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(…) Las mujeres elegimos cada año libremente carreras universitarias y accedemos con total normalidad a puestos de trabajo. Pero si cuando valoramos resultados profesionales, obviamos los aspectos personales que influyen en su desarrollo, estamos manipulando. Hablar de precariedad laboral y brecha salarial de las mujeres -como colectivo- y afirmar sin despeinarse que es algo a lo que necesariamente nos vemos abocadas al tener que sacrificar nuestras carreras profesionales por el hecho —voluntario— de la maternidad es tergiversar la realidad. El derecho al progreso profesional de ambos sexos en igualdad de oportunidades es un hecho que conlleva, claro está, la necesidad de conciliar. Esto es, repartir alícuotamente cuestiones como la logística doméstica y el cuidado de los hijos. Ese es el problema. Dado que hasta la fecha la paternidad es cosa de dos, será la pareja la que decida por consenso. De sus decisiones libres y de las diferentes prioridades llegarán por lo tanto resultados distintos. La igualdad impuesta es una forma absurda de ignorar lo evidente: el histórico menor acceso de las mujeres a la educación o nuestra reciente incorporación al mercado laboral. (…)



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