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EL PORQUÉ LA SOCIEDAD ACTUAL TIENDE AL CESARISMO

EL PORQUÉ LA SOCIEDAD ACTUAL TIENDE AL CESARISMO
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Luis Molina Aguirre
Luis Molina nació en Madrid en el mes de junio de 1974. Cursó estudios de delineación, posteriormente de informática y Derecho. Fue militar profesional, escolta privado y desempeñó distintas funciones en el terreno de la seguridad que lo llevó a viajar por toda España. En la actualidad compatibiliza su labor de escritor con la de consultor/analista informático, además de colaborar en el diario masbrunete.es. Sus obras más destacadas son: - Antología poética, "Vivir soñando". - Antologías de relatos, "Réquiem por un misterio" y "Cuarenta y un relatos de terror y misterio". - Novelas: "El asesino del pentagrama", "El tesoro visigodo", "Juego de dioses y peones", "La capital del crimen". Twitter: @AMusageta Facebook: https://www.facebook.com/infoLuisMolina Web: http://www.webluismolina.com
Luis Molina Aguirre

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El tiempo, ese bien sucinto para un liberal y con tanta coplosidad para un socialista, me ha impedido asomarme a una de las ventanas a la libertad de que dispongo como es El Club de los Viernes. Lugar donde la palabra no es cercenada por la impía espada de la censura tan típica de las izquierdas. Dicho lo cual, heme aquí, con la intención de hacer una reflexión respecto de la locura generalizada que recorre el mundo. Esa locura que hace a las sociedades más avanzadas votar a favor del cruel intervencionismo que lo único que es capaz de lograr es la miseria de los pueblos. Pero, no solo eso, también parece que, como predijo don José Manuel Otero Novas en su obra “El retorno de los Césares”, la sociedad actual anda buscando con desesperación un caudillo que dirija sus pasos hacia un futuro miserable, pero en el que no sea preciso pensar ni hacer nada por uno mismo, sino que sea ese gran glotón de la libertad que es el Estado, el que decida por nosotros qué hacer en cada momento. Pues bien, El retorno de los Césares fue publicado en el año 2007 y habla ya de todo esto, cuando aún no habían aparecido populistas tipo Pablo Iglesias, Ada Colau, etc.

Sin duda, vivimos tiempos inciertos, llenos de zozobras sociales, políticas y, cómo no, económicas. Esta inestabilidad que lleva años removiendo las aguas de los países democráticos occidentales, ha llevado al descontento de una buena parte de la sociedad, donde los postulados de la izquierda han calado con mayor fuerza, haciéndoles creer, a base de insistir, que “papá Estado” está para solucionar todos sus problemas, que existen derechos, pero no obligaciones y, sobre todo, que todas las personas somos iguales y que no hay nadie más que nadie. Conceptos que no son más que patochadas de una izquierda extemporánea. Porque, iguales sí, pero en la ley y ante la ley, en lo demás, cada uno es hijo de su padre y de su madre, como es natural. Así lo definía el gran intelectual de esta nación que fue don Ramiro de Maeztu: “Decir que los hombres son iguales es tan absurdo como proclamar que lo son las hojas de un árbol”. Y, en cuanto a aquel mantra de la izquierda sobre que no hay nadie más que nadie, permítanme que continúe citando a don Ramiro: “Nadie es más que otro si no hace más que otro”. Amén.

Empero, regresemos con don José Manuel Otero. Con gran razón afirma en la introducción del libro anteriormente citado:

(…) el Cesarismo es aquella posición o régimen político jerárquico <<fuerte>>, no necesariamente antidemocrático, pero al menos autoritario, basado en el carisma o la imposición de quien manda, bien sea ejercido por una persona individual o por un grupo dirigente; el César no es el gobernante que aspira a ir satisfaciendo las demandas explícitas de su pueblo, sino aquel otro que actúa en vanguardia de los suyos, marcando rumbos, conectando quizá con minorías o acaso con las ansias profundas pero menos expresadas de las gentes.

No me digan que estas palabras no recuerdan comportamientos de determinados políticos como Pablo Iglesias o Pedro Sánchez. No obstante, lo anterior, debo de decir que cuando el autor nos dice aquello de “no necesariamente antidemocrático”, debo diferir, pues la democracia, por más que algunos se empeñen, no es solo votar cada x años ni hacer aquello que la mayoría de la sociedad decida, ya que, si la mayoría de la sociedad decide acabar con la democracia, eso no es democrático en absoluto. No es que lo diga yo, sino porque es un axioma elemental de cualquier democracia, la pervivencia ante los totalitarismos. En mi modesta opinión, un “régimen político jerárquico <<fuerte>>”, difícilmente puede ser democrático, puesto que esa jerarquía y esa fuerza actuará, sin duda, a espaldas del resto de la sociedad. Aunque el PSOE no se lo crea, la democracia es de todos y para todos, no solo para las mayorías, como rezaba uno de sus eslóganes de campaña hace unos años, “Gobernar para la mayoría”.

Como mucha gente sabe, especialmente aquellos que hemos estudiado derecho y conocemos la obra de Karl Loewenstein, pueden existir muchos tipos de democracias, al igual que constituciones, pero tan solo una es real, así lo definía el intelectual liberal alemán en su clasificación ontológica sobre los tipos de constituciones posibles:

  • Constitución normativa: aquellas constituciones reales, donde impera la ley y su cumplimiento es indiscutible tanto por parte del ciudadano como por parte del legislador y del resto de instituciones.
  • Constitución nominal: aquellas constituciones existentes que por las circunstancias del país no cumplen con sus preceptos, es decir, no se aplican realmente.
  • Constitución semántica: aquellas constituciones que solo tienen de constitución el nombre, como la venezolana, donde la ley y la constitución es efectivamente aplicada, pero en forma de monopolio donde no cabe el disidente, pues la propia legislación autoriza su represión.

Finalizo con un pequeño fragmento de El retorno de los Césares que, quizá, le resulte esclarecedor al lector:

Concluyendo el siglo XIX, tras largo tiempo de dominio liberal y de escepticismo positivista, el progreso exigía defender a la autoridad, y nacieron y se extendieron los llamamientos y doctrinas que ya anteriormente anotamos que, en nuestro país —de modo similar a lo que ocurría en los demás —, se plasmaron en aquel ideal favorable al <<cirujano de hierro>>, propuesto por los avanzados del momento. Pero esa vuelta dionisiaca a la autoridad llegó tan lejos, sobre todo a partir de los años treinta del siglo XX, que volvió a ser necesario poner el énfasis en la libertad personal, como así ocurrió a partir de la Segunda Guerra Mundial. Y esa defensa de la libertad, por su intensidad y generalización, trajo el actual clima de permisividad y vacío que, más adelante, hará reaparecer, una vez más, el ansia de autoridad.

Para impedir que esta locura suceda, solo existe un camino, amigo liberal, continuar en las trincheras dando la batalla, día a día, de las ideas.

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