Tolerancia sí, pero con límites

Tolerancia sí, pero con límites
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José Manuel Orrego

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José Manuel Orrego Álvarez, es Doctor por la Facultad de Psicología de Oviedo, Maestro y Pedagogo. Colabora como columnista en varias publicaciones españolas y latinoamericanas.
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En cierta ocasión, alguien que lleva viviendo muchos años en tierras germanas me comentó que una parte de la sociedad alemana aún arrastra la losa del nacionalsocialismo, esa mácula impresa en el imaginario colectivo sigue generando un sentimiento inconsciente de culpa. Quizá por ello, cualquier oportunidad para expiar aquel postrero pecado es aprovechada por esa parte de población sensibilizada con los problemas de la Europa actual. Pero esta actitud ha incomodado a ciertos sectores que han dicho “basta” y ahora reivindican la grandeza perdida de Alemania… No sé si recordará que hace tiempo Björn Höcke líder del partido Alternativa para Alemania propuso la retirada de subvenciones a los monumentos del Holocausto y no son pocas las voces que demandan limitar la entrada de extranjeros.

Pese a los problemas de convivencia que sufre Alemania, éste es uno de los países europeos con más población extranjera, incorporando año tras año a sus frías tierras más de un millón de inmigrantes. Este es el motivo por el cual los alemanes hacen gala de practicar una política tolerante hacia la inmigración.

Pero si ya resulta difícil incorporar a minorías que tienen una visión particular de la igualdad, la democracia y la tolerancia… para complicar aún más las cosas surgen chalados que enturbian el ya denostado concepto de tal o cual comunidad, no olvidemos que estadísticamente en todo grupo podemos encontrarnos a un 3% de psicópatas, un número indeterminado de visionarios, personalidades extravagantes y también cómo no, fundamentalistas religiosos. De ahí que sucesos como los ocurridos en Berlín, Niza, Bruselas o París creen un clima de hostilidad hacia la totalidad del colectivo inmigrante.

Por mucho que los alemanes quieran redimirse de los desmanes de sus ancestros y a tenor de los recientes acontecimientos, el idolatrado multiculturalismo del que presumen los teutones hace aguas por todos lados, y es que es más que evidente que el intento por integrar a los diferentes colectivos de inmigrantes no funciona. Aunque la mayoría de la gente es consciente de que los puestos ocupados por los recién llegados no son demandados por los nativos y que por motivos demográficos tendremos a la fuerza que importar población foránea. ¿Por qué existe esa aversión hacia los inmigrantes?… Es posible que el temor a perder la identidad cultural sea una causa hasta ahora subestimada.

Atrás quedaron las limpiezas de sangre practicadas por los autoproclamados estados civilizados de Europa. Ni siquiera nuestra España se ha librado de estas purgas. Recuerden a los Reyes Católicos, a Carlos V o a nuestro héroe Pelayo que… -salvando el abismo histórico- dieron pasaporte a diestro y siniestro (moros, judíos o quien se opusiera a la causa).

Aquella visión etnocéntrica que nos lanzó a la conquista de otras civilizaciones seguramente ahora sería tildada de conducta xenófoba. Leví-Strauss advertía que el dominio de occidente llevaría a la homogeneización de la cultura y como es bien sabido, cuando alguien en inferioridad se resiste a cambiar, es “rechazado”… pero cierto es que un punto de etnocentrismo no fue ni es del todo malo. El mismo autor confesaba que cierta impermeabilidad cultural es lo único que nos preservará de la desaparición cultural. Ahora bien, una cosa es ser pusilánime en cuanto a tolerancia y otra arrollar a los diferentes, y aquí reside el problema. La política que se está llevando a cabo en occidente se mueve de esta forma tan polar, no hay gradación, no es una medida analógica o se es tolerante o intransigente, o construimos muros o rompemos las reglas para que todos jueguen como quieran,… de ahí vienen los radicalismos por ambas partes. Como todo en la vida un poco de mesura resultaría la opción más oportuna, aceptar a los inmigrantes sí, pero con condiciones. Por eso resulta necesario que preservemos el imperativo categórico de que: nuestra forma de vida es preferible a otras, ¡por eso es nuestra cultura!

Aunque para algunos la anterior postura nos conduzca a un relativismo cultural o a una autocentricidad u ombligismo-cultural, en mi opinión es la única solución para no diluirnos en la anarquía cultural. Porque seamos sinceros, no toda la sociedad (liberales, conservadores, cristianos, musulmanes, ateos, inmigrantes, nacionalistas,…) van a coincidir sobre qué es justo o injusto, moral o inmoral, sensato o no… seguramente nunca exista tal entendimiento.

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