Reflexiones de una huelga dizque «feminista»

Reflexiones de una huelga dizque «feminista»
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Antonio Trujillo García

Antonio Trujillo García

Criminólogo (experto universitario en criminalidad y seguridad pública). Perito judicial en el uso de la fuerza y escritor. He publicado unos 10 relatos cortos en diferentes editoriales, un libro de relatos y una novela: "Asesinos. Crímenes que estremecieron España”.
Antonio Trujillo García

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España no es precisamente un paraíso para las mujeres. En nuestro país, más de 17.000 niñas menores de 15 años están en riesgo de sufrir la mutilación genital femenina; varios centenares son sometidas a matrimonios forzosos cada año; y varios cientos de miles son obligadas a llevar el velo islámico. Estos datos tienen una explicación plausible en la aparición del fenómeno de la inmigración masiva, pero hay muchos otros comportamientos machistas que tienen arraigo en nuestra sociedad desde mucho antes de que la gente necesitada se decidiera a cruzar el estrecho.

Según diversos estudios, gran parte de la brecha salarial está explicada por el nacimiento de los hijos. Muchas trabajadoras se ven obligadas a reducir su jornada laboral, e incluso a solicitar excedencias para poder atenderlos. Por si fuera poco, tras una separación, la custodia de los hijos es atribuida a la madre en el 85% de los casos. Incluso hemos llegado a un punto en el que la discriminación ha sido regulada por ley. La Ley de Igualdad obliga a las empresas a reservar un porcentaje de puestos en sus consejos de administración a las mujeres, como si ellas no fueran lo suficientemente válidas e inteligentes para lograr esos puestos por sí mismas. Y desde ciertos sectores se ha intentado prohibir la exposición de imágenes de mujeres en ropa interior o la venta de tallas pequeñas que, según ellos, las obliga a cumplir ciertos estereotipos de belleza. ¿Es que acaso no pueden vestir como deseen? Dudo mucho que las marcas de ropa interior obliguen a sus modelos a posar con dichas prendas. Y dudo mucho más aún que una mujer adulta necesite ser tutelada por aquellos que presumen de saber lo que es bueno y lo que es malo para ellas.

El 8 de marzo hubo una huelga sin precedentes en España. La mayoría de las mujeres que asistieron estaban comprometidas con la lucha en pos de sus derechos y con la reducción de las desigualdades. Pero, en mi opinión, fueron engañadas por un grupo de personas que poco o nada tenían que ver con el fin perseguido por la marcha. Lo que iba a ser una huelga feminista terminó siendo una huelga política, en la que determinados partidos se aprovecharon de la buena voluntad de la gente para utilizarla como arma arrojadiza contra sus adversarios.

Por eso el 8 de marzo se pintaron iglesias y se gritaron consignas anticatólicas; se equiparó al capitalismo con el machismo; y, en definitiva, se vino a decir que las mujeres seguirán viviendo oprimidas mientras impere el sistema actual.

Sin embargo, no vi ninguna pintada de protesta ni manifestaciones frente a las mezquitas. Ni vi ninguna pancarta en favor de la custodia compartida, para que de ese modo las madres separadas puedan gozar de una mayor libertad en el ámbito laboral. Y tampoco vi a nadie pidiendo la derogación de una Ley de Igualdad que trata a las mujeres como a personas necesitadas de una ayuda extra para poder alcanzar sus metas. Lo que sí vi fue a líderes políticos jactándose de aplicar la paridad y la igualdad de salarios, mientras que las pruebas certificaban que las mujeres que trabajan en sus partidos cobran menos que los hombres. Líderes que solo se preocupan de que cada palabra en masculino tenga su réplica en femenino (léase portavoces y portavozas). Vi a mujeres amenazadas y expulsadas por pertenecer a partidos con ideología opuesta a la de los que se auto erigieron líderes de la huelga. Y también vi insultos contra personas que defienden los valores democráticos y constitucionales que tanto parecen molestarles al partido del “cambio”.

El 8 de marzo invita a una reflexión. Es evidente que se puede y se deben mejorar las cosas. Y tengo la esperanza de que con el esfuerzo de todos se logre reducir más pronto que tarde la auténtica brecha de desigualdad. Pero también toca reflexionar sobre si realmente queremos vivir en un país como el que dibujan los partidos que impusieron las consignas de la huelga.

Por favor, dejemos ya de insultar a las mujeres. Ellas se merecen una igualdad real y efectiva, y no una sobreprotección por parte del Estado; o ser sobornadas con una aberración lingüística que hace las veces de paño caliente, mientras algunas cosas siguen estando igual que antes. Lo que debemos hacer es asegurarnos de que tengan las mismas oportunidades que cualquier hombre, y dejar que sean lo que ellas quieran ser.

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