Dilemas Éticos de la vida en Sociedad Respuestas Liberales. (4/4) - El Club de los Viernes

Dilemas Éticos de la vida en Sociedad Respuestas Liberales. (4/4)

Dilemas Éticos de la vida en Sociedad Respuestas Liberales. (4/4)
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Edwin Morillo

Edwin Morillo

Economista venezolano, activista liberal, miembro fundador de la Coalición Derecha Ciudadana, expatriado en Quito, Ecuador.

El octavo dilema planteado trató de la tolerancia.

¿Hay tolerancia hacia otras corrientes del pensamiento? O, ¿Serían censurados y/o perseguidos?

La sociedad abierta es una sociedad tolerante por definición, el respeto irrestricto a la libertad de cada ciudadano también incluye el de poder manifestar sus ideas a viva voz o por cualquier medio, en tanto esto no viole la libertades fundamentales de los otros ciudadanos, además de las sensatas y consensuadas normas de convivencia. Sin embargo, es actualmente un motivo de debate entre liberales, lo que se llama la Paradoja de la Tolerancia, formulada por Karl Popper, y en la cual se plantea que una sociedad ilimitadamente tolerante se convertiría a la larga en una sociedad intolerante por el hecho de haber tolerado a los intolerantes. Cabría preguntarse si fue justo haber prohibido el Nazismo en Alemania. ¿Es justo que existan en casi todos los países partidos comunistas marxistas-leninistas, a sabiendas de que esta ideología fue la causante de la mayor mortandad que haya conocido el género humano? ¿Cuáles ideologías merecen ser prohibidas y cuáles no? ¿Cómo distinguirlas? ¿Es sensato reconocerles derechos políticos a criminales o a potenciales criminales? Lo cierto es que todas estas preguntas no dejan de tender trampas de capciosidad en las que no debemos caer. Más que pensar en prohibir ideologías, los liberales proponemos limitar a través de mandatos constitucionales inamovibles, el poder del estado sobre los ciudadanos, blindar para siempre y de forma absoluta las garantías de los derechos fundamentales de los ciudadanos. No debemos olvidar que a fin de cuentas, fueron estados constituidos los que sirvieron de herramientas para que psicópatas en el poder masacraran a millones de seres humanos.

En el debate se me objetó, con sobrada razón, que tales psicópatas no tuvieron el menor respeto por las leyes imperantes al asumir el poder; y por esta razón, el blindaje constitucional de los derechos fundamentales como argumento no parecía demasiado sólido. Sin embargo, esta aparente falencia queda compensada, por el derecho a la rebelión, consagrado en muchas constituciones modernas, como la americana y la francesa (ambas producto de revoluciones) por el cual se autoriza a los ciudadanos que enfrentan a gobernantes ilegítimos (ya sea de origen o por mal ejercicio del poder) a la desobediencia civil y al uso de la fuerza con el fin de derrocarlos y reemplazarlos por gobiernos que posean legitimidad. Ahora bien, aun cuando exista el mencionado derecho, sigue existiendo el problema de la legalidad “solo en el papel” que puede enfrentarse al obstáculo de la imposibilidad práctica de ejercerlo de manera efectiva.

En este punto, es obvio el contrasentido que significa que una constitución les otorgue derechos de rebelión a sus ciudadanos y al mismo tiempo les prohíba directa o tácitamente que mantengan armas en su poder, otorgándole al gobierno el absoluto monopolio del uso de la fuerza (armas). Por esto los padres fundadores de los EEUU, consagraron constitucionalmente, en su segunda enmienda, el derecho de los ciudadanos norteamericanos a poseer y portar armas, con lo cual se aseguran que no serán tiranizados tan fácilmente.

La sociedad libre cuya constitución limite definitiva y absolutamente el poder del estado sobre sus ciudadanos, quienes además gozan del derecho a tener y a usar las armas para defenderse; puede permitirse, con muy bajo riesgo, no tener que prohibir ninguna clase de pensamiento o ideología.

El último dilema de la discusión fue:

¿Dominaría y se impondría el pensamiento liberal en las escuelas? O, ¿Se buscaría implementar una fórmula de Asepsia ideológica en la educación?

La razón de plantearse esta pregunta radica en el paradigma socialista del estado educador. En este esquema, el gobernante usa la educación para adoctrinar niños, implantando matrices de opinión favorables a su ideología, tergiversando hechos históricos y soslayando otros, mintiendo o disfrazando con medias verdades o mentiras la historia; a fin de ajustar a su conveniencia la percepción de la realidad que tendrá el futuro ciudadano.

Para un liberal, en cambio, es absurda la idea de imponer el pensamiento liberal (o cualquier tipo de pensamiento político o ideología) desde el poder del estado.

La educación, o al menos, sus contenidos deben quedar fuera del campo de acción del estado. En una sociedad libre podrían existir tantos tipos de escuela como las demandas parentales lo indiquen. Más aun, el solo accionar de las fuerzas del mercado podría permitir que existieran escuelas afines a determinados pensamientos políticos o ideologías, si un suficiente número de padres así lo quisiera y en tanto no se violen las leyes.

Son los padres y representantes, los que deben decidir el contenido de los programas con los que se formarán sus hijos. No existe ningún argumento válido que demuestre que un grupo de burócratas tenga la suficiente omnisciencia para saber que deben aprender nuestros hijos y que no.

Concluí la tertulia, recordando a mis amigos la necesidad de cambiar los paradigmas políticos con los que nuestros padres y profesores nos educaron. Un cúmulo de ideas, creencias, mitos y paradigmas sobre el estado, el gobierno y la democracia implantados por aquellos que ascendieron al poder luego de la dictadura de Pérez Jiménez. Muchas de estas ideas que creímos correctas durante mucho tiempo eran equivocadas pero muy pocos las cuestionaban; incluso cuando se criticaba a los regímenes comunistas de aquella época (Cuba, China, La URSS), muy poca gente caía en cuenta de que esas tiranías eran, ni más ni menos, que estadios tardíos y exacerbados de las ideas que tomábamos por justas y ciertas. La ignorancia política del venezolano promedio permitió que ese cúmulo de ideas nos llevara a tomar nefastas decisiones políticas cuyas consecuencias afrontamos hoy como sociedad.

El conocimiento y la promoción del liberalismo y del funcionamiento del capitalismo como su expresión económica debe salir a la calle, al abasto, al taxi, al autobús, al metro, debe encararse sin prejuicios ni complejos; en la medida que el ciudadano común entienda por qué llegamos a esto y cuál es la solución; en esa medida aparecerá la oferta política conveniente que nos llevará definitivamente a entrar en el universo de las naciones libres y desarrolladas

 

 

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