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Siervos de la Globa; de la globa-lización

Siervos de la Globa; de la globa-lización
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Ramon Mollá

Ramon Mollá

Profesor Titular de Universidad. Doctor en Informática. Trabajo en el área de la simulación de sistemas. Amante de las libertades individuales y del estado de derecho. Felizmente casado desde hace 15 años con la misma mujer y padre de familia numerosa. Raza blanca. Heterosexual.
Ramon Mollá

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Después de tantos siglos, tan sólo hemos cambiado de escala, no de paradigma.

En la época de las invasiones de los bárbaros, en los siglos IV y V, cuando el Imperio Romano de Occidente se desmoronó, los propietarios de tierras con recursos comenzaron a construir fortificaciones contra los invasores. Esto fue la forma primitiva de lo que fue más tarde el castillo medieval.
Aquellos que no las tenían, pedían permiso para refugiarse en las fortificaciones llegado el caso. Los propietarios de las fortificaciones imponían como condición a los admitidos: que éstos cultivasen las tierras en tiempo de paz y los ayudasen en la lucha contra los invasores, en época de guerra. Con el tiempo, este contrato no escrito fue derivando en lo que posteriormente se llamó “Siervos de la Gleba”.

La palabra latina glaeba, significa masa aglutinada y pegada. Concretamente se emplea para designar a un terrón de tierra que debe desmenuzarse con el arado para hacerla útil para la siembra.

Así, los siervos de la Gleba eran los campesinos que se ocupaban de las tierras de su dueño, al que llamaban señor feudal, porque poseía un feudo, cuyo dominio sobre esas tierras, sobre los campesinos y sus hijos, heredaban de generación en generación. Los siervos y sus hijos estaban fijados siempre al trozo de tierra que tenían asignado.

Recibían a cambio una vivienda, un terreno adyacente del que poder vivir, animales de granja y protección ante los forajidos y los demás señores feudales.
Los siervos debían entregar parte de su propia cosecha como pago y estaban sujetos a muchas otras obligaciones e impuestos. No tenían independencia fuera de la tierra. Si se vendían las tierras también entraban en el lote. El señor feudal no podía echarlos de la gleba y a cambio tampoco ellos podían abandonarla sin la autorización del señor feudal.

Con el paso de la edad moderna a la edad contemporánea, en el siglo XVIII , los propietarios con recursos (bancos y grandes empresas) comenzaron a construir fortificaciones llamados estados. Esto fue la forma primitiva de lo que fue más tarde serían las multinacionales y las grandes corporaciones. Aquellos artesanos y campesinos que no tenían recursos o eran superados por estas nuevas estructuras, pedían permiso para refugiarse/trabajar en ellas. Los propietarios de las empresas contrataban a los admitidos a cambio de un salario.

A los estados fuertes que quedaron tras las dos guerras mundiales los atacaron sufragando gastos de guerras y subvencionando su deuda estatal que permitía mantener en el poder a sus políticos satisfaciendo la glotonería de unos presupuestos insostenibles que acabarían por atraparlos en su propia red (crisis financieras). Fruto de su avaricia, aquellas empresas y estados que habían sido sometidos económicamente, pedían permiso para refugiarse en las fortificaciones llegado el caso: rescates, bancos mundial, reservas federales, bancos centrales,…
Los propietarios de las fortificaciones (multinacionales) imponían como condición a los protegidos (clase media) que éstos trabajaran en sus feudos en tiempo de paz. Recibían a cambio una vivienda, un trabajo del que poder malvivir, animales de compañía y protección en la lucha contra la yihad, el terrorismo, la crisis económica o cualquier otro señor global cuya amenaza, real o ficticia, siempre era permanente[1]. Con el tiempo, este contrato fue derivando en lo que posteriormente se llamó “Siervos de la Globa” (milenians y siguientes), cuyo disfrute de libertades y posibilidades de crecimiento personal estuvieron ampliamente por debajo de la situación antaño disfrutada por sus padres (clase media siglo XX).

Así, los siervos de la Globa eran los trabajadores (países enteros, trabajadores de multinacionales,…) que se ocupaban de los negocios de su dueño, al que llamaban señor global, porque poseía un multinacional o un estado, cuyo dominio sobre esas áreas geográficas, sobre los siervos y sus hijos (vía deuda soberana), heredaban de generación en generación (véase el caso Samsung reciente). Los siervos y sus hijos estaban fijados siempre al sector que tenían asignado (su Globa).
Los siervos debían entregar parte de su propia cosecha como pago (IRPF) y estaban sujetos a muchas otras obligaciones e impuestos (IVA, sucesiones, impuesto de hidrocarburos, electricidad,…). No tenían independencia fuera de su pedazo de tierra (país). Si se vendían las deudas soberanas también entraban en el lote. El señor global no podía echarlos de la globa ya que toda la Tierra había sido descubierta y ya no existía ningún sitio al que ir.

Paralelamente, para mantener sumisos a los siervos a pesar de la pérdida de libertades y derechos laborales, los señores globales prescribieron una relajación de las costumbres que derivaron en derechos y leyes que permitían a los siervos desfogarse y compensar mediante placeres (principalmente sexuales, aunque no todos) la frustración e impotencia en la que por desidia habían sido sumidos. Así, siguiendo la pauta del mundo feliz[2], se promulgaron leyes de divorcio, repudio, uniones de hecho, la homosexualidad, los anticonceptivos y se consagró como derecho el aborto. El soma del mundo feliz exigía acabar con el sufrimiento y tomó forma en la pornografía, que fue aceptada socialmente, y se promulgaron leyes como la de la eutanasia, el infanticidio o la legalización paulatina de diversas drogas. Todo comenzó por el monopolio del tabaco y del alcohol para seguir con el cannabis o los opioides e ir ampliándose a medida que la situación asfixiante se iba haciendo cada vez más insostenible.

El credo de la nueva religión del estado confesional (neoligión) proclamaba que el Estado es el nuevo Dios y todos los siervos de la globa, sus creyentes. Una neoligión que exalta la lujuria mientras condenaría la fecundidad[3]. Y así, se cumpliría la revisión de la palabra de Efesios 4, 5-6 al nuevo credo: “un sólo Señor (el estado), una sola fe (neoligión), un sólo bautismo (la constitución), un sólo Dios y Padre de todos (estado del bienestar), que está sobre todos, por todos y en todos (socialismo)”.

Bienvenidos a la GLAEBA-lización.

  1. George Orwell, 1984
  2. Aldous Huxley
  3. G. K. Chesterton.

 

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