Los utopistas

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Roquelo López Tolentino

Roquelo López Tolentino

Roquelo López-Tolentino. Técnico administrativo. Cursa Grado de Farmacia en la Universidad de Barcelona. Se declara admirador del legado de Thatcher y se inclina por la Escuela Austríaca de Economía. Le gusta el debate y la confrontación de ideas.
Roquelo López Tolentino

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El liberalismo en España no cuenta con buena prensa ni sus ideas han sido expuestas correctamente como para que se convierta en una alternativa ideológica que dispute la hegemonía a todas las nuevas formas de comunismo existentes en las izquierdas, a ese rancio conservadurismo tradicionalista -que no tradicional o liberal- o a ese tercerismo bienintencionado. Creo que no será por falta de personas formadas con las ideas liberales claras por lo que la política pura carece de figuras liberales que entren de lleno en la confrontación ideológica. Todos los partidos políticos actuales ponen, en mayor o menor medida, el poder coactivo del Estado por encima del individuo, en lugar de fomentar, a través de un Estado más pequeño, la iniciativa privada espontánea de la sociedad civil, la colaboración libre y pacífica, la responsabilidad individual y la libertad, el Estado de Derecho, la Defensa y la Seguridad. Como liberal que está interesado en la materia, leo a Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Rothbard, Ayn Rand, David Hume, Adam Smith, Locke,… y muchos otros grandes filósofos del liberalismo que nos dejaron las mejores enseñanzas acerca de por qué nuestra filosofía es el sistema político más compatible con la naturaleza humana del individuo y el progreso. Considero todas sus obras una referencia sobre la cual obrar intelectual y socialmente, llevando el debate -y la polémica- allá donde hay prejuicios (amigos, familiares, conocidos, redes sociales, …).

Aunque lo que podemos hacer los liberales que estamos dispersos en la sociedad civil es poco, es también necesario. Pues el compromiso con las ideas de la libertad y la virtud humana frente a la maldad, la mentira, el fraude, el latrocinio o la explotación coactiva de la propiedad privada, que las izquierdas justifican como conducta éticamente homologable para construir su Jauja socialista, es de todos cuantos se opongan al totalitarismo en sus distintas vertientes. Imagino que hay muchas más personas que sienten la misma preocupación intelectual y que están igualmente dispersas en la sociedad y que comparten conmigo -y con otros liberales que, desde asociaciones privadas como El Club de Los Viernes– intentan que nuestras ideas abran una espita socrática en las ‘’certezas teológicas de la socialdemocracia’’ que han instituido una hilera de dogmas sociales -el cacareado consenso– que se pretenden incuestionables como el denominado Estado del Bienestar, el reparto de privilegios entre sindicatos empresariales y/o funcionariales, sindicatos patronales u otros gremios, partidos, monopolios audiovisuales y periodísticos, y otras estructuras mórbidas con consciencia de régimen sometidas al control desinformativo de sus agentes como RTVE. Nosotros, como ciudadanos dispersos, hacemos lo que podemos. Y eso está claro. Así, a quien dirijo esta crítica es a los liberales que, por su fama, podrían dar el paso al frente a la arena de la política nacional y entrar en esa confrontación ideológica a la que antes hice alusión, y que es un signo clínico de salud democrática y pluralidad. No obstante, la realidad es que no salen del laboratorio de las ideas, y a muchos les he llegado a escuchar de su propia boca que ‘’no darían para la profesión de políticos’’ porque, continúan, ‘’ser político implica aprender a mentir’’. Quizá no sea ilógico que estos liberales, además, no pongan los pies sobre la tierra al estar, en mi punto de vista, alienados con cuestiones metafísicas como el anarcocapitalismo, la abolición anarquista del Estado o con un libertarismo que sólo es productivo como discusión filosófica entre quienes estamos familiarizados con la teoría y evolución histórica del liberalismo, a razón de que no posiciona bien el debate social si lo que se quiere es que cada vez más hayan más personas que cuestionen el estatismo.

De lo anterior sostengo que estos intelectuales liberales, que no hace falta nombrar, pese a tener las ideas correctas, caen en una suerte de academicismo endogámico que les lleva al nihilismo de hacer afirmaciones como las anteriores. Es decir, en lugar de dar la batalla de las ideas, entrar en la política como una alternativa electoral para combatir democrática y dialécticamente a todos los intervencionismos contra los que despotrican y buscar patrocinadores empresariales que hagan una apuesta por el liberalismo, se mantienen en su zona de confort, que es la imaginaria. Mientras, ‘’intelectuales’’ neocomunistas y socialistas entran en la política y escurren sigilosamente sus ideas criminógenas sin que parezcan comunistas, muchos de los intelectuales autoproclamados libertarios peroran sobre ficciones anarcocapitalistas, en lugar de empezar a construir la casa por los cimientos y alistarse; esos cimientos serían las ideas básicas del liberalismo ante el salvaje aplastamiento del individuo por la planificación estatista. Si estos utopistas conocen el papel que asigna Hayek a los formadores de opinión, parece que no han aprendido bien la lección de que es necesario salir de la madriguera para que el liberalismo se ponga en marcha desde abajo hacia arriba.

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