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La libertad y el juego

La libertad y el juego
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Aitor Carmona Romero

Aitor Carmona Romero

Amante de la historia / Crítico / Ciencias Políticas - UC3M , Derecho - UNED, Justice - Harvard
Aitor Carmona Romero

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En los últimos meses llevo observando una ola de mensajes muy preocupantes que desafían de forma directa la libertad negativa del individuo. Twitteros pseudo intelectuales indican que las casas de apuestas están llevando a cabo de forma malévola una estrategia para destruir los barrios obreros. Desde una retórica marxista llegan a afirmar que las casas de apuestas son algo así como el opio del pueblo. Algunos esbozan que la solución sería prohibir este tipo de negocio o restringir la concesión de las licencias comerciales (como si no hubiera ya suficientes limitaciones a la hora de abrir un negocio). Nos encontramos otra vez más con el viejo cuento del empresario malo que explota al obrero y se alimenta del sufrimiento de las familias pobres, parece que vuelven los tiempos de tener únicamente en cuenta las externalidades negativas de un
negocio (obviando la riqueza y puestos de trabajo que generan).
Las casas de apuestas o casinos son negocios como cualquier otro, donde la gente de forma voluntaria decide apostar una cantidad de dinero, bajo la condición de poder multiplicarlo en el mejor de los casos o perderlo si la suerte no apremia. Nadie es obligado a punta de pistola a pasar a uno de estos locales, por lo tanto pertenece a la esfera reservada al individuo decidir qué hacer con su dinero. Como en cualquier ámbito de la vida, existe gente que no es capaz de controlar o cuidar bien su dinero, pero hemos de tener en cuenta que es suyo y no es nuestra labor administrárselo. No nos planteamos prohibir los locales de comida basura porque obtengan beneficio mientras que otras personas engordan, tampoco nos planteamos cerrar la industria del
videojuego porque haya personas que gasten todo su tiempo ante la pantalla.
Evidentemente el negocio del juego busca maximizar sus ganancias, como cualquier otro negocio, y
en esa búsqueda del máximo beneficio se llevan a cabo planes de negocio donde se analiza detenidamente la ubicación del establecimiento en base a la demanda esperada. Esto quiere decir que si las personas de barrios
obreros demandan en mayor medida casas de apuestas, estas se establecerán allí. Por lo tanto, el único patrón que siguen es la búsqueda de un mayor beneficio mediante un negocio lícito.
En este artículo no pretendo dar una forma licita a cualquier negocio que genere riqueza, sino todos aquellos
que como este se basan en la libertad de decidir del consumidor respecto a su propia riqueza y no contempla coacciones de ningún tipo.
Este animo prohibicionista claramente antiliberal no puede generarme más frustración, quieren un Estado que tenga el monopolio absoluto de nuestro cuerpo, que decida y tome decisiones por nosotros. Estamos a un paso de que el perfeccionismo moral nos lleve a un Estado total, en el que hasta los cuchillos de mi casa estén controlados por si decido cortarme el cuello, las ventanas tapadas por si me lanzo y la puerta cerrada por si me escapo.
Por otra parte, todos estos colectivistas se hacen llamar “defensores del obrero”, sin tener en cuenta que prohibiendo este tipo de establecimientos mandarían a la calle a miles de personas que honradamente se dedican a trabajar para el sector del juego.
En los próximos meses veremos como empiezan a disfrazar su discurso y argumentarán que lo hacen “por mi bien”, cuando en ningún momento he pedido la protección del Estado y mucho menos que de forma totalitaria se inmiscuya en mi vida privada.
De esta manera demuestran una vez mas que el Estado es una mafia que nos “protege” sin habérselo pedido y encima nos cobra por ello.
Estoy harto de esta mojigatería tan propia de los que irónicamente se denominan progresistas, llevan años decidiendo acerca de nuestro propio ocio, quieren vendernos un modelo de ejemplaridad ciudadana al que
hemos de adherirnos con carácter imperativo. En este modelo de ejemplaridad ciudadana no caben las drogas, el alcohol, la prostitución, el juego… A esta lista irán sumando elementos hasta que solo quede la pleitesía absoluta hacia el poder político, quedando subordinados a un orden totalitario sin precedentes.

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