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¿Algún día habrá una legislación a favor de la vida? (I)

¿Algún día habrá una legislación a favor de la vida? (I)
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Luis Javier Zurro Hernández

Luis Javier Zurro Hernández

Licenciado en Medicina y Cirugía y Doctor en Medicina por la Universidad de Valladolid. Médico especialista en Anatomía Patológica y en Medicina de Empresa. Jefe se Servicio Hospitalario de Anatomía Patológica desde 1981 hasta 2004 (excedencia voluntaria). Ejercicio libre en la actualidad. Profesor universitario desde 1977 hasta la actualidad. Colaborador ocasional en prensa de papel y en medios digitales.

Partamos de un hecho evidente, que parece que muchos quieren obviar, la especie humana con todas sus singularidades no deja de ser una especie biológica, que en este apartado está sometida a las mismas leyes que las restantes, y por lo tanto dotada de unas capacidades para el sostenimiento de su existencia y perdurabilidad, pues de lo contrario, se verá obligada a sucumbir y desaparecer. Y esto es aplicable a cualquier esfera de población, que va desde la más simple como es la familia, pasando por comunidades con identidad común, países, civilizaciones, o el conjunto de los habitantes del planeta. Y cualquiera de estos colectivos que olvide estas premisas, estará en riesgo más o menos cercano de su desaparición.

El mantenimiento de la vida implica en las diferentes especies capacidad de adaptación, lo que permitirá la continuidad de la existencia del individuo, es decir la supervivencia, y la capacidad reproductiva, que garantiza el mantenimiento de la especie, generando algo tan evidente como su renovación y sustitución. En base a este binomio se conservan las poblaciones biológicas y las especies, y todo aquello que afecte a este sencillo planteamiento, irá en su contra. Esto debería suponer una filosofía de progreso, basada en la necesaria renovación, dando oportunidad a que nuevos individuos sustituyan a los que necesariamente desaparecerán, y concediendo generosamente la evolución y la perpetuación del colectivo.

Pues he aquí que el progresismo contemporáneo se basa y escuda en la filosofía contraria, es decir la de la muerte, en un comportamiento egocéntrico e insolidario, que lo único que pone de manifiesto es la prevalencia del individuo actual sin la menor expectativa de futuro, ni de respeto a la especie en conjunto.

Hemos comenzado con la ley del divorcio, que cada vez se ha ido haciendo más laxa, hasta llegar a la fórmula actual conocida como divorcio exprés. No vamos a proponer que se obligue a continuar una convivencia a dos personas que no lo desean, pero que tampoco se fomente, ni se trivialicen las consecuencias. Miren, nos guste o no, los mamíferos requieren una atención en su alimentación y aprendizaje por parte de sus progenitores, con el objeto de que alcancen una capacidad de vida autónoma, y se da la circunstancia de que esta necesidad se prolonga en el tiempo de forma más prolongada y duradera en la especie humana. Y en cuanto más estable, confortable y afectivo sea el nido, mejor se producirá esa fase de desarrollo, formación y aprendizaje. Es totalmente contradictorio que por una parte hablemos de los riesgos de alteraciones del comportamiento de los hijos de familias desestructuradas, significando este hecho por ejemplo en casos de delincuencia, mientras favorecemos las fracturas familiares con una valoración de intrascendencia, e incluso como un signo de modernidad y progreso. A mí me gustaría saber qué proporción de la población se hubiese sentido feliz y contenta si en edad infantil o adolescente, tuviera que haber vivido una situación de fractura familiar, y cuántos de los que la han vivido no manifiestan un profundo sufrimiento e inseguridad por ese motivo. Los referentes de un niño y su marco de socialización, el paraíso de su existencia, es la familia, y esto procede de la propia naturaleza, nos pongamos todo lo progres que queramos para justificar lo contrario. Es tristemente obvio que esa máxima de la empatía de no querer para los demás lo que no quieras para ti, ni está ni se la espera.

Por otro lado cabe hablar sobre la ley del aborto, también cada día más laxa y permisiva. No voy a entrar en valoraciones morales, ni éticas. Pero lo que es evidente es que supone la eliminación de un futuro ser humano, sea en la fase que sea, pues el desarrollo embrionario y fetal desde la fecundación es un continuo, evidentemente más humanoide en cuanto más avanzado está el proceso. Esto es lo único que protege los criterios de plazos, la repugnancia de la eliminación de un ser cada vez más humano, aunque el ser vivo con su correspondiente y único código genético lo es desde el principio. No se puede decir que la generalización de las prácticas abortivas favorezca precisamente la vida, ni la perpetuación de nuestra especie, ni nuestra población española, ni nuestra cultura occidental, y las consecuencias ya las estamos viviendo con la despoblación, las ínfimas tasas de renovación, y por lo tanto la imposibilidad del sostenimiento vegetativo de la población de nuestro país, y prácticamente de toda Europa occidental, condenada a la desaparición en un plazo de tiempo no excesivo. Es curiosa la radical, y frecuentemente furiosa afirmación con la que se pronuncian esos grupos feministas radicales, y en la misma proporción proabortistas, de que “nosotras parimos, nosotras decidimos”, pues miren esto lo ha traído la naturaleza, no lo ha impuesto nadie, y es más, no se va a cambiar a lo largo de los tiempos. Y a todo esto, nuestros sesudos políticos en un ejercicio más de impostura, buscando soluciones a la despoblación.

 

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