La revolución silenciosa

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Salvador García

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Cuando cayó el Muro de Berlín, muchos pensaron (pensamos) que el capitalismo había vencido por fin al comunismo. Que todo había sido un mal sueño. Que los restos del desastre, como Cuba, Corea del Norte y algún escombro más, terminarían dándose por vencido menos tarde que pronto, y todo terminaría. Que todos habían (habíamos) aprendido la lección.

Reagan, Tatcher, el añorado Wojtila, alimentaron a los espíritus libres con una sencilla doctrina práctica: al comunismo se le vence simplemente no dejándose vencer por él.

Lo que entonces no se nos ocurrió pensar, porque no éramos tan listos, o porque la euforia nos cegaba, es que el mal ya estaba inoculado en las sociedades occidentales y las vacunas no terminaban de ser efectivas.

Ahora, con la perspectiva de 30 años de distancia, el tiempo nos ha revelado que el comunismo no perdió la guerra, sino que sólo rectificó su error de 70 años. Tal vez fue un cambio de rumbo adaptativo, inconsciente, como ocurren en los grandes procesos históricos. Y así, según qué días, nos asalta la inquietante sospecha de que, como predijo Marx, el largo viaje de la humanidad hacia el comunismo es un proceso inevitable.

Cualquier forma de socialismo degenera inevitablemente en comunismo. Desde el preciso instante en que la sociedad admite la idea de un Estado redistribuidor de riqueza (con el sedante nombre de “estado del bienestar”) y le autoriza a inmiscuirse en la vida del individuo, esa vía de agua es ya imposible de cerrar. El Estado moderno, como cualquier organismo vivo (o aparato de poder), tiende a crecer y perpetuarse en cada parcela de control y coacción que va ocupando con su maquinaria implacable.

¿Pero cuál es el gran arma revolucionaria, la “fusión fría” de ese amplio espectro de ideologías comunistas que nos acosan desde hace 30 años, precisamente desde que renunciaron discretamente a seguir reconociéndose como tales?. El gran arma revolucionaria del segundo de sus colosales embates contra el ser humano es el control de la economía. Los estados controlan directamente más o menos la mitad de la economía de los países occidentales, e indirectamente un porcentaje todavía superior. La lucha ideológica, la propaganda y la ocupación de los medios de comunicación y del sistema educativo no es más que el substrato necesario para la justificación de ese opresivo e injustificable control de la economía.

¿Cuál es su arma para la lucha cuerpo a cuerpo?. ¿Cuál es el Kalashnikov con el que el comunismo reciente amenaza uno a uno a todos los individuos de la sociedad?. Su cuerpo de infantería se llama Hacienda Pública y su arma de asalto son los impuestos. Siempre justificados, siempre justificables, coactivos, regulables, universales, pero de presión variable, eternamente replicables en nuevas figuras impositivas. Podríamos pensar que la intervención normativa y la regulación infinita constituyen otro tipo de arma diferente para la opresión. Pero no es así: la regulación de la economía no es más que el ámbito dentro del cual y sin el cual no se puede realizar una extracción impositiva eficiente.

Sin remontarnos más atrás, con el surgimiento de la economía de mercado, y las democracias liberales, los impuestos tenían como papel contribuir a los gastos esenciales de la comunidad, de manera más o menos progresiva. Sin embargo, con la inoculación de la ideología comunista en las sociedades occidentales los impuestos adquirieron sutilmente una segunda misión: la redistribución de la riqueza, la igualación de rentas, la aspiración de “que no haya pobres” (en un primer momento), pero después, más sutilmente aun, la fijación obsesiva con “que no haya ricos”.

La supuesta redistribución de la riqueza carece de límites definidos, porque la idea que la justifica se construyó en base al ideal de la igualdad como aspiración absoluta. Los socialistas modernos (incluidos socialdemócratas, democratacristianos y otros vinos rebajados) no defienden una idea de igualdad con algún apellido que matice el concepto. Simplemente aspiran a la IGUALDAD. Por lo tanto, la supuesta redistribución de la riqueza es un proceso de un solo sentido, sobre el que sólo se admiten y se justifican sus sucesivos avances. Nunca su relajación, vuelta atrás, reversión, rectificación, corrección, revisión. Nuestra amada derecha “liberal” o conservadora no aspira a mucho más que a quizás ralentizar temporalmente lo que a su parecer ya no tiene remedio.

Es cierto que el proceso presenta dientes de sierra, cuando gobiernan partidos o líderes algo más liberales, o cuando el control público de la economía llega a ser asfixiante como ocurrió en el caso de Suecia, o absurdo, como ocurrió en la Francia de Mitterrand, o inquietante, como en la Gran Bretaña que se encontró Tatcher.

Pero su evolución histórica a largo plazo o con más amplia perspectiva, no admite discusión: la gráfica del control del estado sobre la economía en los paises de economía abierta mantiene un crecimiento constante y firme desde finales del siglo XIX hasta nuestros días.

El Estado fuerza al individuo a depender de él. En un doble sentido: el primero, mediante la cesión coactiva de como mínimo la mitad de su economía individual al colectivo protector. La segunda, mediante la dependencia forzosa de éste para un número progresivamente mayor de cuidados y “welfares”.

Concedemos por tanto, forzadamente, el destino de nuestras rentas a unos dirigentes que idean cada día nuevas formas de disponer de nuestro patrimonio para el cultivo de supuestos ideales mayoritarios cada vez más peregrinos, como el feminismo, el ecologismo, el animalismo, el multisexualismo, etc.

El resultado es un estado de semi esclavitud refinado y confortable, el control de la vida de los ciudadanos a través de la educación, la sanidad, la justicia, la burocracia, los millones de normas de todo tipo cada vez más asfixiantes. Y más recientemente el control de la vida privada, las creencias, la alimentación, los modos de relacionarse, los gustos o las inclinaciones de los individuos. El control del pensamiento en definitiva.

Colectivizar la voluntad, la prosperidad, las aspiraciones de los individuos y conceder como propiedad o asociar esos valores a la idea de pueblo, clase, colectivo, o cualquier otra similar, no es más que devolver al hombre a su animalidad, despojarle de su más íntima libertad de pensamiento y acción.

Lentas, incansables, las apisonadoras del estado reparan el firme de los caminos de servidumbre que conducen a las pesadillas de Orwell.

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