Ayer, en Nueva York, Javier Milei hizo algo que pocos jefes de Estado se atreven a hacer: decir en voz alta lo que muchos piensan en privado. Frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas no ofreció el discurso de costumbre. No habló de “diálogos constructivos” ni de “compromisos compartidos”. Llamó a la ONU por su nombre: una organización inútil que alimenta a una casta de parásitos fatalmente arrogantes disfrazados de burócratas bien intencionados.
La frase es dura. Y precisamente por eso importa. Porque en ese recinto las palabras suelen estar diseñadas para no molestar a nadie. Milei eligió molestar. Y lo hizo con una coherencia que resulta casi desconcertante.
No es la primera vez que el presidente argentino dice estas cosas. Desde que llegó al poder ha sostenido que las instituciones internacionales no valen por el hecho de existir, sino por lo que logran. Y lo que la ONU ha logrado, a su juicio, es bastante pobre. Fracasó en garantizar la seguridad colectiva. Toleró dictaduras y organizaciones terroristas. Votó una y otra vez contra Israel mientras guardaba silencio ante el terrorismo islamista y los genocidios de cristianos en África. Durante la pandemia impulsó confinamientos que Milei describe sin rodeos como un experimento de control social disfrazado de ciencia. Argentina ya se retiró de la OMS por esa razón. No es un capricho. Es una línea.
El ejemplo más concreto lo puso en las Malvinas. “Es para nosotros una causa nacional”, dijo. Y a continuación formuló la pregunta que nadie suele formular en ese estrado: ¿de qué sirve una resolución si durante décadas la otra parte puede actuar en sentido contrario y esa resolución queda intacta en los archivos, pero impotente frente a la realidad? No faltan palabras ni papeles. Falta que tengan consecuencias. Una institución que no logra que sus decisiones pesen sobre los hechos pierde autoridad. Es una observación elemental. Y por elemental, demoledora.
Milei no se limitó a criticar. Afirmó con claridad que Argentina está alineada con Occidente, con Estados Unidos y con Israel. En un foro donde votar contra el Estado hebreo se ha convertido en un ritual casi automático, esa declaración no es retórica. Es una toma de partido. Del mismo modo, al hablar de inteligencia artificial, rechazó el miedo y la regulación estatal. “Donde muchos ven una amenaza, nosotros vemos una frontera”. La respuesta, dijo, está en Adam Smith: más productividad, más consumo, más libertad. Argentina, anunció, será vanguardista. No es un discurso de moda. Es la misma lógica que aplica a la economía y a la soberanía: la libertad no es un riesgo que deban administrar los burócratas. Es la condición de cualquier progreso serio.
Hay quien verá en todo esto una falta de tacto. Otros hablarán de provocación. Se equivocan. En un mundo saturado de eufemismos y de resoluciones que no cambian nada, decir las cosas por su nombre no es una descortesía. Es una forma de respeto a la realidad. Y la coherencia con la que Milei ha mantenido estas posiciones —en la pandemia, en el apoyo a Israel, en el reclamo de las Malvinas, en la defensa de la libertad tecnológica— convierte ese gesto en algo más raro: un ejemplo.
Europa debería mirar con atención. No porque Milei tenga siempre razón, sino porque representa una forma de hablar que aquí se ha vuelto casi imposible. La paz, la soberanía y el progreso no se construyen con frases de consenso. Se construyen con intereses claros, aliados identificados y la capacidad de llamar a las cosas por su nombre. Ayer, en el templo de los eufemismos, alguien lo hizo. Y por eso su voz sonó tan incómoda. Y tan necesaria.