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Reválidas, evaluaciones de contraste

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Manuel Fuente Bayón

Economista y auditor.

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Hoy en día, parece ser que existe una opinión mayoritaria entre la ciudadanía que cree que tenemos un sistema educativo deficiente, que no alcanza los objetivos finales propuestos y que lejos de posibilitar una formación óptima se dedica, casi exclusivamente, a expender títulos, habiéndose convertido en una organización que libra rimbombantes titulaciones académicas a alumnos con preparación superficial e inadecuada, todo ello sin restar mérito a los estudiantes que finalizan sus estudios con preparación excelente.

Lamentablemente, eso último constituye una excepción.

Una base académica floja

Hablando con un amigo, profesor universitario de reconocido prestigio, me decía: “Actualmente, acceden a la Universidad un elevado porcentaje de alumnos con una base académica floja, muy inferior a las de décadas precedentes.

Los exámenes compendian un 60% de ejercicios idénticos a los desarrollados en clase, y del resto, a la mitad se les modifican los datos y, a los restantes, el enunciado. Los trabajos de investigación se circunscriben a un cortar y pegar.

Los resultados, tanto de exámenes como de trabajos, son pésimos, con enormes lagunas, expresión pobre, numerosos errores ortográficos y sintácticos.

Por otra parte, existe y se sufre la presión para que no se les suspenda, pues de hacerlo a más del 50% del alumnado, implica la realización de un informe justificativo.

Se ha normalizado el aprobado de asiento”.

Exigencias cada vez menores

La opinión de otro amigo, maestro de larga trayectoria profesional, era la siguiente: “Los alumnos no desarrollan el esfuerzo correspondiente a su edad ni a unas exigencias cada vez menores.

Casi inexistente es el sacrificio, mientras que constancia y profundidad son exigencias de épocas pasadas.

Algunas familias, en vez de ser un estímulo para sus hijos, son perjudiciales para su desarrollo integral, como personas y como estudiantes.

Se valora más lo superficial, lo lúdico y lo escasamente formativo, antes que el conocimiento, el rigor, el método científico y el esfuerzo para alcanzar objetivos.

Imposiciones a los centros educativos

Por otra parte, Educación impone objetivos a cumplir por los centros educativos, tales como alcanzar el 96% de alumnos que promocionan sin áreas pendientes.

Al curso siguiente es el 97%, al siguiente el… Naturalmente, ese objetivo impuesto se cumple, pues de no alcanzarlo las retribuciones podrían verse mermadas o el centro sería objeto de un seguimiento, nada agradable, por parte de la Inspección educativa”.

Y como colofón basta que recuerde el paso de mis hijas por diferentes facultades universitarias.

¿Es lógico que se ofrezca clases de adecuación a los alumnos de Bachillerato Logse, ante la diferencia de nivel con los que habían cursado COU?

¿Es normal que los alumnos no acudan a clase porque no se espera que el profesor se desvíe de los apuntes que ya tienen los estudiantes?

¿Es razonable que el alumnado únicamente estudie para aprobar un examen, para conseguir superar una asignatura?

Ni lógico, ni normal, ni razonable.

No se estudia con profundidad, no existe la exigencia personal o externa, no se domina la materia, no se genera ilusión, no se forma en lo personal ni en lo académico.

¡Qué tristeza! ¿Soluciones?

Aumento del presupuesto

Desde sectores relacionados con el mundo educativo (profesionales, padres, alumnos, políticos o sindicatos) defienden que los problemas de la educación se solucionarían aumentando el presupuesto destinado a ésta.

Ante ello me pregunto ¿para qué? Si no se aprovecha el presupuesto actual, ¿para qué se quiere más?

Imaginemos que los empleados de una empresa solicitan más inversión para mantener tal sociedad, pese a que son conscientes que los productos elaborados son deficientes.

Creo que lo más operativo y lo que posibilitaría la mejora de resultados sería cambiar el sistema de producción, modificar los objetivos, reformular los procedimientos y evaluar el trabajo de los empleados.

Todo ello permitiría que la empresa fuese rentable y no se limitase a cubrir pérdidas.

Modificar los objetivos académicos

Si nos centrásemos en la educación se podrían modificar objetivos académicos, también se reformularían los procedimientos.

Sin embargo, ¿se podrá evaluar el grado de consecución de los objetivos académicos por los alumnos?

¿Y el trabajo de los profesores?

¿Qué peligro conlleva la realización evaluaciones de contraste, en definitiva, de reválidas?

¿Qué salga a la luz aquello que se quiere ocultar? Pues, sí.

Las reválidas

Las pruebas académicas regladas, planificadas acorde a los currículos e idénticas en todas las Comunidades me temo que interesan a muy pocos, pues no sólo evaluarían al alumnado, sino que también lo harían al profesorado, a los centros educativos y a las consejerías educativas de cada autonomía.

A los políticos autonómicos les pueden salir los colores cuando, en su ámbito, el nivel de logro de objetivos, grado de adquisición de competencias y tanto por ciento de alumnos que superen las reválidas, es decir, de calidad es inferior al de otras autonomías.

¿Qué se argumentaría si los alumnos de una comunidad tienen mejores resultados que los de otra con un índice de inversión en educación similar?

Los profesores pueden sentir vergüenza al seguir el juego a los políticos, y por otra parte, ¿quién quiere ser evaluado y que la evaluación, tanto positiva como negativa, tenga consecuencias sobre las retribuciones o la trayectoria profesional?

¿Conocen, apreciados lectores, a muchos empleados de empresa que quieran ser evaluados en resultados a través de evaluaciones externas desarrolladas por evaluadores ajenos?

Los alumnos son aquellos que menos tienen que perder y más que ganar.

Una enseñanza de calidad

Si se demuestra que no reciben una enseñanza de calidad, que la planificación educativa no es la más adecuada, si los niveles de aprendizaje no son los pertinentes para el normal desenvolvimiento de la vida personal y profesional, o que, con idénticos medios y en similares circunstancias, unos alcanzan resultados mejores que otros, habrá más profesionales preocupados en modificar planes y métodos, inclusive, en esforzarse.

De todo ello, los alumnos serán los primeros favorecidos, beneficio que alcanzará a la totalidad de la sociedad.

Las empresas llevan bastantes años introduciendo sistemas de evaluación del desempeño de sus empleados, habiéndose convertido en un proceso reglamentario y necesario.

El análisis de resultados permite establecer las correcciones oportunas, lo cual les posibilita ser más competitivas, mejorar sus productos y sus resultados.

Justificar inversiones

Hoy se hace muy difícil establecer mejoras salariales e inversiones sin una evaluación objetiva que las justifique.

La evaluación no se realiza en base al número de horas que se está en la empresa, ni únicamente se evalúa el número de artículos producidos.

Eso era propio de otros regímenes que han fracasado.

Actualmente nos fijamos principalmente en la calidad de los productos, un mal artículo, no sirve para nada.

En el sistema educativo los productos son los alumnos.

Descubrir los defectos y corregir los errores

En un sistema de calidad hay que descubrir los defectos para rediseñar procesos y corregir errores.

Los centros educativos, desde los de Infantil, Primaria, Secundaria, hasta los de Superior deben poner en el mercado un buen producto, es decir, titulados bien formados, para la vida profesional y la personal, atendiendo la realidad de cada alumno, así como sus necesidades educativas y sociales.

Creo que es éste el único camino.

Posiblemente las últimas palabras de algunos responsables políticos de ámbito nacional nos hagan albergar la esperanza que un cambio educativo basado en un amplio consenso es posible.

Si se busca el rigor, la profundidad, la excelencia, la igualdad de oportunidades, la atención a la diversidad y el desarrollo del potencial de cada alumno, así como si se planifican los mecanismos de control oportunos y se dota de un presupuesto económico justo, quizás se ande desde el presente a un futuro esperanzador.

Me temo que el camino para construir un sistema educativo eficaz y que perdure no es lo que hemos visto en estas semanas: huelgas de estudiantes, manifestaciones o negativa a realizar los deberes en casa.

Esos caminos no conducen a ningún sitio, carecen de sentido, son infructuosos.

El único camino es el diálogo sereno, el análisis exhaustivo y profundo, la planificación meticulosa, la ausencia de planteamientos dogmáticos, el pacto y el consenso.

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