La caída de los símbolos

La caída de los símbolos
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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista y guionista. Portavoz de @CooficialidadNo y miembro de la Junta Directiva del @clubdeviernes. Escribiendo que es gerundio.
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La imagen de Notre Dame en llamas impacta por lo que en esa catedral existe de icono. De símbolo. Algunos criticaron la muestras de dolor ante algo tan depredador como el fuego ensañándose con la bóveda. Es humanamente razonable que uno sienta el desastre instalado en el corazón cuando se destruye algo hermoso que pertenece a todos, más allá de demagogias delirantes de los mequetrefes de siempre que pueden decir que Notre Dame sí y los famélicos niños hambrientos de tal país no. La caída de las Torres Gemelas o la destrucción de los tesoros de la Ciudad Vieja de Palmira ejercieron esa misma sensación. Importa el emblema, todo lo que observamos que se evapora con la pérdida de algo que sabemos o intuimos irreparable. Que definía lo que en algún momento fuimos, de la misma manera que Velázquez plasmó en La rendición de Breda un pedazo de nuestra historia, como Goya nos supo pintar el cainismo cuando los españoles nos enganchamos a garrotazos. Y nadie quiere ver arder el Prado.

La pérdida de vidas humanas tienen un valor sentimental según cada cual y cómo le toque, pero los iconos tienen ese aura de lo colectivo y lo que creíamos eterno, de lo que es robado o arrancado a la humanidad.

El Congreso de los Diputados, como sede de la soberanía nacional, es de esos lugares del patrimonio ibérico que sentimos como icónicos, por la carga tácita de que nos representa a todos, y así lo reconocemos como tal, incluso entre los desdeñosos incurables que pocas veces sentimos la llamada a la responsabilidad de esa cosita tan supuestamente indispensable de votar.

Por eso el oprobio del espectáculo ofrecido en su inauguración, con gente que ha dado un golpe de Estado ciscándose en la Constitución al hacer la payasada del juramento como le viniera en gana, fue un doloroso impacto para todo ciudadano que valore, aunque sea de forma mínima, su democracia y el Estado de derecho.

El Congreso no es cualquier lugar. Ni es un edificio más. No es un festival narcotizante donde puedas ir con la camiseta que luzca el mensaje que más te apetezca, ni el bar de abajo al que acudes a leer el periódico con lo primero que pillas en casa entre tu ropa más informal. Hay algo de profanación en ver a los diputados pataleando o comportándose como primates maleducados. Tratar de quitarle ese sentido de respetabilidad es algo que se hace a conciencia, por los que abjuran nuestro modelo parlamentario y las propias bases de la convivencia, mediante la degradación de las instituciones.

Duele, claro que duele ver el Congreso transformado en un cenagal insoportable poblado de una turbamulta muchas veces indocumentada, y entregado a la zafiedad más pueril y bajuna, mientras convierten el lugar donde parlamentaron figuras como Manuel Azaña, Mateo Sagasta, Antonio Cánovas del Castillo, Emilio Castelar, Echegaray o José Canalejas en un patio de colegio tomado por vocingleros y mediocres.

Los leones que custodian el edificio lloran en silencio mientras emiten su mudo rugido de rabia.

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