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Andalucía desarmada

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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
Roberto Hernández Granda

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La literatura y el cine han impregnado el imaginario colectivo de esa idea tan romántica como violenta que, al cacique del pueblo que despóticamente rige los designios de una localidad o comarca, los vecinos le acaban metiendo un tiro y lanzando su cadáver al río o exponiéndolo como escarnio. Fuenteovejuna y todo eso. Cuchillada al mamarracho opresor y todos felices y libres. El propio Vito Corleone, encarnado en un joven De Niro, oscurece el descansillo de un portal de primeros del siglo XX para, gatillo mediante, zanjar el incómodo asunto del cabecilla local, aunque fuera para ponerse él en su lugar.

En España, por fortuna, llevamos un tiempo sin matarnos entre nosotros (excepcionalidad histórica sin precedentes) y los ajustes de cuentas se ejecutan en las urnas. A través de ellas, se desaloja a los amos de cortijos, a sinvergüenzas, golfos y apañadores; a cargos públicos de mano larga y bolsillos obscenamente llenos.

Algo así parece que ha ocurrido en Andalucía, donde llevaban cuatro décadas sin abrir las ventanas y airear las estancias de la Junta, y el olor a podredumbre y a rancio era ya insoportable en los aposentos de los que dirigían el cotarro en la región más empobrecida de España.

Los simples y los bobos buscaran, como es lo suyo, explicaciones simples y bobas, cuando no demagógicas y cínicas, pero lo cierto es que Santiago Abascal no pasó de la intrascendencia de predicar subido a una caja con un megáfono a sacar 12 escaños en las tierras al sur porque haya habido una proliferación de nazis en España, o porque de repente llegara una horda de fascistas de nueva generación. Sólo un necio progre puede mirar la paja de la ultraderecha en vez de la viga de sus carencias y fallos, de la complejidad del juego político y el tremendo error, no asumido por nadie, de que un partido que lleva las palabras Obrero y Español en sus siglas, se alíe con el nacionalismo burgués y supremacista que desprecia todo cuanto de español haya en sus convecinos. Y donde Susana Díaz es legítima heredera del latrocinio y de los ERE, de los Chaves y Griñán, sin haberse molestado en preguntar “¿Y esto de dónde ha salido?”. O Podemos (Adelante Andalucía, se llaman, aunque vayan marcha atrás) hace vergonzantes campañas basadas en series de televisión y Teresa Rodríguez sigue siendo un prodigio de estupidez, presentada como la Khaleesi del reino andalusí.

No se preguntan por qué han salido mejor parados los partidos que no esconden la bandera de España, ni se percataron que un andaluz lo que rechaza es que los mismos que gobiernan en su región, en Madrid le hagan masajes a un tipo como Torra. O por qué Ciudadanos ha ascendido tanto en Cataluña como en Andalucía, que es a donde mandan a Inés Arrimadas los xenófobos de la barretina cuando la líder consigue sacarles de sus casillas con su abrumadora e incisiva lucidez.

Con todas las reservas que se pueda tener sobre Vox y su programa (y en democracia esas reservas se expresan pacíficamente), lo cierto es que gran cantidad de sus votantes son gente de a pie, trabajadores sin aviesas intenciones, currelas honrados, padres de familia abnegados y de buenas maneras. Decía Rafael Azcona, que el problema de los guionistas actuales era que no viajaban en autobús. Algo así pasa con los que alertan de la llegada del fascismo desde sus chalets acorazados, o en casa en pijama tuiteando estupideces sobre la amenaza ultra, en vez de salir a tomar el pulso de la calle, a poner la oreja y escuchar lo que la gente dice, lo que la gente piensa, lo que se habla en la barra de los bares y, sobre todo, lo que opina el que está detrás de esa barra, trabajando 10 o más horas al día. Allí pueden buscar su fascismo, los muy cretinos. Porque esa es la gente que, en Andalucía, han (o intentado) desalojado al PSOE caciquil de sus privilegios nobiliarios y sus votos cautivos. Sin pegar un solo tiro.

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