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Autobiografía educativa (2)

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Joaquín Brotons

Joaquín Brotons

Profesor de Filosofía y Ciencias Sociales
Joaquín Brotons

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En 2004 aprobé las oposiciones para profesor de filosofia de secundaria en la Comunidad Valenciana y empecé con mucha ilusión en la ciudad de Castellón. Pero, hete aquí que, ante mi incredulidad, no pude empezar peor: me suspendieron la fase de prácticas que hay que superar para obtener la plaza definitiva de profesor. En mis estudios pedagógicos preparatorios para ejercer como docente que realicé en la UAB había obtenido buenas notas. Mi relación con el alumnado adolescente de aquel primer IES en el que empezaba por fin a trabajar no podía ser mejor. Pero me suspendieron las prácticas. El motivo oficial por el cual el director de aquel centro no me aprobó tras seis meses de prácticas fue la “no adecuada integración en el funcionamiento normal del sistema”. Tal como suena. Lo cierto es que yo entonces ya era un poco libertario conservador, como me gusta definirme al estilo de George Orwell, pero aún creía que era posible hacer un buen trabajo de libertad y calidad en el sistema público de educación.

Tuve que repetir la fase de prácticas al curso siguiente y era la última oportunidad. El del sindicato (CSIF) me conminó a “tragar”. Y tuve que tragar o me quedaba sin empleo. El IES era de los mejores de la ciudad, pero aun así cada día había un conflicto, una indisciplina, una humillación para el profesorado y, lo que es peor, no resueltos o mal resueltos porque el sistema no permite otra cosa. La escuela pública, gratuita y de calidad. La escuela de ese “monstruo frío” (Nietzsche) que es el Estado (en este caso la Generalitat Valenciana).

Luego pasé un curso en Alicante y por fin me adjudicaron una plaza fija en un IES de la ciudad de Elche, donde actualmente resido. Volver a empezar. Me ganaron una batalla pero no la guerra. En fin, hice acopio de todos los tópicos al uso pensando que había caído en un buen lugar para hacer un buen trabajo (el IES tenía unos jardines de palmeras muy bonitos, etc.). El director parecía amable y sensato, o eso creía. Pero la cosa se empezó a torcer muy pronto. A los quince días, antes incluso del inicio de clases, el director me llamó a su despacho. El motivo es que según aquel hombre no parecía que yo congeniara con mi compañera y jefa del departamento de filosofía del centro. No me acuerdo muy bien cómo reaccioné porque a partir de entonces todo se vuelve borroso en mis recuerdos.

Seguí adelante. Pero en enero, una nueva llamada al despacho del director, por supuesto de izquierdas y progresista (tenía un calendario del Psoe en el despacho). Esta vez me pasó un cuestionario sobre mi comportamiento en el centro. Al parecer le preocupaba que “todo el mundo”, especialmente los alumnos, hablaran de mí. “No sé si eres consciente de que llamas la atención”, me dijo más o menos, añadiendo que si tenía algún problema, lo cual le parecía evidente (sic), que no dudara en pedirle ayuda. Es la frase más peligrosa que te pueden decir, como bien sabía Ronald Reagan (“Hola, soy el Gobierno y vengo a ayudarte”). Contesté el cuestionario como buenamente pude y empecé seriamente a preocuparme.

En Semana Santa la cosa pasó a mayores. Al parecer, algunos padres de la asociación de padres y algunos alumnos estaban escandalizados por el tipo de exámenes que ponía, donde era importante la memorización. Era una barbaridad lo que les exigía a los pobres chicos, aunque el examen de selectividad de filosofía exigiera esa capacidad de memorización. Fue un argumento baldío por mi parte. También me acusaban de lo contrario, de dejar copiar e incluso de “negociar” (palabra maldita) con los alumnos.

Aquel curso pasó pero la situación siguió empeorando. No voy a extenderme en más detalles. Finalmente me abrieron un expediente disciplinario y me suspendieron de empleo y sueldo durante seis largos meses, tras los cuales por cierto mi cuenta corriente quedó casi a cero. Tuve un ataque agudo de ansiedad, el clásico ataque de pánico en el que sientes que estás muriendo y de repente tienes tendencias suicidas, tal cual. Tras los seis meses de sanción, volví al centro, pero ya nada era lo mismo. Físicamente, tenía la espalda mal. El motivo principal de mi suspensión había sido que yo “no cumplía adecuadamente con mis obligaciones de profesor”, más o menos. Eso no significa que yo llegara tarde a clase todos los días en una espiral de dejadez y abandono o cosas así, sino que no imponía disciplina, no controlaba a los alumnos, no evaluaba correctamente, etc. Pensaba que mis compañeros eran progresistas, incluso antiautoritarios, pero al parecer mi problema es que yo no actuaba como un policía. Yo había estudiado pedagogía, no obstante, y no para policía nacional

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