más, o que es justo que le quiten al obrero para pagar al holgazán…

Cada pequeño razonamiento elemental es una semilla de sentido común que cualquiera puede adoptar con buena fe, y que rechinará en el engranaje de la maquinaria colectivista. Al igual que sus slogans y frases fáciles y pegadizas, diseñadas para sentar una base en las mentes de poco discurrir (la mayoría de esos slogans son tan demagógicos que no resisten una segunda pensada, aunque sea a nivel de educación secundaria), estas píldoras de sentido común anidan fácil en el pensamiento de cualquiera, son de justicia elemental, y es fácil estar de acuerdo con ellas. La diferencia radica en que mientras esos slogans pegadizos son fácilmente desmontables, y de un interés político claro que haría desconfiar a cualquiera, es difícil buscar vuelta de hoja a hechos elementales como que el mérito hace merecer más, que las deudas deben pagarse, o que la libertad es mejor que el Estado.

Desde aquí animo a todo el mundo a elaborar y difundir sus propias “locuras”. Porque los grandes pensamientos se basan en ideas sencillas, porque la verdad y la justicia es comprensible por cualquiera, y principalmente, porque las ideas del liberalismo son moralmente superiores a las del colectivismo, a nadie (de cualquier ideología) le gusta la idea de someterse a un mega-estado, y al final de todo, la verdad y la razón están de nuestra parte.

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