Caridad, Solidaridad, Ayudas (I)

Caridad, Solidaridad, Ayudas (I)
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Román Lobera Molina

Román Lobera Molina

Ingeniero, Empresario, amante de los SAAB's antiguos y liberal camisa vieja
Román Lobera Molina

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Cuando discuto con colectivistas, (me gustaría haber podido usar el verbo debatir, pero seamos sinceros, no lo he conseguido nunca) uno de los argumentos que más me enerva es cuando te defienden el altruismo como base última de su ideología.

No. Es intolerable, por razones que prácticamente todos los lectores del ámbito liberal comprenden automáticamente. Suelo responder con una reflexion cuyo fundamento voy a intentar reproducir, aunque en la mayoría de los casos, (como a muchos colegas me consta que les pasa) es imposible relatar.

A mí me gusta el castellano porque, por razones etimológicas o de simple riqueza del lenguaje, palabras que parecen portar significados muy similares tienen matices praxeológicmente relevantes. Es el caso de la caridad, la solidaridad y las ayudas. Es curioso cómo términos que podrían considerarse sinónimos son usados o discriminados en su uso por el discurso colectivista, eso en sí ya nos da una pista.

Empezaré por el término Solidaridad. Yo entiendo que la solidaridad implica un acuerdo, un contrato entre partes que se mutualizan entre sí. Dicho contrato suele ser tácito, y se presupone vigente entre los miembros de una comunidad determinada. Y aunque sería largo de desarrollar, esta mutualidad hace referencia a daños personales o en el patrimonio, tengan esos causas naturales (climatología, incendios, enfermedades, etc) o humanas (agresiones, accidentes, etc) que afectan al nivel de la supervivencia. Es por ello que mutualidades como la Sanitaria exceden el campo de la solidaridad, nadie es solidario porque su póliza sanitaria (sea pública o privada) se use para curar el catarro o tratar el cáncer de alguien, o por pagar las cuotas de su pensión. Claro, la mezcolanza con las pensiones no contributivas o la atención sanitaria a no asegurados hace que la corrupción del lenguaje al que la izquierda nos tiene acostumbrados bastardee mutualidad y solidaridad. Pero aquí sabemos que son herramientas diferentes.

La Solidaridad por ello haría referencia a la financiación de la dependencia, de los medios de producción, de la alimentación o del alojamiento en caso, como digo, de ocurrir una desgracia. La existencia de un hito que la cause no es baladí, diferencia las situaciones de riesgo para la supervivencia por causas externas fortuitas de las que puedan surgir, por ejemplo, porque un individuo simplemente decide no trabajar.

Otra característica de la solidaridad es que la forma de provisión de dicha financiación es absolutamente discrecional, puede ser monetaria, en especie, en forma de trabajo… en cualquier caso la comunidad deberá conocer (siquiera sea aproximadamente) el tipo y cuantía, y por supuesto, al benefactor.

Otra mas, es que es circunstancial. Si un pastor pierde su rebaño, el resto de propietarios pueden aportarle unas reses cuya cuantía será relativamente evaluada no sólo en función del tamaño de sus propios rebaños, si no en el contexto de oportunidad socioeconómico, o sea, de la situación agropecuaria absoluta de la comunidad.

En cualquier caso, como en todo contrato de mutualidad, la principal característica es la voluntariedad. Está en tu libertad aceptarlo o no. Si entras a convivir en una comunidad con un determinado nivel consuetudinario de solidaridad, y uno de tus vecinos sufre un incendio, debes ser consciente de que se espera que aportes, en la medida de tus posibilidades, medios, que unidos a los del resto palíen el riesgo de supervivencia del afectado. Y no hacerlo puede implicar consecuencias sociales como el aislamiento y/o rechazo social, o mi favorito, el boicot comercial. Es maravilloso que, consuetudinariamente, dichas medidas tengan el principio de la no agresión como base, un día

tengo que desarrollar el boicot (o preferencia) comercial como verdadero sustrato de una democracia liberal.

He desarrollado primero el término de solidaridad porque ahora me resultará más sencillo definir la caridad. La caridad es esa acción beneficiosa con un tercero pero que no está circunscrita a un contrato de solidaridad, ni en su cuantía ni en si es procedente y/o comunitariamente conveniente y además (o precisamente por todo ello) puede ser anónima. Obvia decir que, por definición, su carácter también es voluntario, y absolutamente discrecional. El agente benefactor tiene total libertad para ayudar a como, cuando y cuanto y a quien crea necesario, según sus propios criterios no clausulados (no hay contrato) sin que el resto de la sociedad tenga derecho a evaluar su idoneidad, ya que, como digo, excede a la solidaridad. Por razones fácilmente deducibles, el colectivismo repudia absolutamente este tipo de beneficencia, por incontrolable y porque suele provenir de los excedentes de riqueza de un individuo (la caridad bien entendida empieza por uno mismo) que el colectivismo aspira a expropiar para su corrupto concepto de reparto.

En el siguiente artículo entraré en la usurpación del altruismo por parte del estado actual, fuertemente socialdemócrata, que como enunciaba Orwell no tiene reparos es bastardear el idioma y rebajar la moral a un mero recurso dialéctico.

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