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Thatcher, medicina amarga para el feminismo progre

Thatcher, medicina amarga para el feminismo progre
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Roquelo López Tolentino

Roquelo López Tolentino

Roquelo López-Tolentino. Técnico administrativo. Cursa Grado de Farmacia en la Universidad de Barcelona. Se declara admirador del legado de Thatcher y se inclina por la Escuela Austríaca de Economía. Le gusta el debate y la confrontación de ideas.
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A pesar de haber sido una política ejemplar, de haberse erigido como la primera mujer en ocupar el cargo de Primera Ministra del Reino Unido, de haber apoyado la despenalización de la homosexualidad en la década de 1960 y de haber ejercido gran influencia en la política internacional -en la que plantó cara al comunismo hasta tal punto que le valió el apodo de Dama de Hierro– Margaret Thatcher no es una figura histórica amiga del feminismo progre internacional y la dictadura homosexualista LGTBI. No lo es, en mi opinión, porque demostró que las mujeres, como los hombres, están dotadas de las mismas posibilidades humanas y cognitivas para enfrentarse a realidades adversas y derrotarlas. Haciéndose escuchar con principios, valores y disciplina, como elementos de desarrollo de la personalidad que asisten en mayor o menor medida a todos los individuos. Y es evidente que Thatcher y las feministas de actualidad difieren en metodología. En la medida en que las últimas hacen del numerito, la agitación internacional permanente y las exigencias de privilegios estatistas un modus vivendi en forma lucha de grupos organizados en lobbies, para superar la inexistente opresión heteropatriarcal, puede decirse que no creen que las mujeres cuenten con las antes mencionadas posibilidades, que si bien es cierto que están condicionadas por la potencialidad psicológica relativa de cada individuo para ponerlas en marcha, la disposición para adoptarlas es decisión de cada persona. Y tomar decisiones, elegir, arriesgar y echar el pulso contra las ruedas de molino es algo con lo que no compatibilizan muy bien la exigencia de privilegios estatales de género de las feministas radicales de actualidad. Más bien, ellas mismas, y su ideología neomarxista de género, son ruedas de molino.

Las feministas radicales, a diferencia de lo que podemos decir de los logros de Thatcher en la historia de autosuperación de la mujer, plantean conseguir sus objetivos particulares perjudicando los derechos individuales de otros, los varones, en una taimada lucha de género, que, como concluí en otro enlace artículo sobre el carácter socialista del feminismo actual, utilizan como sustituto moderno de la lucha de clases comunista -ya no hay extremos ricos y extremos pobres, precisamente gracias al avance del libre mercado. 

Pese a que Thatcher no se declaraba feminista, en mi punto de vista puso en evidencia que la feminidad intelectual y capacidad ejecutiva de la mujer no es producto de una excepción o exención de responsabilidades, sino del trabajo, del esfuerzo y de la tenacidad para superarse a sí mismo. 

Las propias progres, escasas de argumentos, dan por hecho que Thatcher no podía ser feminista porque era conservadora, prejuicio sectario que plantean como si fuera una regla general de etiquetado, entrada o veto a la tribu. Las feministas ultras -y aquí introduzco a la dictadura homosexualista LGTBI- se entienden a sí mismos como seres discriminados biológica, histórica y socialmente, lo que se comprende mejor si tenemos en cuenta que, como neomarxistas directos o por accidente, sienten que esa supuesta discriminación es un fenómeno infalible e infinito que se repite cíclicamente y para el cual el único remedio es, ahora, en la modernidad, la antecitada lucha de género.

O sea que no creen en la capacidad de superación del individuo para sobrellevarse responsablemente sin reprimir su inclinación biológica y niegan la plasticidad cognitiva del hombre -me refiero a individuos indistintamente- para asumir las cargas de un modo de vida determinado o de una preferencia consciente o inconscientemente elegida. Es cierto que antes de los siglos XIX y XX europeos la mujer o el hombre podían estar afectados por una serie de situaciones históricas anormales y por otros prejuicios que también incluyen los mitos contra la homosexualidad de uno u otro sexo, pero también es bien cierto que la evolución espontánea del Derecho, y no su creación adrede para discriminar a unos y premiar a otros, desmontaron el atraso intelectual de los tabúes opresivos anteriores que significaban, entre otras cosas, que alguien fuese llevado a la cárcel por su condición de homosexual. Sin embargo, hoy afortunadamente las cosas han cambiado y la esfera de las libertades individuales más o menos se han ensanchado. Luego, la falacia que mezcla cuestiones psicobiológicas con cuestiones históricas para victimizar al individuo infinitamente hace entender las razones por las que el lobby homosexualista LGTBI no reivindica la postura de Thatcher contra la barbarie que suponía penalizar la homosexualidad o las razones por las que las feministas radicales eluden elevar esta figura a su condición de ‘’signo del progreso de la mujer’’, pues la Dama de Hierro no era progre: reivindicaba las dos caras de la libertad: la libertad misma y su cara reversa, la responsabilidad. Que las feministas radicales y los homosexualistas de hoy pretenden endiñar al Estado para su ‘’liberación’’.

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