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Fin de ciclo en Galapagar

Fin de ciclo en Galapagar
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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
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Fin de ciclo en Galapagar

El nuevo cambio de estatus domiciliario de Pablo Iglesias y su pareja (que además, casualidades del caprichoso destino, es su número dos en el partido) tiene para ellos un lógico aire inaugural y de futura existencia en común (inicio de proyecto familiar, dicen los muy estomagantes) pero es inevitable no verlo también como el cierre de una etapa. Un periodo que termina.

La compra del chalet con piscina y gran parcela en La Navata supone un fin de ciclo. Con el casoplón de los Iglesias-Montero, finaliza el viaje que los jóvenes emprendieron el 15M con la intención de cambiar la sociedad, pero fue la sociedad la que cambió (a mejor) la vida de los políticos que mejor supieron canalizar ese movimiento. Tan tristemente predecible. Aquí, justo en las puertas de la finca privada, termina el sueño de “La gente” y de “Los de arriba contra los de abajo”. Punto y final a la intentona del neocomunismo europeo y grotesco epílogo al sueño de Chávez de extender su legado al viejo continente.

Ahora que los cielos se asaltan desde Guadarrama, resulta muy complicado que los jóvenes desencantados de Vallecas o Lavapiés den su apoyo electoral a la pareja de nuevos burgueses. Pero ha dejado algunas imperdibles lecciones. La primera de ellas es la fuerza inagotable de la propaganda. El éxito fulgurante del Podemos iniciático se debió en gran medida a la expansión en los medios de ese agitprop de manual, con un mensaje de frescura y regeneración que muchos ciudadanos bienintencionados quisieron comprar, sin ver a los lobos que se escondían bajo el pelaje de los corderos. También enseña que la historia siempre se repite. Si los Castro evolucionaron desde las montañas de Sierra Maestra a una de las mayores fortunas del mundo, Iglesias pasó de la tele vallecana y el piso de protección oficial a los complejos residenciales de acomodados, una reconversión en “casta” que no por esperable deja de sorprender.

Sobre el populismo benefactor de riquezas propias saben mucho en Venezuela y, si nos remontamos más atrás en el tiempo, habría que recordar esos dirigentes soviéticos con las lujosas dachas a orillas del Báltico mientras el pueblo padecía penurias y hambrunas. Por no hablar de esas aberraciones espantosas que fueron la Revolución Cultural China y el matadero camboyano.

No es difícil imaginar que la pasta para avalar la nueva y privilegiada adquisición no proviene sólo de esos no más de tres sueldos mínimos (carcajada leve) que dicen embolsarse, si no que también tiene el determinante soporte latinoamericano e iraní. Sueldos que vienen de pequeñas infamias, de refrendar su apoyo a toda cochiquera ideológica que en el mundo exista.

Pero tampoco hay que cebarse en exceso ni ser duros con las críticas. Después de todo, Pablo Iglesias sólo se ha dado cuenta de algo muy normal: que la mayoría de la gente aspira a garantizar el mejor de los futuros posibles tanto para ellos como para su familia, asegurando su bienestar como sólo lo puede hacer una economía boyante y un entorno propicio. Las revoluciones terminan allí donde empiezan y se conocen las mieles de la libertad de mercado.
Algunos acólitos descubren ahora al cínico detrás del personaje; otros se indignan pero callan su desencanto. Los más incondicionales, aún los defienden con un argumentario que sobrepasa holgadamente la vergüenza ajena.

Y así, en un doble combo casi perfecto que deja por los suelos a Karl Marx, la historia se repite a la vez tanto como farsa como en forma de tragedia.

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