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Los catalanes y el comercio con las Indias

Los catalanes y el comercio con las Indias
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Javier Jové

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JAVIER JOVÉ SANDOVAL (Valladolid, 1971) Licenciado en Derecho, Máster en Asesoría Jurídica de Empresas por el Instituto de Empresa y PDG por la Universidad Oberta de Cataluña, desde el año 2.000 desarrolla su carrera profesional en el sector socio sanitario. Es Socio Fundador del Club de los Viernes y miembro de la Junta Directiva del Círculo de Empresarios, Directivos y Profesionales de Asturias. Actualmente escribe en El Comercio y colabora habitualmente en Onda Cero Asturias y Gestiona Radio Asturias.
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Los catalanes y el comercio con las Indias

Una de las quejas más frecuentes entre el nacionalismo catalán es que no pudieron beneficiarse del comercio con las Indias dado que –según ellos- la misma estaba reservada para los súbditos de la Corona de Castilla. Sostienen pues, que fueron relegados y excluidos del acceso a las riquezas americanas. Lo cierto es que ello no fue así y no sólo fueron castellanos (en el sentido amplio del término) quienes tuvieron acceso al comercio americano, sino que súbditos de todo el Imperio (españoles y no españoles) y ajenos a éste pudieron hacer negocios en la América Española. Esta idea equivocada respecto del acceso a las Indias procede por el hecho de que el comercio se centralizara en Sevilla -y después en Cádiz- para un mayor control aduanero y del pago de las regalías. Pero ello no modo alguno significó que sólo pudieran comerciar los castellanos, sino que necesariamente todo el comercio con las américas debía canalizarse a través de ese puerto, que operaba de manera similar a como hoy en día lo hacen los grandes aeropuertos que actúan como “hubs” internacionales, grandes conectores de vuelos. Es cierto que ese monopolio inicial de un solo puerto dificultó el comercio, pero no sólo el de Cataluña, sino también el de los puertos del Cantábrico.

No obstante y contrariamente a lo comúnmente sabido, los catalanes no tuvieron que esperar a los tiempos de Carlos III para poder comerciar directamente –sin pasar por Cádiz- con la América española, ni tan siquiera hubo que esperar a la instauración de la dinastía de los Borbones. Fue con anterioridad, concretamente durante el reinado del último de los Austrias, Don Carlos II, en 1674 cuando, a petición de los Cónsules de la Lonja de Barcelona, se concedió a la Ciudad Condal la categoría de puerto franco y el privilegio de del envío anual de dos barcos a América. Merece la pena recoger los argumentos esgrimidos por la oligarquía barcelonesa para hacerse acreedora de tal privilegio:

Que como ellos “eran propios vasallos que son y se nombran españoles, siendo indubitado que Cataluña es España (…)”.

Si bien es cierto que hasta entonces la participación de los catalanes en el comercio americano había sido pequeña, a partir del siglo XVIII aumenta exponencialmente. Y ello motivado por la pérdida de las posesiones italianas, el retorno de capitales y las medidas introducidas por el Decreto de la Nueva Planta de supresión de las aduanas internas y demás estructuras que impedían la unidad de mercado. Todo lo cual produjo una implosión de la economía catalana y una acumulación de capital sobre la que se sustentó el crecimiento comercial.

En resumen, el monopolio de Sevilla (y después de Cádiz), en modo alguno puede esgrimirse como causa del escaso aprovechamiento del comercio americano por parte de la burguesía catalana, sino que obedece a los motivos que expone Jaume Vicens Vives en su “Noticia de Cataluña”:

“Porque debe decirse de una vez para siempre, que es absurdo el lamento que tanto vuelo tomó a finales del siglo XIX respecto de la exclusión deliberada de los catalanes del comercio de América. Hoy sabemos que no hubo eliminación de tipo jurídico, sino establecimiento de un monopolio de tráfico entre España y las colonias americanas en provecho de los burgueses de Sevilla. Pero los menos versados en historia económica saben que primero los genoveses, después los alemanes y portugueses –incluyendo entre éstos a los marranos conversos- y más tarde los holandeses, franceses e ingleses supieron aprovecharse de ese monopolio para hacer pasar el oro americano hacia sus tierras sin que el gobierno de la monarquía española pudiera hacer nada por evitarlo. Si los catalanes de los siglos XVI y XVII hubieran tenido capitales, industrias y espíritu de empresa, se las habrían ingeniado para lograr el mismo provechoso objetivo que los otros extranjeros de la corona castellana. Si no pudimos hacerlos, no es porque no supiéramos; simplemente, no teníamos capitales para embaucar a los factores de la Casa de Indias, engolosinar a los mercaderes sevillanos o “convencer” a la monarquía. ¿Qué más hubieran querido los reyes de la Casa de Austria y sus ministros, aun el propio conde de Olivares, que transigir con unas demandas catalanas de apertura al comercio americano, si se les hubieran presentado, ante la perspectiva de unas bolsas bien rebosantes de plata, ellos que estaban un día sí y otro también abocados a la quiebra del crédito financiero de la realeza? Pero, precisamente en esa época, los comerciantes de Cataluña vivían de las rentas del tráfico con Sicilia, y estaban de lo más satisfecho con esa lotería ¿Pensar en ir a América? ¡Qué va! Ningún marinero se habría atrevido a capear la punta extrema de Portugal. Hasta ese punto caímos en el siglo XVII”.

En fin, ya va siendo hora de desmontar los mitos, las falsedades y el victimismo que ha rodeado la historia de Cataluña. Si los catalanes comerciaron poco con la América Española hasta comienzos del siglo XVIII, no fue porque no pudieran, sino porque no quisieron.

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