Adrián, mejor números que palabras

Adrián, mejor números que palabras
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Diego Barceló Larran

Diego Barceló Larran

Economista, director en Barceló y asociados, exinvestigador senior en IESE Business School (Madrid).
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“Son mis palabras, las asumo. Dentro de cuatro años, al final de mi mandato, me gustaría volver la vista atrás y reconocerme en cada una de ellas.” Así encaró el señor Adrián Barbón la recta final de su discurso de toma de posesión como presidente del Principado. Se refería a palabras que acababa de pronunciar, como “futuro”, “trabajo”, “industria”, “reto demográfico”, “amor y esperanza”, “renovación”, “ilusión”, “ambición”.

Permítanme decir que todas esas palabras las venimos escuchando desde hace mucho, sin que la pendiente por la que Asturias decae haya cambiado en lo más mínimo. Por eso le propongo al señor Barbón que, en lugar de palabras, hablemos de números. Y que el balance de su gestión, de aquí a cuatro años, se haga sobre la base de esos números.

En este momento hay en Asturias 302.200 pensionistas, 74.600 asalariados en el sector público (de todos los niveles), unas 27.000 personas que cobran el “salario social” y 30.900 que cobran el paro. Hasta ahí son 434.700 personas cuyos ingresos dependen de los impuestos que paga el resto de la sociedad (sé que pensionistas y funcionarios también pagan impuestos, pero no son más que descuentos hechos a una nómina financiada por completo con impuestos pagados por los demás).

También hay en Asturias 37.300 parados que no cobran nada, 88.900 adultos que no trabajan ni buscan empleo y 150.700 menores de 19 años. Eso suma 276.900 personas económicamente dependientes. Todo este “tinglao” se apoya en el trabajo de 310.100 personas que trabajan en el sector privado. Algo a todas luces insostenible. Una primera vara para medir la gestión de Barbón será ver cómo evoluciona cada uno de los colectivos recién mencionados.
Puede parecer curioso que, ante tan calamitoso cuadro, el señor Barbón no haya hecho mención alguna a la “herencia recibida”. Pero es lógico: es la herencia que dejan sus antecesores socialistas, que aplicaron las mismas ideas con las que piensa insistir el nuevo presidente. Lo ilógico es esperar resultados diferentes.
Hay muchas preguntas que se podrán hacer al señor Barbón dentro de cuatro años; todas podrán responderse con números. Doy algunos ejemplos: ¿cuántas empresas se crearon durante su gestión? ¿Cuántas se cerraron? ¿Cuántos jóvenes emigrados volvieron a Asturias? ¿Cuántos más se marcharon? ¿Cuánto dinero más se confiscó a las familias asturianas por el Impuesto sobre Sucesiones?

Mientras tanto, habrá otro número que tendremos que ir observando: el del crecimiento de la deuda pública asturiana. Durante la gestión del señor Javier Fernández y la señora Dolores Carcedo (premiada por Barbón con la portavocía del grupo parlamentario), esa deuda creció, en promedio, a un ritmo de más de un millón de euros por cada día laborable. ¿Seguirá el señor Barbón ese camino suicida?
Frente a esa realidad “numérica”, Adrián Barbón nos ofrece palabras huecas, a las que piensa añadir muchas más palabras: las del bable normalizado, que pretende hacer cooficial, porque “no lo podemos dejar morir”. Lo que quiere decir Barbón es que está dispuesto a obligar, al menos a profesores, alumnos y funcionarios, a hablar un idioma que voluntariamente no hablan ni han querido aprender. Aquello de la “cooficialidad amable” es un eslogan de marketing imposible de llevar a la práctica: cooficialidad implica imposición.

Veremos cómo se desarrollan los acontecimientos, aunque los ingredientes para esta receta no dejan mucho lugar para el optimismo. El nuevo gobierno se inspira en ideas fracasadas y anuncia prioridades extemporáneas. No se adelantó ni una idea concreta para revertir el declive económico de la región. Asturias continuará siendo la autonomía que sufre la mayor presión tributaria. Temo que estemos frente a una versión empeorada de “Javier Fernández”: corrección en las formas y mala gestión, a lo que Barbón suma el proyecto de cooficialidad del bable, con los riesgos a la libertad que ello conlleva. Temo también que una lección elemental no haya sido aprendida aún: tener buena voluntad no es suficiente para gobernar bien.

Artículo publicado originalmente en La Nueva España el dos de agosto de 2019.

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