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60 años de la Revolución Cubana y el legado más aciago de la historia

60 años de la Revolución Cubana y el legado más aciago de la historia
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Orlando Avendaño

Orlando Avendaño

Periodista venezolano, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello con estudios de historia de Venezuela en la Fundación Rómulo Betancourt. Columnista y redactor del PanAm Post desde Caracas. Ha publicado en La Patilla y en el Foundation for Economic Education (FEE). También es autor del libro «Días de sumisión: cómo el sistema democrático venezolano perdió la batalla contra Fidel»
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David venció a Goliat. Luego de ese primero de enero, de 1959, el periodista Herbert Matthews escribió en The New York Times: “El más duro, el más fuerte, el más brutal de los dictadores modernos de América Latina, el general Fulgencio Batista, tuvo su merecido esta semana”.

Y, justiciero, entonces héroe entregado a la tierra por el mismísimo Dios, Fidel Castro, fue quien le dio su merecido. Guardián de la justicia, osado, valiente y necesario, se alzó contra el principal emisario del, para ellos, funesto imperio americano en el Caribe. Y entonces, en enero de 1959, el mismo Herbert Matthews, cronista de las hazañas de los barbudos en Sierra Maestra, lo decretó al titular su artículo sobre la victoria de Fidel Castro: “Cuba: el primer paso hacia una nueva era”.

Lo que no sabía Matthews —y lo que nadie supo en ese momento, porque todos, absolutamente todos, andaban embelesados por un fenómeno inédito, indescriptible y peligroso—, era que esa nueva era jamás acabaría. Que sería eterna y que, aunque se añejaría con arrolladora rapidez, no mermaría. Andaría arrastrando sus pies, como ánima decrépita empecinada en no descansar, llevándose consigo lo que se atravesara.

Y tampoco mermaría el embrujo. Porque a todos les fascinó las hazañas de un grupo de hombres, barbudos, que se atrevía a desafiar desde una montaña, y con pocos recursos, a la mayor nación del mundo. “La reprobación por lo que Fidel ha hecho en la práctica con sus poderes dictatoriales, no podrá extirpar del corazón de los latinoamericanos la emoción de haber visto desafiado, ¡desde Cuba!, el poder imperial norteamericano”, escribió el pensador y periodista venezolano, Carlos Rangel.

Como Cuba “sufría más que ninguna otra nación latinoamericana, en su orgullo, en su dignidad (…) la humillación de ser y no ser americano“, precisó Rangel, los barbudos que alzaban los banderines de la Revolución encontraron un terreno fértil para, con el respaldo de un pueblo que aplaudió los gestos autoritarios, imponer esa nueva era que llegaría con la sangre de los disidentes y la sumisión de los más débiles.

Muerte. Terror. Éxodo. No podía empezar peor la Revolución que se imponía. Señales fuertes demostraban desde entonces, el último año de la década de los cincuenta y los primeros de los sesenta, que la “nueva era” a la que hacía referencia Herbert Matthews estaría caracterizada por lo peor de  la miseria humana. Que la violencia y el terror serían desgastadas herramientas. Que no habría disidencia y el objetivo sería la ruina entera de una isla, otrora la más próspera del Caribe.

Y, entonces, el hechizo fue desvaneciéndose. Muchos de los cautivados dejaron de estarlo. Desapareció la ceguera y los espejismos se diluyeron. Entonces, se reveló la verdad: Fidel Castro no era ningún héroe ni semidiós de hazañas homéricas. Bocazas, carismático, atractivo, viril e insolente, se había hecho con el poder, rodeado de agresivos y sanguinarios lamebotas, para no soltarlo y someter a todo aquel que estuviera dispuesto a desafiarlo.

Por ese propósito absolutista desapareció a quienes empezaron a incomodarlo. Fueron víctimas de él antiguos grandes compañeros. Varios de sus mejores aliados, y precisamente por sobresalir, terminaron nadando con los peces, alimentando a los gusanos —o escondidos tras barrotes de los calabozos—. Huber Matos, Camilo Cienfuegos y el mismo Ché Guevara son testimonio de la fiereza del máximo comandante. De cuán implacable y cruel puede ser.

“Fidel, el Ché, Raúl Castro y unos cuantos tipos más, audaces e ignorantes, estaban decididos a liquidar una imperfecta democracia liberal, regida por una Constitución socialdemócrata, totalmente perfectible, y transformar ese Estado en una dictadura prosoviética sin propiedad privada, ni derechos humanos, y mucho menos separación e independencia de poderes. Simultáneamente, echaban sobre los hombros de los cubanos la responsabilidad de ‘enfrentarse al imperio yanqui’ y transformar el planeta para imponer, a sangre y fuego, el ‘maravilloso’ modelo social desovado por Moscú desde 1917”, escribe el intelectual cubano Carlos Alberto Montaner.

Y así fue. La miseria, rauda, llegó. Con ella, la huida. Miles de cubanos empezaron a abandonar la isla ante la imposición del raído modelo comunista. El tiempo se detuvo pero no pudo evitar la descomposición de las arquitecturas y los vehículos en las ahuecadas calles de La Habana. El estropeado paisaje, que se balancea entre una belleza histórica y el terror por la abrumadora miseria, sirve como prueba de la supresión de los mercados y las libertades.

Han pasado sesenta años. Seis décadas, exactas, desde que se empezó a imponer uno de los más letales totalitarismos de la historia. Seis décadas en las que un régimen, con impunidad, ha podido fusilar y llevar a la tumba, según la organización Cuba Archive, a unas 9 mil víctimas; seis décadas de impunidad de un régimen que traficaba la sangre de perseguidos políticos a Vietnam. De la Revolución que mató, que impuso la miseria y disfrutó el botín.

Alguno hablará de la Revolución Cubana como un proyecto fracasado. Pero cómo se fracasa cuando los planes se implantaron, el modelo gobernó, y se disfrutó la abundante riqueza. Cómo es fracaso cuando los mayores jerarcas, y sus aliados, jamás interrumpieron la oligarca costumbre de posar el buen whisky en las mesas de mimbres mientras se acompaña con un buen puro y se disfruta, luego, un paseo en yate por las costas de Varadero.

Y ese es, al final, su legado. El más aciago de la historia. La grosera opulencia que contrasta con la miseria de sus gobernados —de quienes oprimen, más bien—. Es también su legado, el de la Revolución Cubana, el sometimiento de otros pueblos. La claudicación, humillante y deshonrosa, de gobernantes, títeres, peones desleales, ingratos, felones, ante la voluntad de la gran estrella de la izquierda mundial, Fidel Castro, y su línea de sucesión imperial.

Eso fueron Hugo Chávez, Daniel Ortega, Lula da Silva, Cristina Kirchner, Evo Morales, Manuel Zelaya, Daniel Correa, Michelle Bachelet, José Mujica, Ollanta Humala, Dilma Rousseff. Hijos del Foro de Sao Paulo, aquel proyecto de Fidel Castro para volver potable sus ideas comunistas. Que en su momento enarbolaron el estandarte del Socialismo del siglo XXI para imponer en la región los Días de sumisión. Ese, al final, también el máximo legado de la Revolución Cubana.

La miseria y el horror que aún hoy asedia a los venezolanos, a los bolivianos y a los nicaragüenses. De la que muchos pudieron salvarse, pero que aún brilla, en el corazón de los países que algún Dios abandonó, amén de que el proyecto y el legado de Fidel Castro sigue vivo. El aciago legado que debe acabar.

 

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