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No, el capitalismo no es naturalmente cíclico

No, el capitalismo no es naturalmente cíclico
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Vicente Moreno Casas

Vicente Moreno Casas

Egabrense de 18 años. Estudiante de economía. Apasionado por la economía, política y finanzas. Escribo en mi blog de opinión personal y en algunos medios digitales. También trabajo como financiero en una startup sevillana.
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“El capitalismo es cíclico por naturaleza, tiene momentos de crecimiento y otros de crisis”. Estas palabras resumen uno de los tópicos económicos más interiorizados en la sociedad, política y hasta entre los académicos en las universidades.

En esta ocasión, vengo a desmentir dicha afirmación, asumida dogmáticamente por tantos colectivos. Veremos que los ciclos son consecuencia de una causa exógena y no endógena de la economía de mercado.

La importancia de los ciclos económicos

Mantener esa tesis es verdaderamente beneficioso para todo tipo de gobernantes, políticos y burócratas. La lógica dice así: “si el capitalismo es por naturaleza cíclico, es necesario un gobierno que corrija sus imperfecciones; que amortigüe las recesiones y que impulse a la economía en las etapas de expansión”. A la postre, pura teoría fiscal keynesiana.

Esta propuesta requiere de un gobierno fuerte, con capacidad de intervención y, por tanto, dotado de recursos. Sin duda alguna, el paraíso de cualquier burócrata. La condición idónea para poder practicar la corrupción y el enchufismo, y en esto, me avala la evidencia histórica.

¡Lo normal es que el político esté a favor de la intervención y del poder! ¿de qué va a vivir si no? Es por eso que, estos grupos se han preocupado de introducir y perpetuar esa creencia en la sociedad. Todo fundamentado en la búsqueda de sus intereses particulares.

El capitalismo no es cíclico en esencia

En efecto, el capitalismo no implica ciclos económicos repetidos a lo largo del tiempo. Dichos ciclos tienen un origen externo al sistema, esa raíz es: el intervencionismo. En este caso, y para ser concretos, en el BCE (Banco Central Europeo) y el gobierno.

Debemos de tener claro lo que voy a exponer en este párrafo, para entender lo que sigue. La banca es en Europa y España un sector privilegiado. Un oligopolio protegido y cuidado por los Estados y el BCE. Demostrado ha quedado en repetidas ocasiones: privatizan ganancias y socializan pérdidas (con los rescates financieros). Los gobiernos se preocupan de que cada vez haya más concentración bancaria, acaban con la competencia imponiendo fuertes barreras de entrada al mercado. Dicho esto, y teniendo presente los privilegios concedidos, pasemos a ver como ocurre una crisis financiera como las vividas anteriormente.

Así llegamos a una crisis financiera: el BCE fija un tipo de interés. El tipo de interés se considera demasiado bajo por la oferta (banca) y, para obtener mayores beneficios, se dedican a prestar más fondos a deudores con mayor riesgo, para así poder cobrar más interés. Cada vez el crédito se expande más, apoyado normalmente en el incremento del precio de un activo real (como fue la vivienda en la pasada crisis). Se va creando una burbuja crediticia. Llega el momento de los pagos de deuda y es imposible afrontarla. El siguiente paso es el colapso.

Aunque, en ese instante, aparecen los “cabecillas” del BCE y anuncian un rescate a la banca, porque, “como son bancos sistémicos” (ya se han encargado previamente de convertirlos en sistémicos concentrándolos y eliminando la competencia bancaria) evitamos la quiebra general. Se hace una inyección de liquidez a las entidades afectadas con dinero público, sí, dinero del contribuyente, ese que no tiene culpa de nada, el que siempre paga. Los bancos continúan con su actividad, preparando la nueva burbuja, ya que el BCE volverá a bajar los tipos para “fomentar el crédito, la inversión y el consumo”. Y acabado el proceso le echan la culpa al capitalismo.

¿Por qué el problema es del intervencionismo?

Si las entidades crediticias no tuvieran la certeza de que, después del festín estará siempre el contribuyente (obligado por el gobierno) para afrontar sus desaguisados, seguramente, dejarían de conceder tanto crédito a tan alto riesgo.

Si el gobierno no pusiera tantos requisitos de entrada al sector para “proteger al consumidor”, (cosa que es mentira porque luego le obliga a pagar rescates con su dinero), no habría tanta concentración de bancos, el ahorro agregado estaría repartido entre más entidades financieras y la quiebra de una o alguna de ellas no supondría ningún colapso.

Si el tipo de interés no se manipulara artificialmente, sino que se dejase a libre cotización entre oferta y demanda (como los precios del resto de la economía), respetando así las preferencias reales de las partes (inversores y ahorradores) no sería necesaria ninguna expansión de crédito de alto riesgo que desembocase en una burbuja.

Para los puramente keynesianos: no es una crisis de sobreproducción. Es una crisis derivada del intervencionismo. La solución no es más regulación y poder para el gobierno. La historia lo corrobora en numerosas ocasiones: crisis inmobiliaria y financiera japonesa, crisis asiática de los 90, crack del 29, crisis subprime, etc. En ninguna de ellas han funcionado las medidas keynesianas. Las liberales sí.

El verdadero capitalismo

Es decir, en un auténtico sistema capitalista, de libertad, el tipo de interés lo eligen las partes interesadas, el contribuyente no paga las deudas de ningún estafador, no hay quiebras generalizadas porque no hay bancos sistémicos, el riesgo de quiebra está más distribuido entre un mayor número de empresas y las entidades financieras no cuentan con los privilegios que les otorgan actualmente los gobernantes. En un verdadero capitalismo evitaríamos ciclos y gobernantes que se encargan de dañar la productividad de la economía, y con ella, el verdadero crecimiento.

Mientras tanto, seguimos alimentando la próxima burbuja, a la vez que los políticos y altos banqueros construyen su Estado de bienestar, del que solo disfrutan ellos, señalando siempre como culpable el sistema capitalista, cuando, en realidad, el sistema actual recuerda más a la economía fascista de monopolios, que a cualquier economía donde prime la libertad.

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