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SOMOS MALVADOS: TIRAMOS COMIDA

SOMOS MALVADOS: TIRAMOS COMIDA
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Francisco Fernández Bernal

Francisco Fernández Bernal

Francisco Fernández, 1969. Sevilla. Español. Autodidacta de la libertad. Campesino medieval indignado.
Francisco Fernández Bernal

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Hace pocos días, mientras cenábamos en familia, nos alertaban en el telediario de una de las cadenas nacionales con el dato de la cantidad de comida que desperdiciábamos en casa. Espeluznante, 3,7 millones de kilos de comida tirada cada día a la basura, sin contemplaciones, en total unos 1,326 millones de kilos al año desperdiciados.

A pesar de haber advertido a mi esposa e hijos de que solamente hay una cosa peor que poner hoy día un telediario, que es ponerlo a la hora de comer o cenar, seguimos cayendo en el mismo error noche tras noche. El cansancio de los quehaceres diarios hace que sea una forma rápida y poco exigente de enterarse de cómo ha transcurrido el día en el mundo y también (y principalmente) de saber por dónde van las mentiras dirigidas que copan el 90% del tiempo de esos anacrónicos y ya nada informativos.

El caso es que el dato parecía estremecedor. Un auténtico derroche desde el punto de vista económico y desde el punto de vista moral. Un despilfarro digno de una sociedad ahíta, abandonada a sus placeres mundanos, que no piensa en nadie que no sea en si misma, que nada en la abundancia y nada le importa. Somos unos egoístas, auténticos consumistas sin freno.

Un momento de silencio de apodera de la mesa. Breve reflexión inmediata. Lo primero, ¿son los datos correctos? Lo segundo, ¿son tan alarmantes?

Estas dos preguntas surgen como consecuencia de la experiencia diaria de cazar el 95% de las noticias que oímos en esos mal llamados noticieros como mentiras directas, burdas manipulaciones o medias verdades con intención.

Resulta que buceando un poco por la red, encontramos varias noticias que daban, más o menos, los mismos datos. Esencialmente de acuerdo en la cantidad total, parecía además que establecían el dato de que era aproximadamente un 5% de la cantidad total de comida que comprábamos. Y para el dato de población española usamos la página del INE, no vaya a ser que alguien nos la cuele. Allí dice que somos unos 46 millones de personas, millón arriba, millón abajo.

Es decir, que cada persona tira a la basura la cantidad de 0,08 kilos de comida al día. Comemos, casi siempre, tres veces al día (como en Venezuela, según algún autoproclamado líder de la gente), aunque algunos también almuerzan y meriendan. Si somos austeros, cada persona tira 0,026 kilos en cada comida de las importantes, unos 26 gramos cada vez que nos sentamos a la mesa.

Como en internet se encuentra de todo, descubrimos unas sencillas tablas de equivalencias de alimentos y pesos que se usan para elaborar las recetas de cocina en los portales especializados en la materia. Resumiendo, una cucharada sopera (rasa) de arroz equivale a 15 gramos, lo que viene a decir que tiramos entre una y dos cucharadas soperas (rasas) de arroz cada comida.

Esto es el 5%, así que aplicando las reglas de tres que antaño enseñaban en el colegio y que eran realmente sencillas y útiles para la vida diaria (este artículo es un ejemplo de ello), compramos para comer 1,60 kilos de comida por persona y día, o bien 0,53 kilos por comida, equivalente a 35,3 cucharadas soperas de arroz (rasas, eso sí).

De cada 35 cucharadas de arroz que comemos cada vez que nos ponemos a ello, desperdiciamos entre 1 y dos. Con estos demoledores datos, entiendo que todos acabemos consternados con la barbaridad. ¿Quién puede afinar tanto en sus compras, en sus preparaciones, en el cálculo de sus apetitos como para no acabar renunciando a una cucharada de arroz? Por más que uno se afane en guardar en los tan de moda “tuppers”, que congele, que se coma primero la fruta más madura, no se te puede escapar una cucharada.

Siguiendo el razonamiento que le oí a un niño de pocos años, pero vivaracho como su madre, no veo cómo la cucharada que desecho le va a llegar a los niños de los países pobres, no entiendo cómo se beneficiarán esos niños si yo la guardo, me la como ahora o luego. Tampoco entiendo cómo se beneficiarían si yo ajustase más mis compras y fuera capaz de comprar lo estrictamente necesario y no desperdiciara nada. En este caso, el beneficiado sería yo, y solamente yo, que me ahorraría un 5% de mi factura en el supermercado.

Así que, evidentemente, este tipo de noticias se hacen para ir amasando las mentes que no se paran a pensar ni un instante.

Van creando un sentimiento de culpa “mira qué malo eres que tiras millones de kilos de comida y no dejas que los pobres se la coman”, con la intención, nada disimulada, de que acabemos dando nuestro consentimiento a que se “redistribuya esa comida”. Es decir, que nos digan qué tenemos que comer, cuánto tenemos que comprar y cuánto de nuestro dinero va a ir para esa redistribución. Porque, adivinen, quien se va a encargar de quitarnos el dinero es… el Estado, claro, y ya sabemos que carece de recursos, más allá de la fuerza para quitarnos lo nuestro.

Nos quiere quitar dinero (más) para llevarlo a los países pobres a través de las ONGs afines, que viven de él. El resultado: nosotros más pobres, el Estado más rico, más poderoso y los pobres (y nosotros) en sus manos.

Soluciones como el libre mercado de productos agrícolas y ganaderos, la retirada de aranceles a los productos importados y la retirada de subvenciones a la producción agrícola y ganadera nacional, ni se contemplan. Al fin y al cabo , acabarían solucionando el problema de la pobreza y no darían poder casi omnímodo al Estado.

Y eso no es bueno, no. Sin culpabilidad no hay excusa para redistribuir. Sin pobreza, no hay motivo para seguir subvencionando. Sin subvenciones y redistribución, no hay que subir los impuestos, no alimentamos la máquina.

La solución a esos problemas de mesa es sencilla: apagar la televisión.

1 Comentario

  1. Avatar
    José Arsenio García Bernal 2 semanas hace

    El menú ha sido de mi agrado. Perfectamente sazonado con esas pizcas de ironía que dan a la comanda el gusto apetecido.
    El paternalismo estatal, sin embargo, poco o nada sabe del arte de la buena mesa. Todo lo engulle.

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