Tontunas acerca de la jornada de reflexión

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Francisco Fernández Bernal

Francisco Fernández Bernal

Francisco Fernández, 1969. Sevilla. Español. Autodidacta de la libertad. Caballero medieval indignado.
Francisco Fernández Bernal

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Acabamos de vivir una (otra) campaña electoral y una (otra) jornada de votaciones. Casi hemos perdido la cuenta de las que llevamos en unos pocos años, pero como nos repiten desde todos los medios de comunicación y desde los partidos, los expertos y los tertulianos, e incluso nuestros cuñados (dicho esto sin pretender ofender a los que tengo y aprecio), que es la “fiesta de la democracia”, supongo que tenemos que estar contentos por tener más días de fiesta además de los 14 laborales (el que los tenga).

Así que el soberano nacional, o sea yo, junto con los otros millones de posibles votantes, hacemos uso de nuestro derecho a votar y de nuestro derecho a no votar, que también lo tenemos (de momento). Somos soberanos, nunca nos equivocamos en nuestro juicio y los políticos, tertulianos y expertos siempre saben interpretar lo que hemos querido decir. Lo cual tiene mérito, porque todavía no he estado en un grupo familiar o de amigos en el que, estando más de dos, hayamos sido capaces de saber qué demonios queremos hacer esa misma tarde, qué podemos hacer de cena el día de la fiesta del pueblo, u otras cosas importantes. Pero claro, ni somos expertos, ni tertulianos, ni políticos.

Simplemente somos soberanos, mayores de edad y con un juicio infalible, aunque tenemos ciertas trabas a la hora de conducirnos por los enredados vericuetos de la vida política.

El primero que se me ocurre es el de la prohibición de publicar encuestas varios días antes de las votaciones. Nuestro juicio, que no ha sido posible manipular durante años de propaganda, de mítines, de entrevistas en periódicos y de sondeos miles, al parecer se puede ver nublado repentinamente si tres días antes conocemos el resultado de una sola encuesta más.

Tampoco podemos recibir ningún mensaje político el día antes de las votaciones (ni el mismo día), porque ese día somos altamente impresionables. Podemos aguantar el auténtico coñazo (palabra que escribo pidiendo perdón a las fem-i-nistas por si acaso) de encadenar precampañas con campañas, con postcampañas y precampañas, seguidas de otras campañas electorales sin que demos muestras de desfallecer intelectual y emocionalmente, pero el sábado y el domingo nos volvemos como niños chicos a los que pueden birlar las ideas políticas y cambiarlas por otras como nos quitaría un caramelo el malote del parvulario.

Es más, constituiría una gran hecatombe empezar a dar resultados antes de que cierren los colegios electorales de nuestras provincias insulares, pues a todos los canarios (los que queden por votar y los que ya hayan votado) les haríamos un auténtico estropicio mental.

Los que nos dirigen, que nos quieren mucho y se preocupan por nosotros más que nuestros padres (por supuesto) no van a dejar que nos enreden y por eso nos tratan como a auténticos niños de pecho. Y lo malo es que nos dejamos. Ni siquiera protestamos.

Debe ser que alguien ha pensado que los indecisos, que los hay digo yo, tienen que salir de sus dudas reflexionando, no escuchando hasta el final los mensajes que van a ellos destinados. Su voto será más puro. O debe ser que un voto decidido un martes por la tarde, a las cinco, vale muchísimo más que un voto decidido justo al llegar al colegio electoral porque te encuentras con un tipo con una bandera y te cuenta de qué va lo suyo.

O que vale más un voto decidido tomando unas cañas con unos amigos y hablando de lo mal que está el país, o por dejarte llevar por las tendencias al ver el resultado de un sesudo sondeo de nuestro CIS, que el voto decidido pensando fríamente en los datos de otro sondeo que publiquen el sábado por la noche.

Ese es el concepto que tienen de nosotros nuestros líderes. Ese es el concepto de nosotros que tienen muchos de nosotros. Y así nos va.

En estas cosas, como en muchas otras, qué envidia me dan los americanos (y que nadie interprete que pienso que nuestro país es el peor de todos, porque advierto que he leído a la gran Elvira).

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