Aquelarre nacionalista, verbena madrileña - El Club de los Viernes

Aquelarre nacionalista, verbena madrileña

Aquelarre nacionalista, verbena madrileña
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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
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En el delirante imaginario colectivo indepe, las tropas esteladas llegarían a Madrid después de traspasar el Ebro como el que cruza el Rubicón consciente de su trascendencia histórica, y desembarcaría la flota del Día D en la capital misma del fascismo, allí donde la bestia españolista de bache genético reprime ideas y encarcela políticos por el único delito de pensar.
Estaban eufóricos y nerviosos porque iban a lucir escudo de armas en el centro neurálgico del enemigo, sin contar, claro, que el rompeolas de las Españas no les iba a recibir cual intransigente muro de contención, y el resultado fue desolador: la mayor parte de la gente que puebla la Villa y Corte (llegada toda de diversos puntos cardinales y donde los
gatos son vistos con la exótica curiosidad de la especie en extinción) los ignoró totalmente.

Ver a grupos de personas ya entraditas en años paseándose con lazos e indumentaria de colores chillones y mostrando una bandera como el que exhibe una condecoración provocaba más bochorno y vergüenza ajena que indignación o rechazo. En Madrid, hasta las exaltaciones provincianas son encajadas de forma condescendiente, sin incidir demasiado en el ridículo del cateto que, desorientado, pisa por primera vez territorio incierto. Dicen los testigos y los hosteleros que, cautivo y desarmado el ejército tractoriano, se rindieron al bocata de calamares y a la caña con aperitivo sin carga extra.

En Europa, una manifestación secesionista de ese corte identitario sólo tendría respuesta y apoyo entre la extrema derecha. Aquí, más acostumbrados a las aberraciones ideológicas que hacen extraños compañeros de cama y berrido, a los hijos bastardos del 3% y del pujolismo se les unieron los restos moribundos del PCE y ese descabellado error histórico e histérico que es Podemos. Defendiendo la desigualdad territorial, la profunda insolidaridad fiscal y los preponderancia del terruño sobre la ciudadanía. Una izquierda aliada del aranismo al norte y de Torra al noreste sólo puede ser considerada una izquierda correteando como pollo sin cabeza, aunando el sectarismo político, la hispanofobia y el analfabetismo histórico. Azaña o Negrín, que tanto abominaron del nacionalismo que iba a cargarse la unidad republicana (hasta el punto de suspender la autonomía de Cataluña) no reconocerían a estos herederos tricolores que se mezclan con la estelada con impúdica desenvoltura, y que tienen como referente intelectual a alguien como Gabriel Rufián, desertor de todo compromiso laboral que ha encontrado en la capital el cebadero perfecto donde seguir ganando peso (político, me refiero) mientras lanza soflamas contra el Estado que le da de comer.

Surrealismo puro.

A Rufián nos lo quedamos, pero los simpáticos visitantes se fueron en autobús, ataviados de suvenires. Una visita muy grata. Sólo pedimos que los constitucionalistas no sean insultados o atacados cuando se dejan ver por algún pueblo de la Cataluña profunda, de esos donde aún se resiste como gato panza arriba al toque civilizador.

Vuelvan cuando quieran a Madrid. Allá donde se cruzan los caminos.

Roberto Granda

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