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La guerra del humo

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Román Lobera Molina

Román Lobera Molina

Ingeniero, Empresario, amante de los SAAB's antiguos y liberal camisa vieja
Román Lobera Molina

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Seamos sinceros. Se acabará privatizando el Taxi. Y eliminando las licencias VTC. Es lo que va a pasar, tarde o temprano. No hay otra. Y detrás de él, auguro, el transporte por autobús. Todo lo que no sea ésto, es obligar a tapiar las ventanas para que los cereros puedan seguir vendiendo candelas.

En un mundo sin internet ni móviles, el negocio de transportar personas sólo podía hacerse mediante dársenas urbanas y recorriendo activa y sistematicamente la ciudad. Puede que el confort de los vehículos y el precio pactado justificase la limitación de la oferta mediante las concesiones limitadas de licencias (vulgo privilegio forjado por el Estado), pero antes que ésta, la razón debía haber sido otra.

Si asimilamos a “zonas azules” las dársenas urbanas de pasajeros, no resulta complicado calcular, “alicuotando”, su “precio”. Otra cosa son los carriles Bus-Taxi. ¿Realmente tiene sentido ese privilegio, en términos de movilidad, para el taxi? Bueno, si la ciudad decide rentar sus calles para el lucro de terceros, parece lógico que los taxistas abonen otra cuota por ello. Y como, después de todo, son infraestructuras con plazas y aforos limitados, es lógico que los beneficiados también lo sean. Ésa, y no otra, debería ser la justificación para una limitación de licencias.

Hoy en día con un móvil en la mano que te ubica en tiempo real y que te conecta a oferentes de transporte a la velocidad de la luz, las opciones de movilidad basadas en la búsqueda activa y pasiva de pasajeros son prácticamente obsoletas. Las dársenas en las principales y más concurridas infraestructuras: colegios, hospitales, aeropuertos, administraciones… puede que aún tengan un sentido, y entiendo que su uso exclusivo por parte de aquellos que las coticen. Bien es verdad que bastarían unas dársenas varias veces más cortas que las tradicionales, eso es así porque sólo tendrían que esperar, en una zona de aparcamiento alejada pero menos comprometida, a que la baliza de su app se encendiese, apareciendo por aquella sólo cuando se le requiriese.

Y bueno, ahora que está tan de moda demonizar la contaminación del centro de las ciudades, ahora que incluso hay vehículos a los que el éste les ha sido vetado, por mor de ésa, ¿cómo podemos seguir justificando la búsqueda rodada de pasajeros? ¿es realmente moral que los taxistas carezcan de mecanismo de alquiler on-line?

Si se ha acabado de facto con la exclusividad del servicio, que se rompa la baraja, por no decir otra cosa relativa al Ebro. Por ello, lo que no me cabe en mi cabeza de empresario, es como el sector del Taxi no exige desde ya una desregulación, principalmente tarifaria. Ésa debería ser su principal demanda, no intentar eliminar a una competencia que ya nunca abandonará el sector. La licitación TAXI de un municipio no es incompatible con mejores y más modernas técnicas de captación de viajeros. Uno no acaba de entender porqué los taxistas no exigen tirar los taxímetros por la ventana y poner en su lugar una aplicación móvil que haga que los demandantes de servicio se iluminen en ella como árboles de navidad. Y si se pasan con los precios, que se los coma la competencia. La marca TAXI puede estar limitada en usuarios, por lo que hemos expuesto, la libertad para alquilar tu vehículo, no. Y que los farmacéuticos pongan sus barbas a remojar.

Todo lo antedicho está bien desde el punto de vista liberal del libre mercado y la libre competencia. Pero entremos ahora en la verdadera madre del cordero: ¿son las plataformas de VTC realmente una competencia limpia? Porque en primer lugar son empresas abrigadas por patentes de software y con una fuerte componente financiera de dinero impreso ex-novo. Un liberal como yo aborrece del dumping hecho con dinerito extranjero fresco y crujiente, suena a guerra comercial, más si la “concesión” para pertenecer a esas plataformas queda tan cerrada como la del taxi solo que, en vez de por gracia de nuestra Administración, por élites blindadas por patentes aplicadas en administraciones terceras. Llámenme conspiranoico, pero yo ahí veo más una guerra encubierta que otra cosa…

Y si eres taxista ¿cómo combatir? Bueno, una empresa VTC MATARÍA por hacerse con la concesión, siquiera por un año, de la marca TAXI de una ciudad. Aunque fuese para un número limitado de sus unidades. En términos mercantiles, el fondo de comercio atribuible a la marca ya justifica el pellizco de la licencia, siquiera arrendada. Si los taxistas entendiesen ésto, mancomunar sus licencias, una vez limpitas del polvo y la paja de la regulación, y subastar la marca TAXI a la VTC que más chuflase, les retiraría de por vida, a ellos y a sus hijos, y sin tener que soportar una voluta de humo de escape más.

 

 

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