La trampa de la democracia participativa

La trampa de la democracia participativa
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Javier Jové

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JAVIER JOVÉ SANDOVAL (Valladolid, 1971) Licenciado en Derecho, Máster en Asesoría Jurídica de Empresas por el Instituto de Empresa y PDG por la Universidad Oberta de Cataluña, desde el año 2.000 desarrolla su carrera profesional en el sector socio sanitario. Es Socio Fundador del Club de los Viernes y miembro de la Junta Directiva del Círculo de Empresarios, Directivos y Profesionales de Asturias. Actualmente escribe en El Comercio y colabora habitualmente en Onda Cero Asturias y Gestiona Radio Asturias.
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[ARTÍCULO PUBLICADO EN EL COMERCIO DIGITAL]

“Democracy is really more about inalienable rights and the consent of the governed than about majority voting mechanical procedures”

William Easterly

Llevamos unos años en los que no paran de decirnos que la democracia española tiene un déficit de participación, que está secuestrada y que tenemos que profundizar en mecanismos de participación ciudadana, que tenemos que instaurar una democracia participativa, asamblearia. Que es importante que “la gente” intervenga de manera directa en las decisiones políticas y que todas las materias son susceptibles de decidirse por procedimientos democráticos.

Una ciudadanía en movimiento, en acción, movilizada, activa. Dicen que nuestro problema es la falta de la democracia real, que todos los asuntos deben ser decididos de manera democrática, plebiscitaria. Para ello ha de “devolverse” el poder a las asociaciones de vecinos, a los colectivos, introduciendo consultas ciudadanas que movilicen a la sociedad en un clima de paroxismo y excitación ciudadana constante.

Estas peligrosas ideas -puestas de moda por el movimiento del 15M y los neocomunistas de Podemos- han sido progresivamente interiorizadas por el resto de partidos políticos, ansiosos de demostrar que son participativos y transparentes, que se acomodan a los dictados de la “nueva política”, de modo que nadie les pueda acusar de antidemocráticos. Porque la democracia consiste en que la gente participe, se movilice y decida sobre todo y sobre todos.

Así, proponen la participación ciudadana en la elección de nombres a calles, puentes y jardines, si se paga la deuda o no o -como ahora propone Foro en Gijón- que sea la “gente” la que decida en qué se van a gastar 6 millones de euros del presupuesto municipal del año que viene. Pregunta que ya deviene trampa, puesto que directamente sólo contempla la opción de gastar, no la de ahorrar esos 6 millones de euros. Lo honesto sería que cada cuál decidiera libremente qué hacer con su dinero, pero puestos a preguntar, habría que empezar por preguntar a los vecinos si quieren gastarse esos 6 millones de euros o no y, una vez elegida entre la opción del despilfarro o la del ahorro, según salga una u otra, decidir en qué se gasta o a qué se aplica ese ahorro (a la reducción de impuestos o de la deuda). Pero no, eso no sucederá porque a la “gente” tan sólo se le da la opción de gastar, faltaría más. En cualquier caso, el proceso participativo será un gran fracaso, pues de momento sólo están inscritas unas 100 personas, todas ellas de la cuerda podemita. Por lo que una minoría movilizada e ideologizada acabará decidiendo el destino de 6 millones de euros de los 220.000 vecinos de Gijón. Como ven, todo ello muy participativo y democrático.

Frente a esta visión de una ciudadanía movilizada y en permanente estado de excitación, que decide sobre todos y cada uno de los ámbitos de la vida de terceros, otros pensamos que la auténtica democracia es aquél sistema político que te permite vivir tranquilamente tu vida sin miedo a que el Gobierno se inmiscuya en ella y sin la necesidad de estar permanentemente alerta, ni tener que ser un activista a tiempo parcial. En la que puedas destinar tu tiempo libre a disfrutar de la familia, el deporte o cualesquiera otras aficiones y no en asistir a asambleas ciudadanas, montar mesas informativas en la calle o en escrachar a quien no piensa igual que tú. Que pensamos que la democracia, en su versión populista e ilimitada, puede ser más tiránica que cualquiera de las dictaduras imaginadas y que, por lo tanto, abogamos por un Estado limitado y una arquitectura institucional que proteja las libertades individuales frente a los abusos del absolutismo, revista apariencia democrática o no.

En definitiva, una democracia que nos proteja frente al despotismo de la mayoría, que blinde a las personas frente al poder del Estado, que vede campos a la acción legislativa y que nos permita vivir en paz y sin necesidad de tener que estar permanentemente movilizados y en guardia ante los abusos y los excesos del poder político. En definitiva, una democracia limitada inspirada en las enseñanzas de los Padres Fundadores de los Estados Unidos y no en el despotismo democrático de los regímenes populistas.

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