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Torra y el racismo nacionalista catalán

Torra y el racismo nacionalista catalán
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Rafael Abril Sánchez

Rafael Abril Sánchez

Estudiante de Derecho. Defensor de la libertad, la igualdad y la propiedad.
Rafael Abril Sánchez

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El pasado lunes, día 14 de mayo, pudimos contemplar uno de los episodios más lamentables de las últimas semanas en nuestro país. Cinco meses después de la celebración de los comicios electorales en Cataluña, y al borde de la repetición de las elecciones autonómicas, se formó un Gobierno (por supuesto, independentista). Tras días de incertidumbre sobre si el proceso de investidura saldría adelante, finalmente el candidato logró ganarse la “confianza” de la cámara, gracias a los votos a favor de JuntsxCat y ERC, y unido a la abstención de los antisistema de la CUP.

Pues bien, el recién elegido Presidente de la Generalidad de Cataluña es un tal Quim Torra. Para aquellos que no conozcan a este personaje, me gustaría hacer una breve presentación. Este siniestro sujeto, con un discurso racista por bandera, sería capaz de llevar a los catalanes a la limpieza étnica. Entre su obra más “intelectual”, por llamarlo de alguna manera, destacan citas como “Los españoles solo saben expoliar”, “Evidentemente, vivimos ocupados por los españoles desde 1714”, “Señores, si seguimos aquí algunos años más correremos el riesgo de acabar tan locos como los mismos españoles”, “Vergüenza es una palabra que los españoles hace años que han eliminado de su vocabulario”, y la lista continúa. Cada vez que abren la boca confirman lo que todos pensamos: su infinita estupidez. Viendo hasta donde llega el nivel de incultura y analfabetismo de estos mentecatos, es necesario hacer un poco de memoria y recordar que Cataluña es una de las regiones más prósperas de España, y el principal motor económico junto con la Comunidad de Madrid. Por ello, que hablen de desigualdad y menosprecio por parte del Estado español, es una verdadera ofensa hacia el resto de CCAA, que por desgracia no gozan del mismo privilegio económico y político. Pero no contentos con ello, y sacando a relucir la hipocresía que tradicionalmente les ha caracterizado, siguen presumiendo de que aportan más al Estado de lo que reciben. Muy generosos, éstos camaradas independentistas. Cuando uno escucha a estos caciques hablando con esa supremacía acerca de su enorme generosidad, puede pensar que son unos “pobres incomprendidos”. Sin embargo, ese sentimiento se evapora al recordar que Cataluña tiene una deuda pública de más de 75.000 millones de euros (de los cuáles, más de dos terceras partes son con el Estado español), y que la prosperidad económica de Cataluña se debe, en una gran medida, a ese país al que pertenece: España.

Mi pregunta es la siguiente, ¿hasta cuándo tendrá que aguantar la Nación española semejantes insultos y desprecios por parte de estos racistas, que pretenden destruir la Unidad de España? Por consiguiente, podría decir: ¿A qué punto tendremos que llegar para que los partidos políticos, tanto Gobierno como oposición, comiencen a defender de forma efectiva el honor y la dignidad del conjunto de los ciudadanos españoles? Es una obviedad que el proceso soberanista no ha parado, sino que está más sólido que nunca. El propio Torra ha manifestado públicamente que rendirá pleitesía a Puigdemont; que él, el golpista prófugo huido a Bruselas, es su President. ¡Pero la “broma” no acaba ahí! Pretende restituir a Trapero y a varios de los exconsejeros del gobierno anterior (algunos de ellos, en prisión). Sería un error imperdonable que en este momento de extrema y urgente necesidad se pusiera fin a la aplicación del artículo 155

(aplicación, por cierto, bastante inútil en medidas). Unas elecciones autonómicas no han solucionado nada. Es más, el conflicto se complica por momentos. ¿Qué se ha conseguido realmente con el 155? La televisión golpista sigue campando a sus anchas promulgando el odio a España y los españoles, y la respuesta es no hacer nada. ¿Cuándo se van a dar cuenta de que mientras que no paren esa máquina de crear odio no van a conseguir revertir la situación y lograr una auténtica normalidad en la sociedad catalana? Mientras que los golpistas tengan en su poder los medios de comunicación, por mucho que se intente, continuará el aleccionamiento. Es más, ¿cómo es posible que el Estado no haya asumido todavía la competencia de Educación, que es el principal foco de adoctrinamiento? Si esto no cambia, todos los esfuerzos serán en vano, y cada vez será más difícil solucionar el enorme problema social que se ha generado en Cataluña. Es inevitable pensar en todos aquellos catalanes que se sienten españoles, que no quieren independencia, pues su estado será casi insostenible si analizamos de forma pausada cuáles serán las consecuencias si seguimos con la política de “no hacer nada”. ¿Es normal que el juez Llarena tenga que salir con escoltas a la calle, o que acosen a su familia? En una sociedad civilizada, ¿es absolutamente lógico que un cierto sector del profesorado señale a los hijos de aquellos que sean Guardias Civiles? Creo que cualquier persona con un mínimo de sentido común puede responder correctamente a estas cuestiones.

La campaña de odio y discriminación hacia España se acentúa día tras día, y los efectos son innegables. Desde un punto de vista económico, hay un gran sector perjudicado: el turismo. El turismo del resto de España hacia Cataluña ha disminuido casi un 21% tras el 1 de octubre, y únicamente los viajes del IMSERSO un 30%. La fuga de empresas sigue en caída libre. Los nacionalistas catalanes han demostrado que están dispuestos a todo con tal de lograr la destrucción del régimen constitucional español. Su lucha se ha contagiado a otras regiones, donde se está instalando desde hace tiempo la tiranía nacionalista mediante la inmersión lingüística y el ataque a la lengua española. Me gustaría pensar que algún día, dentro de un corto período de tiempo, los líderes de las fuerzas políticas constitucionales se pondrán de acuerdo para acabar con esta plaga que amenaza la unidad de la Nación española. Sin embargo, en esta sociedad sumida en la corrupción, la esperanza es cuanto menos insuficiente.

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