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El pecado de la codicia es socialista

El pecado de la codicia es socialista
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Javier Jové

Javier Jové

JAVIER JOVÉ SANDOVAL (Valladolid, 1971) Licenciado en Derecho, Máster en Asesoría Jurídica de Empresas por el Instituto de Empresa y PDG por la Universidad Oberta de Cataluña, desde el año 2.000 desarrolla su carrera profesional en el sector socio sanitario. Es Socio Fundador del Club de los Viernes y miembro de la Junta Directiva del Círculo de Empresarios, Directivos y Profesionales de Asturias. Actualmente escribe en El Comercio y colabora habitualmente en Onda Cero Asturias y Gestiona Radio Asturias.
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Una de las grandes críticas que siempre se le han formulado al capitalismo procede de la Iglesia Católica, institución que, bienintencionadamente preocupada por la situación de los desfavorecidos, ha llegado a confundir el amor a los pobres con el amor a la pobreza. Entiendo ésta como la pobreza material y no como la pobreza de espíritu. Ese amor a la pobreza ha hecho que jamás haya intentado hallar las soluciones a la misma, sino todo lo contrario, precisamente porque su erradicación llevaría aparejada la del objeto amado. Esta actitud ha llevado a la condena de la codicia y a la falta de comprensión de los mecanismos de funcionamiento del capitalismo por parte de la jerarquía católica.

Vayamos pues a las fuentes bíblicas y a las dos redacciones de los Diez Mandamientos en el Antiguo Testamento.

La primera de ellas aparece en Éxodo 20, 2-17: “No codiciarás la casa de tu prójimo. No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni nada que sea de tu prójimos”. La segunda la tenemos en Deuteronomio, 5, 6-21: “No codiciarás la mujer de tu prójimo, ni desearás la casa de tu prójimo, ni su tierra, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo”. Y por último, si acudimos a la fórmula catequética, el décimo mandamiento aparece con la siguiente redacción “No codiciarás los bienes ajenos”.

Como habrá observado el lector atento, la condena de la codicia sólo se hace respecto de la de los bienes ajenos, en ningún caso aparece como criticable el “afán excesivo de riquezas” (definición de la RAE) si éstas no son las del prójimo, sino fruto del trabajo propio. Lo que condena, entonces, el cristianismo es la codicia que lleva aparejada el deseo de apropiarse y arrebatar los bienes de terceros, es por lo tanto, la codicia socialista, que entiende la economía como un juego de suma cero. Según la cual los bienes y la riqueza existen sin más y los hombres la toman, en la que –por lo tanto- lo que uno tiene no lo tiene otro. Esta manera de entender la economía era propia en los tiempos de la Antigüedad, en la que la pobreza era la norma y el método para acumular riqueza básicamente consistía en el pillaje y la rapiña de los bienes del prójimo.

Pero la acumulación de capital y la inversión resultante, que dieron pie al aumento de productividad, han disparado el crecimiento de la riqueza a cotas inimaginables. Demostrando que la riqueza no es estática, sino que se crea (capitalismo) o se destruye (socialismo). El capitalismo ha demostrado que para acumular riquezas no es preciso arrebatárselas a nadie. Por el contrario, el socialismo sigue apegado a concepciones económicas estáticas y por eso apelan al redistribucionismo, que es el pillaje de antaño pero con el soporte del Estado. Y es precisamente esa codicia –la de quitar a unos para dárselos a otros- la que tanto el Antiguo Testamento como el Catecismo condenan, la codicia de los bienes ajenos, la codicia socialista.

 

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