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Los fallos de la gestión política

Los fallos de la gestión política
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Oscar Guinea

ÓSCAR GUINEA GONZALVOEstudiante de Economía en la Universidad de Oviedo.

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El humorista Groucho Marx comentó en cierta ocasión que la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados. Más allá de la sorna y la sátira que caracterizaban al actor neoyorkino y siendo cierto que en numerosas ocasiones el componente más sentimental e irracional de nuestro ser nubla nuestro racional y lógico hemisferio izquierdo cerebral -potenciado por la política como mundo dónde se desatan nuestras más bajas pasiones-  resulta inexcusable que debemos dejar a un lado el maniqueísmo en el análisis de las mezquindades en la política y la administración pública que tan nefastamente campan a sus anchas en la actualidad.

Por mucho que nuestras sensaciones nos digan que este o aquel político es más malvado, más ruin o más corrupto, lo cierto es que son personas de carne y hueso, y como personas de carne y hueso que son, actúan bajo unos incentivos que condicionan su gestión y que están presentes sean cuál sean las siglas del partido al que representen, sus colores, sus ideologías o sus características personales.

Con esta afirmación pretendo decir que el problema de corruptelas e ineficiencias tiene un carácter fundamentalmente estructural en sistemas de carácter democrático y que el cambio de un partido por otro o de una generación de políticos por otra resulta, especialmente a medio y largo plazo, una medida inútil y poco fructífera.

Decía Bernardo de Chartres que los modernos sólo somos enanos a hombros de gigantes. En nuestro caso podemos decir lo mismo, los políticos -como ya he repetido y repetiré hasta la saciedad- son seres humanos y como seres humanos que son, debemos realizar nuestro estudio partiendo de las bases analíticas de la Praxeología de Ludwig Von Mises y del Individualismo Metodológico tan bien usado por la Escuela Austríaca de Economía y que tan brillantemente asume James M. Buchanan en su teoría. ¿Qué quiere decir esto?, la naturaleza humana no se puede -ni se debe intentar- cambiar, nadie es tan bipolar como para actuar de manera diferente en el mercado o en la política y por lo tanto debemos focalizar nuestra atención en los incentivos a los que ese alguien está sometido bajo un determinado sistema.

Teniendo las bases perfectamente establecidas, debemos continuar con otra puntualización no menos importante. Es algo común que en el debate intelectual que es usualmente llevado a cabo con personas más cercanas a posturas intervencionistas en la economía, se nos echa en cara el problema de los supuestos fallos de mercado. De acuerdo, pongamos que  es así y que estos existen, ¿quiere decir eso que estos han de ser corregidos por la acción política?, es decir, ¿los fallos de la gestión pública son más deseables que los fallos del mercado? En los próximos párrafos intentaré demostrar lo contrario y daré un paso más: demostrar que varios de los desastrosos efectos de los que se culpabiliza al mercado por los agentes interesados, no sólo no son culpa de este, sino que son consecuencia directa de la gestión política y democrática en las diferentes esferas económicas que, desde mi punto de vista, deberían ser asumidas por la sociedad civil y los sanos mecanismos de mercado propios de la administración privada.

Anticipándome a las objeciones que con lógica podrían aparecer en determinados lectores, es importante recalcar que ni mi intención ni, me atrevería a decir, la de los teóricos de la Public Choice es hacer una refutación absoluta con el ánimo de echar por tierra los sistemas democráticos, sino puntualizar y criticar aquellos aspectos de los que este tipo de sistemas adolece y, en último término, corregirlos o minimizar sus consecuencias –en mi opinión sería introduciendo mecanismos de mercado en tales sectores, como ya he dicho antes-. El premier británico Winston Churchill señaló con acierto que la democracia es el peor sistema político inventado exceptuando a todos los que se han ensayado antes. Nos hallamos ante una ciencia social y, debido a ello, ningún sistema es perfecto. Cada uno de los diferentes sistemas de organización social –dictaduras, monarquías absolutas, democracias directas o repúblicas formalmente oligárquicas, por citar algunas- tiene sus propios incentivos perversos y creo que podemos afirmar con rotundidad que los existentes en las democracias representativas son los menos perjudiciales dentro de su absoluta imperfección.

Lo que llevó a Buchanan ganar el Premio Nobel de Economía en 1986 fue unir ciencia política y ciencia económica para saber cuáles son los factores que determinan las políticas que elige el Estado, entendido éste como la suma de todos los individuos que lo forman –los políticos y burócratas- y sus metas, creencias y acciones. La premisa fundamental resulta meridiana: maximizar el presupuesto público para (primero y siempre primero) buscar sus propios intereses y, ya después, buscar el bienestar social. Se trata, en resumidas cuentas, de explicar los Fallos de Gobierno. Este análisis se estructura en cinco motivos:

En primer lugar nos encontramos con los incentivos de los votantes o lo que se conoce como la Racionalidad de la Ignorancia. Esto se puede argumentar con una estructura lógica clara y concisa: el voto de una persona por separado es irrelevante para el resultado final –existe una posibilidad entre varios millones de que el voto de una persona decida el ganador de las elecciones- mientras que el coste de estar informado para dicha votación es altísimo. Nos encontramos pues ante un caso en el que hay un gran coste aparejado a un beneficio nulo, siendo de esta manera racional el permanecer ignorante. Esto nos lleva a que el voto se vuelve emotivo, la gente vota a los suyos como si fuera un hincha de un equipo de fútbol, asumen una visión maniquea de la confrontación política. La consecuencia es el surgimiento de campañas electorales basadas en la demagogia, un debate rastrero y taimado en el que no hay intercambio y lucha de ideas, por lo que no se busca apelar a la racionalidad, sino que se pretende exacerbar las pasiones más bajas del votante.

En segundo lugar nos encontramos con los incentivos de los lobbies o lo que se conoce como los Grupos Privilegiados de Interés. Se trata de grupos pequeños con intereses concretos que tienen altos incentivos para que el político de turno les apoye de cualquier manera (subvención, exención, licencia, etc…). ¿Qué ocurre? Ese privilegio es tremendamente beneficioso para el lobby pero su coste queda diluido entre toda la gran mayoría. De forma contraria al primer motivo, nos encontramos ante un caso de beneficios concentrados y costes dispersos.

Las consecuencias vuelven a ser fácilmente adivinables. Primero, el pequeño grupo va a estar interesado en movilizar a cualquier segmento electoral para que el partido que le vaya a privilegiar salga elegido. Segundo, la democracia va a terminar beneficiando enormemente a pequeños grupos a costa de la mayoría silenciosa. En este aspecto hay que ser cuidadoso, no hay que adoptar una visión estrecha y pensar únicamente en grupos de índole empresarial como las patronales (que obviamente también), sino que debemos pensar en sindicatos, asociaciones de cualquier credo o lobbies culturales, independientemente de cual sea su finalidad. Y tercero, la gestión de la cosa pública va a estar dirigida por la influencia del conjunto de los grupos de interés. Aparece pues, una democracia secuestrada, obviamente en diferentes grados en función del componente sociológico o idiosincrático del país en cuestión o de la limitación a la que esté sometido el poder en cada sistema comparado.

En tercer lugar está el Efecto de la Representación No Vinculante. En sistemas representativos, el votante medio no manifiesta su voluntad explícita sobre temas concretos, no dicta mandatos claros y taxativos al político que sería responsable en caso de no cumplirlos, sino que se limita a elegir un representante con propuestas difusas  y poco concretas, siendo de esa manera el incentivo del político el hacer lo que estime conveniente, sea esto su promesa electoral o no. ¿Qué solución tiene el votante medio? No votarle en las siguientes elecciones. Pero lo que ocurriría realmente en los siguientes comicios ya lo hemos explicado en los dos primeros puntos. Estamos en un ciclo sin fin.

En cuarto lugar nos encontramos con el Efecto de la Miopía Gubernamental. El incentivo primordial del gobierno es vencer a sus oponentes en los próximos comicios, por lo que su gestión será totalmente cortoplacista, incluso tomando medidas fatales a largo plazo como el endeudamiento masivo para sufragar los gastos –necesarios o innecesarios- en los que incurra tal gobierno. Esto produce también un efecto barrera, estamos ante una criba y un condicionante para aquellos políticos que pretendan una política beneficiosa sostenible a largo plazo. Nos encontramos ante un modelo que exige resultados casi inmediatos muchas veces a costa de un efecto boomerang que pueda ocurrir en un horizonte temporal más lejano.

Por último nos encontramos con la Carencia de Incentivos para Actuar de Forma Eficiente. Bajo esta premisa nos encontramos con que una política pública se mantendrá en el tiempo independientemente de si es eficiente o no, bastando sólo el apoyo político suficiente –dependiente como ya hemos dicho antes de los lobbies-. Contraponiendo posiciones, se puede observar que no es lo mismo actuar en un entorno empresarial con beneficios y pérdidas –no nos olvidemos que las restricciones presupuestarias y la limitación de recursos afectan o deberían afectar tanto a agentes privados como a estados- y existiendo el mecanismo de quiebra, con respecto a un entorno burocrático, basado en la gestión de recursos ajenos y sin un ápice del dúo decisión-responsabilidad.

Por lo tanto, y haciendo un análisis limitado únicamente a la propia gestión pública, nos encontramos con un sistema en el que los votantes, por pura ignorancia racional, votan de forma visceral mientras que pequeñas minorías organizadas inclinan la balanza en beneficio propio. Quién defiende a las mayorías silenciosas pierde las elecciones mientras quienes la ganan otorgan privilegios a lobbies organizados a la vez que hacen políticas electoralistas a corto plazo, todo ello con un sistema burocrático en continua expansión detrás con pocos incentivos para la eficiencia y la racionalidad, en un sistema totalmente carente de responsabilidad política. Ningún parecido con la realidad.

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