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Feminismo y censura

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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
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Como los tiempos que vivimos suelen moverse en círculos, y la historia tiende a repetirse, después de la eclosión de las libertades individuales (abarcando también el terreno del sexo) en los primeros y disolutos años de la Transición, nos encaminamos de forma inexorable hacia una suerte de involución. O al menos, se pretende. Puede, en realidad, que no vayamos a ninguna parte. O a ninguna parte que merezca la pena.
Lo que es innegable es que el surgimiento de un feminismo desquiciado, absurdo, tremendista, desmedido, baldío e ignorante ha enviciado de forma preocupante la forma que tiene la sociedad de relacionarse con las mujeres, acabando con ese feminismo igualitario y necesario, o haciéndolo inservible, por contagio.
Los hombres ya no saben a qué atenerse, y asumen con temor el riesgo de, por torpeza o imprudencia, cometer un error que los señale públicamente como unos desalmados sexistas. Aunque sea por las cosas más baladíes.
Incluso manifestaciones artísticas como el cine y la música corren peligro de caer en esa red punitiva donde impera la ley del silencio. La de ponerse de perfil ante el griterío irracional, más que nada para no ser señalado y marcado. No vaya a ser que te acusen de cosas feas un montón de tontos del culo.

Existe una persecución a todo lo que se parezca mínimamente a erotismo, a insinuación, a conquista, e incluso a romanticismo.
Desde que es necesario un consentimiento expreso con rúbrica de firma para un envite amoroso, ya no serían viables, a juicio de los inquisidores de la moral, escenas como la de ‘El cartero siempre llama dos veces’ entre Jack Nicholson y Jessica Lange, o los cristales rotos de ‘Fuego en el cuerpo’, ni siquiera la de Al Pacino irrumpiendo con ímpetu en el apartamento de su chica en ‘Atrapado por su pasado’. A Robert De Niro, por supuesto, lo fundirían a palos por su personaje en ‘El cabo del miedo’, y John Wayne, ese fascista cabrón, sería defenestrado de las filmotecas por su manía de coger en brazos a damas en apuros.
Por no decir la impúdica curvatura de una Marilyn Monroe o Kim Novak, la profunda mirada de Claudia Cardinale o las libertinas y esplendorosas piernas de Angie Dickinson, todas ellas, por supuesto, actrices alienadas, perpetuando cánones impuestos.
Se acabaron los sobreentendidos, las insinuaciones, el juego de dos, el proceso de conquista que fluye hasta terminar en intercambio corporal, todas esas cosas que conforman las relaciones íntimas y que no necesitan de una confirmación en voz alta que enfríe el ambiente y baje los ánimos más exaltados.

Tantos años de inaplazable lucha de las mujeres por su libertad, por vestir como quieran, por poder reivindicar su cuerpo y su sexualidad sin censuras que enmudecieran besos, alargaran vestidos o taparan escotes, para acabar así, como en esos torneos de golf en Estados Unidos donde han prohibido las minifaldas a las mujeres. ¿La Iglesia católica? No, los que llevan el estandarte de la progresía y el feminismo. Un feminismo puritano y totalitario que muestra a las mujeres como seres indefensos, necesitados de unión férrea (y también de dinero a espuertas) para hacer frente a los peligros cotidianos de un mundo peligrosamente heteropatriarcal, sea lo que sea que signifique eso.
Por eso, para protegerlas del macho depredador, no se enfoca a las mujeres “guapas” (a criterio del realizador) en el Mundial de fútbol, no sea que la pantalla sea salpicada por un torrente de desagradable testosterona.
Países que tienen unos niveles de libertad y de calidad de vida muy superiores a otros del entorno, y que, sin embargo, a juicio de estas profesionales y vividoras de género, están plagados de micromachismos en el ambiente cotidiano, haciendo insoportable la existencia a tantas féminas, a pesar de vivir en esa parte del mundo donde aún se pueden comportar como seres libres en igualdad de condiciones y derechos.
Se ha llegado al punto en el que puede ser un acto deleznable el gesto de un camarero de ponerle a él la caña de cerveza y a ella el refresco, pero donde ponerle a ella un burka es un acto de “empoderamiento”.
Tiempos donde, cuando cedes el paso a una mujer, sientes ese segundo de inquieta incertidumbre, por si las moscas. O, el mecánico gesto de ceder tu chaqueta y pasársela por los hombros a una chica que haya salido contigo sin la ropa de abrigo oportuna en una noche intempestiva, por si esa deferencia hacia ella es tomada por un símbolo de grosero machismo. También es verdad, huelga decirlo, que uno no tiende a salir con mujeres que sean gilipollas.

 

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