Liberales, una reacción natural

Liberales, una reacción natural
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Fernando Álvarez Balbuena

Fernando Álvarez Balbuena

Fernando Álvarez Balbuena es doctor en Ciencias Políticas y Sociología, máster en Historia Social y del Pensamiento Político, óptico y poeta. Es miembro correspondiente del Real Instituto de Estudios Asturianos en atención a sus investigaciones, estudios y publicaciones relacionados con el siglo XIX.
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[PUBLICADO EN LA NUEVA ESPAÑA DE AVILÉS]

El poder, cualquiera que sea su signo, tiende a trascender de sus límites teóricos y trata siempre de controlar a los ciudadanos, ya sea social, económica o ideológicamente. Frente a esta actitud y como una reacción natural de defensa de la autonomía personal y de la libertad del ciudadano, se alza la ideología liberal.

Esta intenta mantener una actitud de freno y de dignidad contra el poder del Estado quien, por el contrario, trata de expandirse y hacerse presente en todos los ámbitos de la vida pública, e incluso llegando a invadir los espacios de privacidad. Éste, por ejemplo, es el caso del manifiesto desbordamiento de las competencias administrativas, imponiendo en la escuela la Educación para la Ciudadanía, claro ejemplo en ésta época de cuanto dejamos expuesto, como lo fue en los tiempos del Nacional-catolicismo, la enseñanza obligatoria de la religión oficial o de aquella otra asignatura exaltadora del sistema que se llamaba Formación del Espíritu Nacional.

El liberalismo surgió en España más tempranamente que en otras naciones europeas, cuando todavía no había ciudadanos, sino solamente súbditos, y surgió precisamente como oposición a la tendencia autocrática de la monarquía medieval, creando los límites que a ésta imponían unas Cortes estamentales que con el mandato imperativo que ejercían los procuradores de villas y ciudades, otorgaban, o no, al rey los impuestos y subsidios que este requería para sus guerras y para otras aventuras militares o civiles.

Las Cortes de Cádiz, en 1812 hicieron el intento de limitar las facultades omnímodas de la corona, mediante la obligada consulta al pueblo, representado por las Cortes, según la antigua tradición castellana. Aquello acabó en un golpe de estado que dio el propio rey, ayudado por el absolutismo europeo, pero la semilla del liberalismo quedó sembrada para siempre.

Consideraciones históricas aparte, llama profundamente la atención el hecho de que los liberales del siglo XIX fueran considerados las fuerzas de la izquierda frente al poder tradicional. A los intelectuales de la Institución Libre de Enseñanza, que eran liberales, a la vez que enemigos del desorden, se les achacó por parte de la Restauración primero y del franquismo después, el ser los inspiradores de la revolución roja y la propia Iglesia Católica, asegurando que el liberalismo era un pecado, condenó a los liberales y les colgó el remoquete peyorativo de librepensadores.

Pero los tiempos cambian y ahora, sorprendentemente, para el socialismo rampante y controlador de vidas y haciendas, los liberales son la derecha pura y dura y están en el punto de mira del sistema, considerados como los enemigos más enconados de lo que llaman progresismo, palabreja que no se muy bien lo que quiere decir y significar, pues si por progresismo se entienden cosas tales como practicar el aborto y la eutanasia, violando el juramento hipocrático, hemos de decir que eso ya lo hacían en el paleolítico los hombres que aún no conocían la civilización.

Ahora que a todos los políticos no se les cae de la boca la palabra _democracia_, convendría recordarles que la democracia y las elecciones periódicas, son conceptos vacíos si no van indisolublemente unidos al liberalismo, pues ejerza quien ejerza el poder, éste tiene necesariamente que tener limitaciones, pues, como dice Ortega, no hay autocracia más feroz que la difusa e irresponsable del pueblo. Por eso el que es verdaderamente liberal mira con recelo y cautela sus propios fervores democráticos y, por así decirlo, se limita a sí mismo.

En síntesis y como decíamos al principio, el Poder público tiende a no reconocer límite alguno, por eso los liberales, tratando de mantener al poder dentro de límites estrictos, son y serán siempre vistos como enemigos por las derechas y por las izquierdas, a pesar de que unas y otras hacen protesta firme de que su razón de ser es la lucha por las libertades.

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