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Roberto Hernández Granda

Roberto Hernández Granda

Periodista.
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Artículo publicado originalmente en ‘La Tribuna del País Vasco’

Hubo un tiempo en que las campanas no doblaban por aquellos a los que el nacionalismo asesinaba, y la tétrica mafia clerical ofrecía la ominosa puerta trasera de sus iglesias para la salida discreta de un féretro que incomodaba demasiado en la virulenta tierra de la ley del silencio.

El tiempo en el que aún se sabía que ETA nació en un seminario. Y que el veneno que cebaba las pistolas estaba compuesto de pólvora y también de un odio racial y una xenofobia homicida cuya idea primigenia habían desarrollado a finales del XIX los hermanos Arana.

Y bajo ese fuego de analfabetos con detonadores se lucraban los recolectores de nueces cuya mentalidad carlista llevaba aparejada la mirada identitaria, cerril, de corte tribal y étnico y un sentido de los fueros y los ultramontanos privilegios territoriales que se sumergía directamente hasta la Edad Media.

En ese tiempo, como digo, nadie dudaba del carácter totalitario de aquellos patriotas con txapela, y entre sus víctimas sumaron comunistas notorios y figuras del antifranquismo, como José Luis López de Lacalle, ministros socialistas como el entrañable Ernest Llunch y otros voluntariosos activistas por la libertad: Buesa, Enrique Casas, Pagaza, Carrasco, Múgica o Priede, entre la larga lista de socialistas asesinados, dan una idea del dolor causado también entre las filas de la izquierda. Pues no sólo de guardias civiles y de militares se alimentaba la bestia.

El nacionalismo sólo puede entenderse como un mal endémico, una enfermedad colectiva de creencia sanguínea, que ensalza las virtudes de los pueblos elegidos, por encima de las de los individuos, y anima a actuar en manada no racional con el carburante común que ofrece el odio, cuya naturaleza separa a las personas por zonas de exclusión.

Del laboratorio/lodazal político de la Complutense capitalina nació la primera generación de los que se autodefinían como progresistas y a la vez eran abiertamente abertzales, una deformidad ideológica que convertía a jóvenes mesetarios sin malicia pero sin cultura en engendros intelectuales. Con el ejemplo a seguir de un profesor universitario, después convertido en el líder mesiánico de un brebaje populista tan dañino como efímero, que se paseaba por los templos proetarras alabando la visión estratégica de los terroristas para identificar el mal a erradicar del “régimen del 78”.

Si antes el apoyo a la idea nociva de Euskal Herria se limitaba a los límites geográficos de las Vascongadas, la aparición de aquella pancarta en apoyo a Iñaki de Juana Chaos en un pasillo universitario madrileño nos enseñó de sopetón que cierta izquierda había mutado a una vertiente reaccionaria, encariñándose de los últimos gudaris.

Y de ahí se llegó a lo que nos encontramos ahora, palurdos de todo el territorio jugando a revolucionarios de prosapia euskalduna que blanquean a Bildu; veinteañeros sin lecturas, sin información y sin memoria, hablando de los “chavales de Alsasua”.

 

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