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Una sombra se cierne sobre Asturias

Una sombra se cierne sobre Asturias
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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
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El nacionalismo es un sentimiento primario. Como el amor. Como el humor. No te tienen que explicar los chistes porque entonces ya no tendrían gracia. Y cada uno es muy personal con su humor, no hay deber ni necesidad de justificar aquello que le hace reír de la misma manera que no tiene que justificar de quién se enamora. Buscar explicaciones racionales a algo que proviene de lo afectivo es un error habitual.
También se podría alegar que el vuelco al corazón del que se identifica hasta el paroxismo con la tierra y la bandera es una exaltación que bien podría ser convenientemente templada con el tiempo, los viajes o la cultura.
De todas formas, la experiencia a menudo demuestra que querer andar tocando por esas zonas puede conllevar reacciones airadas, intolerantes o agresivas. Pero la premisa más clara y que siempre hay que dejar diáfana es que con los sentimientos no se legisla. Ni en base a ellos. Usted siéntase muy orgulloso de la comunidad autónoma, de la ciudad o del barrio en el que nació, pero no crea que eso tiene que tener edicto oficial, ni que se concedan privilegios entorno a sus sentimientos. Con el auge (esperamos que efímero) de los populismos en España se ha puesto de moda abusar del término Pueblo. Es una manera de vender sociedades cerradas y homogéneas, fuertemente indentitarias, en vez de las comunidades plurales y diversas que a menudo son. Y por eso se debe hacer pedagogía e incidir una y otra vez en que identidades tienen las personas, no los territorios. En ciudadanía no hay un pueblo como ente con vida propia y uniforme, no es la aldea de Astérix, hay unos ciudadanos libres que tienen unos derechos (y unas obligaciones) y que son iguales tanto en Sabadell como en Langreo.

Sabemos que el primer peldaño de la deriva nacionalista es la pretensión de querer vertebrar a esos “pueblos” mediante el idioma. Resulta que las lenguas tienen dos enemigos implacables aunque opuestos: los que las prohíben y los que las imponen. Sólo el natural fluir de un idioma dentro de las sociedades que lo hablan (o que no) puede dar lugar a que las leyes lingüísticas se adecuen a esas demandas ciudadanas. Pero la ley nunca puede anteponerse al común desarrollo de una lengua a golpe de decreto. Poner el carro delante de los bueyes. Lenguas, que, por otra parte, necesitan de artificios e inmersiones para que sobresalgan, lo que indica que no se rigen por normas naturales del habla, sino por ordenamiento político.
En Asturias sobrevuela desde hace un tiempo la sombra de la cooficialidad de la Llingüa, y ahora parece hacerse la amenaza más umbría con la futura retirada de la política de Javier Fernández, actual Presidente del Principado, y la llegada de un líder de la FSA más proclive a escuchar los cantos de sirena en materia del bable que entonan los nacionalpopulistas de Podemos.
Aún está Asturias muy lejos de parecerse, ni por asomo, a Cataluña o el País Vasco, pero un orquestado conflicto lingüístico puede ser el primer paso, el caballo de Troya por donde entren los dogmas del nacionalismo, con el peligro de derivar en lo que ya conocemos: competencias educativas infames, adoctrinamiento, ondear la bandera de la confrontación territorial, enfrentando a familias, vecinos y compañeros, con el control de los medios de comunicación públicos puestos al servicio de la propaganda oficial.
Como digo, Asturias aún está felizmente a años luz de esa tesitura, pero en el caso de las imposiciones lingüísticas y con los personajes totalitarios que están detrás, conviene no bajar la guardia.

 

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